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        <journal-title>ARTE Y CIUDAD. Revista de Investigación</journal-title>
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        <publisher-name>Grupo de Investigación Arte, Arquitectura y Comunicación en la Ciudad Contemporánea, Universidad Complutense de Madrid</publisher-name>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.22530/ayc.2015.N8.342</article-id>
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        <article-title xml:lang="es">Ciudades globales, identidades elusivas: La novela Ciudad abierta de Teju Cole como testimonio de la perspectiva urbana y la frágil identidad del ciudadano transnacional</article-title>
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          <trans-title>Global cities, elusive identities: the novel “Open city” by Teju Cole as a testimony of the urban perspective and the fragile identity of the transnational citizen.</trans-title>
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        <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0001-7662-2285</contrib-id>
        <name><surname>Martínez Sahuquillo</surname><given-names>Irene</given-names></name>
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            <institution>Profesora Titular de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales, Campus Miguel de Unamuno, Universidad de Salamanca</institution>
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        <day>01</day><month>10</month><year>2015</year>
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      <volume>4</volume>
      <issue>8</issue>
      <fpage>29</fpage>
      <lpage>58</lpage>
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      <copyright-statement>© 2015 Grupo de Investigación Arte, Arquitectura y Comunicación en la Ciudad Contemporánea, Universidad Complutense de Madrid</copyright-statement><copyright-year>2015</copyright-year><copyright-holder>Grupo de Investigación Arte, Arquitectura y Comunicación en la Ciudad Contemporánea, Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder><ali:free_to_read/>
     
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      <abstract xml:lang="es"><p>El presente trabajo se dirige a dos objetivos: en primer lugar a estudiar la mirada típicamente urbana que se desarrolla en las ciudades y que ha dado lugar tanto a la sociología como a la novela moderna, cuyas afinidades se analizan; en segundo lugar, a abordar el tema de la identidad urbana, en particular, la identidad transnacional cada vez más frecuente en las ciudades globales. Con el fin de analizar este tipo de identidad que cabe calificar de elusiva, por la dificultad de definirla unívocamente y de fijarla, se estudia una novela reciente, Ciudad abierta, del escritor nigeriano-estadounidense Teju Cole, la cual recrea la experiencia de un neoyorquino, alter ego de Cole, con problemas de identidad y que intenta salir de su solipsismo estableciendo relaciones significativas con la ciudad y sus habitantes, a la vez que explora cuestiones cruciales como la anomia, el cosmopolitismo y el diálogo inter-cultural, entre otras. </p></abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en"><p>The present paper has two aims: in the first place to enquire into the typical urban perspective developed in cities that has given place to both sociology and the modern novel, whose affinities are examined; in the second place to tackle the issue of urban identity, in particular, transnational identity, that is becoming more frequent in global cities. In order to examine this kind of identity that can be characterized as elusive, due to the difficulty of providing it with an univocal definition or fixing it, a recent novel is studied, namely, Open City, by the Nigerian-American writer Teju Cole, which explores the experience of a New Yorker, Cole’s alter ego, with identity problems, and who is trying to escape his solipsism by establishing meaningful relationships with the city and its inhabitants. The novel also goes into crucial issues such as anomie, cosmopolitanism and intercultural dialogue, among others.</p></trans-abstract>
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        <kwd>Sociología de la literatura</kwd>
        <kwd>identi dad transnacional</kwd>
        <kwd>memoria</kwd>
        <kwd>ciudad global</kwd>
        <kwd>cosmo- politismo</kwd>
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        <kwd>Sociology of litera ture</kwd>
        <kwd>transnational identity</kwd>
        <kwd>memory</kwd>
        <kwd>global city</kwd>
        <kwd>cosmopolitanism</kwd>
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      <title>1. Introducción.</title>
      <p>Puesto que el presente trabajo se enmarca en la sociología de la literatura resulta pertinente tratar como primera cuestión las afinidades entre literatura de creación y sociología, ya tratadas por diversos autores (<xref ref-type="bibr" rid="ref-lepenies-1988">Lepenies, 1988</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="ref-gonzalez-garcia-1987">González García, 1987, 1992</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="ref-martinez-sahuquillo-1998">Martínez Sahuquillo, 1998, 2001, 2011</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="ref-fuster-garcia-2009">Fuster García, 2009</xref>), en lo que se refiere en especial a la perspectiva que ambas han desarrollado sobre la ciudad. Hay que tener en cuenta que tanto la sociología como el género literario característicamente moderno, la novela, surgen inseparablemente unidas a la ciudad y a la cultura urbana a la que esta da lugar, la cual conforma una visión y experiencia del mundo singulares. Pues los primeros sociólogos y los novelistas clásicos eran urbanos por nacimiento o residencia y en sus obras reflejaban no solo la ciudad que habitaban o visitaban sino una determinada forma de mirar el entorno urbano y sus habitantes, una misma perspectiva marcada por ese espíritu del urbanita tan magistralmente dibujado por Simmel, caracterizado por el distanciamiento, el intelectualismo, y la tendencia objetivadora, entre otras cosas (<xref ref-type="bibr" rid="ref-simmel-1986">Simmel, 1986</xref>).</p>
      <p>Comenzando por la dependencia de la sociología respecto a la ciudad, tan estrecha es la relación entre esta disciplina y el medio urbano que el sociólogo Ilja Srubar llega a proponer que la perspectiva sociológica es la sociogénesis del hombre de ciudad (<xref ref-type="bibr" rid="ref-srubar-1993">Srubar, 1992</xref>). El hombre de ciudad, explica el autor, empieza a estudiar a los otros, a los que percibe no como individuos completos, sino solo en virtud de una serie de "segmentos tipificables" que solo son interpretables por sus rasgos no individuales. Pues la división social extrema propia de la gran ciudad fortalece la tendencia a esa percepción segmentaria de los demás, que aparecen, como argumenta el autor, como tipos y son de esta manera reducidos a ciertos rasgos característicos que comparten con los miembros de un colectivo más o menos anónimo (<xref ref-type="bibr" rid="ref-srubar-1993">Srubar, 1992: 41</xref>). Simmel ya había observado que la vida moderna conduce a una compartimentación de la personalidad que permite al sujeto actuar en cada situación o relación social con tan solo una parte de ella, no implicándose como ser humano completo. Ello para él tenía la ventaja de que, al separarse el yo de la función, las personas serían más capaces de proteger un núcleo o centro subjetivo (<xref ref-type="bibr" rid="ref-simmel-1976">Simmel, 1976</xref>). Pero hacia el exterior su personalidad singularísima tendería a pasar desapercibida, entre otras cosas, por la tendencia no solo a desaparecer el sujeto tras la función, sino también por una voluntaria auto-representación a través de rasgos externos como la vestimenta que favorecía su percepción por el resto de individuos como miembro de un grupo, si bien el sociólogo consideraba que, dada la ambigüedad de la moda, esta era también capaz de destacar lo personal al mismo tiempo que lo común o grupal (<xref ref-type="bibr" rid="ref-simmel-1988">Simmel, 1988</xref>).</p>
      <p>Asimismo, los sociólogos de la Escuela de Chicago, seguidores de Simmel, como Louis Wirth o Robert E. Park, consideraban en la misma línea que la ciudad favorecía la actitud del observador distanciado que se atiene a los "factores objetivos" en lugar de a los subjetivos. Aun en el caso de que los contactos fueran cara a cara, señalaba Wirth en su clásico artículo <italic>Urbanism as a way of life</italic>, su carácter era impersonal, superficial, transitorio y segmentario, y el individuo reaccionaba con la reserva y la actitud blasé descritas por Simmel, encaminadas "a protegerle de las expectativas y pretensiones personales de los otros" (<xref ref-type="bibr" rid="ref-wirth-1938">Wirth, 1938: 12</xref>). En definitiva, parece que no resulta desencaminada la tesis de Srubar de que es la conciencia de que en las relaciones sociales el individuo participa con un segmento de su personalidad la que da lugar a la formación del concepto de rol social y del individuo como repertorio de roles (<xref ref-type="bibr" rid="ref-srubar-1993">Srubar, 1992</xref>).</p>
      <p>Por su lado, y centrándonos en la literatura, en particular la novela, también se puede argüir en la misma línea que el escritor, pese a que, al contrario que el sociólogo, se interese más por el factor subjetivo y singular de cada personaje, también desarrolla la misma mirada distanciada, observadora, tipificadora, que es característica del hombre de ciudad, y sus personajes, por muy idiosincráticos que sean, pertenecen a un tipo social perfectamente ubicable socialmente, dado que el principio de la verosimilitud guía este tipo de género característicamente moderno. En especial en el caso de la novela realista, el novelista se esfuerza por captar tipos sociales y reproducirlos fielmente, aunque sea cierto que, como planteaba Lukács, el tipo no es necesariamente el hombre medio, sino el hombre representativo de las tendencias profundas y las contradicciones características de su tiempo (<xref ref-type="bibr" rid="ref-lukacs-1966">Lukács, 1966</xref>).</p>
      <p>Sin embargo no es únicamente la novela realista, en algunos casos, como en el naturalismo, imbuida de un espíritu científico semejante al de la sociología positivista, la que expresa la nueva perspectiva que se estaba desarrollando en las ciudades y que da lugar a todo un "estilo cognitivo", por usar la noción de Mannheim popularizada por Peter L. Berger. La novela posrealista, la que surge con fuerza en los Beginnios del siglo XX de la mano del modernismo, también supone toda una concepción de la vida, la conciencia, el tiempo, la interacción social o la técnica, entre otras cosas, que proviene directamente de la experiencia urbana y que también se encuentra en algunas formas de sociología, como la sociología impresionista de Simmel, sin olvidarse de figuras fuera del campo sociológico tan influyentes sobre esta clase de novela como Freud o Bergson. Además de tratarse de una perspectiva nueva desde la que contemplar el mundo humano –siguiendo el dictum célebre de Virginia Woolf en diciembre de 1910 la naturaleza humana cambió–, nos hallamos, en el terreno estilístico, ante una forma nueva de novela abierta, experimental, de argumento no lineal, fluida, caótica, que tenía como objetivo al mismo tiempo reflejar fielmente los flujos de conciencia y el movimiento de todo lo existente, esto es, la dinámica de la vida urbana.</p>
      <p>No obstante, la visión de la ciudad como torbellino, como maelstrom, no surge en los inicios del siglo XX, sino mucho antes. Como indica Marshall Berman en <italic>Todo lo sólido se desvanece en el aire</italic> ya en el siglo XVIII Rousseau veía París como un torbellino, <italic>le tourbillon social</italic>, y fue uno de los primeros en reflejar la atmósfera donde se desarrolla la moderna sensibilidad, una atmósfera de agitación, turbulencia, embriaguez, vértigo psíquico, a la vez destructiva pero capaz de expandir las posibilidades (<xref ref-type="bibr" rid="ref-berman-1983">Berman, 1983: 18</xref>). Esa misma visión contradictoria, a la vez trágica y rebosante de fascinación, se encuentra en otros escritores de la ciudad, es su tesis central, a la vez que en el propio Marx, cuya frase "todo lo sólido se desvanece en el aire" pretendía captar esa fuerza destructiva desatada por la modernidad y que se manifestaba con especial intensidad en las ciudades, una fuerza que, más adelante, haría saltar por los aires la estructura sólida de la novela realista clásica, un género que había reposado sobre el supuesto de que la realidad es cognoscible y tiene un orden, a la vez que una lógica, ya sea psicológica o social, que el narrador puede reconstruir en un cuadro coherente (<xref ref-type="bibr" rid="ref-martinez-sahuquillo-2001">Martínez Sahuquillo, 2001</xref>).</p>
      <p>Pues bien, se puede atribuir al impacto de la ciudad, entre otros factores históricos, como la Gran Guerra, progresivamente más grande y caótica, dotada de un tempo cada vez más acelerado, más conflictiva e invadida por el fenómeno de las masas que tanto fascinó a Elias Canetti, ese giro narrativo que condujo a un nuevo tipo de novela, la modernista, tal y como la ejemplifica <italic>El Ulises</italic> de Joyce. La gran transformación que sufrió este género se debe, como interpreta el sociólogo de la literatura Ernst Fischer, a que el escritor del siglo XX no podía seguir siendo el autor omnisciente que domina toda la trama y comprende y controla a todos sus personajes, ese autor que abarcaba la realidad de una sola ojeada; al nuevo escritor, argumenta, la realidad se le escapa, le resulta opaca, y se siente perdido ante ella, de tal suerte que deja de ser capaz de dotarla de unidad y por ello se limita a dar forma a "lo fragmentario, lo caótico, lo inconsistente, lo inacabado, lo difuso de las conexiones" (<xref ref-type="bibr" rid="ref-fischer-1984">Fischer, 1984: 70</xref>).</p>
      <p>Mas no se puede decir, como sostiene el autor, que la literatura moderna pos-realista manifieste como característica principal una pérdida de realidad debido a la alienación que sienten muchos escritores del mundo circundante y que su problemática característica sea necesariamente, dicho en sus palabras, "la soledad del hombre en medio de un mundo que se ha hecho extraño" (<xref ref-type="bibr" rid="ref-fischer-1984">Fischer, 1984: 61</xref>). Es cierto que hay un buen número de novelas representativas del siglo XX que responden a ese diagnóstico (<xref ref-type="bibr" rid="ref-martinez-sahuquillo-1998">Martínez Sahuquillo, 1998</xref>), pero hay otras muchas que lo que pretenden es explorar desde una perspectiva subjetiva y a veces aparentemente caprichosa la realidad a partir de las percepciones y vivencias que suscita el entorno urbano en un sujeto particular, cuya subjetividad es el centro de la narración y que no necesariamente se siente alienado del entorno. En ellas lo que se intenta transmitir es el impacto sobre la conciencia individual de la ciudad a través de cosas como el movimiento, la transitoriedad, el flujo externo de acontecimientos que se refleja en el interno de los procesos de conciencia, en definitiva, se trata de reproducir los remolinos de sensación que activa la ciudad en un espectador cuya mirada no puede reposar en ningún lugar, como señala Eckhard Lobsien, quien considera al modernismo como la expresión de la percepción de la ciudad del hombre moderno (<xref ref-type="bibr" rid="ref-lobsien-1993">Lobsien, 1992: 183</xref>).</p>
      <p>De lo que no cabe duda es que la novela, como parecen coincidir la mayoría de los estudiosos, es el género literario característicos de la modernidad y de la gran urbe y por ello es esencialmente polifónica ya que, como señala el escritor Daniel Link, da cuenta del "entrecruzamiento de voces característico de la cultura urbana" (<xref ref-type="bibr" rid="ref-link-2010">Link, 2010: 104</xref>). La oposición que traza Bajtín entre épica y novela, explica el autor, es la coincidente con la oposición entre campo y ciudad (<xref ref-type="bibr" rid="ref-link-2010">Link, 2010</xref>). Si la epopeya, retornando al planteamiento de Fischer, era una forma cerrada que dibujaba un espacio bien limitado, propia de una clase victoriosa de guerreros aristocráticos que hacía de sí misma un ideal, la novela, que nace con la burguesía ascendente, tiende a una forma abierta, y la presentación de la realidad ya no es apologética sino crítica (Fisher, 1984: 71).Ello no obstante, y si volvemos a contrastar los dos tipos de novela antes esbozados, la llamada novela clásica cuyo florecimiento tiene lugar en el siglo XIX y la modernista, lo que salta a la vista es que aquella todavía seguía una lógica lineal y ofrecía una imagen ordenada y coherente de la sociedad, la cual daba al lector una impresión de solidez y claridad por lo que no es exacto calificarla de abierta, mientras que la segunda se ha tornado mucho más abierta y tentativa porque el escritor ha abandonado la pretensión de reflejar y analizar una totalidad consistente, así como, en muchas ocasiones, relatar una historia hasta su fin o conclusión.</p>
      <p>Naturally, a lo largo del siglo XX y principios del siglo XXI se ha incrementado enormemente la diversidad de formas de novela y hasta de concepciones de un género que, pese al anuncio reiterativo de su crisis, sigue goazando de buena salud. Desde el punto de vista sociológico lo más llamativo es que, como ocurre con otras formas artísticas, los límites que la separan de otros géneros y campos se han ido diluyendo. Existen novelas que claramente se acercan al género periodístico del reportaje, como la célebre <italic>A sangre fría</italic> de Truman Capote. Y otras que oscilan entre la ficción y el retrato objetivo, acompañado en ocasiones este último de sus correspondientes "evidencias", como fotografías de personajes que son tratados como reales, así como de un análisis arquitectónico e histórico de espacios urbanos, como el <italic>Austerlitz</italic> o <italic>Los emigrados</italic> de Sebald, autor que interesa mencionar porque el novelista Teju Cole que va a ser objeto de atención ha sido comparado con él, por mencionar solo algunos casos representativos de desdibujamiento de las fronteras entre los géneros y entre ciencia o periodismo y literatura.</p>
      <p>En definitiva, el viejo muro que separaba la literatura de creación de la literatura consistente en que la primera se ocupaba de lo imaginario y la segunda de lo real se ha ido desmoronando y el literato en algunos casos se convierte en un investigador que ofrece sus hallazgos al lector, naturalmente, mediante un estilo literario del que carecen las investigaciones científicas y sin la pretensión de sistematicidad y conceptualización precisa que suelen tener estas. A su vez algunos investigadores sociales a veces salpican sus ensayos de observaciones personales a partir de la realidad directamente percibida, como hace el sociólogo Richard Sennett en <italic>La conciencia del ojo</italic> <xref ref-type="bibr" rid="ref-sennett-1991">(1991)</xref>, donde intercala sus análisis históricos, sociológicos y filosóficos con las observaciones que hace a partir de sus paseos por Nueva York, que se parecen a las que hace Teju Cole en la obra que nos va a ocupar o a las de Muñoz Molina en <italic>Ventanas de Manhattan</italic>, además de a las de otros muchos novelistas de la ciudad. Parece así pues como si los caminos que habían trazado la literatura de creación por un lado y las ciencias sociales por el otro se han ido acercando cuando no han convergido en algunos aspectos importantes.</p>
      <p>La elección de la novela <italic>Ciudad abierta</italic> del escritor nigeriano-estadounidense Teju Cole como tema de estudio se debe a diversos factores que a continuación voy a enunciar. En primer lugar se trata de una obra reciente sobre la ciudad, fundamentalmente sobre la ciudad de Nueva York, aunque también sobre Bruselas –donde transcurren tres capítulos del libro–, en la que aparecen los viejos temas que ya trataron otros literatos, no solo novelistas, sino también poetas como Baudelaire, tal y como la soledad en medio de la muchedumbre, el refugio del individuo en el anonimato con las posibilidades que ello entraña, la ciudad como torbellino y como sede de una diversidad social estimulante pero a su vez amenazante, la superficialidad y carácter efímero de la mayoría de los contactos sociales, y un largo etcétera. En ese aspecto puede considerarse como una continuación de la literatura de la ciudad desde sus orígenes.</p>
      <p>Pero no menos importante para el estudio presente es que también hacen su aparición temáticas nuevas indisolublemente ligadas a lo que la socióloga Saskia Sassen llama ciudad global (<xref ref-type="bibr" rid="ref-sassen-1991">Sassen, 1991</xref>) y que son típicas de un mundo mucho más intensamente globalizado que en otras épocas en el que la migración procedente de cada vez más lugares, la hibridación cultural resultante, el mestizaje debido a los matrimonios birraciales o binacionales y, en fin, la consiguiente profusión de individuos que tienen una identidad mixta o, por decirlo con otros términos, transnacional y transcultural, como es la del autor del libro, todo ello permite analizar un nuevo tipo vida urbana y, sobre todo, de ciudadano o urbanita que difieren en alguna medida significativa de los de otros tiempos y por ello requieren de un tratamiento y conceptualización renovados.</p>
      <p>La novela citada, además, no solo trata sobre una ciudad abierta, tan paradigmáticamente heterogénea y cosmopolita como es la ciudad de Nueva York, presente en tantas obras literarias o cinematográficas; es también por voluntad del autor y en congruencia con su perspectiva impresionista y exploratoria una novela abierta, inacabada, que pretende más que contar una historia ofrecer una panorámica de la vida en una ciudad donde las tendencias sociales representativas del mundo urbano actual se encuentran en un estado de desarrollo especialmente avanzado a través de las vivencias de un personaje, <italic>alter ego</italic> del autor, que también es el paradigma de un tipo de ciudadano abierto, cosmopolita, y culturalmente híbrido que, aunque no sea mayoritario, está en proceso de expansión y refleja a la perfección una parte significativa del espíritu de la época. Se trata por ello de un documento de gran interés sociológico en el que se dan cita numerosas problemáticas investigadas también por los sociólogos y por otros científicos sociales o pensadores, tal y como el multiculturalismo o la transculturalidad, el cosmopolitismo, la otredad, la hibridación y, muy especialmente, la cuestión de la identidad, que es uno de los ejes de la novela.</p>
    </sec>
    <sec id="sec2">
      <title>2. Ciudad abierta de Teju Cole como testimonio de un intelectual cosmopolita de identidad transnacional.</title>
      <p><italic>Ciudad abierta</italic> es, como se ha dicho arriba, una novela abierta, sin argumento lineal, aparentemente fragmentaria, que gira en torno a un personaje al principio anónimo, pues tanto su nombre como su edad o su procedencia se irán desvelando poco a poco, que vive en Nueva York, donde trabaja como psiquiatra, y que se dedica a recorrer sus calles, a observarlo todo, tanto el paisaje físico como humano, así como a establecer diálogos más o menos breves con sus habitantes además de visitar o encontrarse con amigos. Durante su estancia en Bruselas su papel de flâneur es incluso más pronunciado, ya que tiene todo el tiempo libre para recorrer esta ciudad en solitario, aunque no está siempre solo, ya que traba amistad con dos personajes significativos en la novela además de tener una fugaz aventura de una sola noche con una mujer checa de mediana edad.</p>
      <p>Pese a llamarse la novela <italic>Ciudad abierta</italic> y pese a que el autor nos ofrece toda una radiografía física y social de Nueva York y, en un segundo plano, de Bruselas, el foco de atención es el protagonista, Julius, cuyas percepciones, impresiones y cavilaciones están relatadas en primera persona: como indica el crítico del <italic>New Yorker</italic> James Wood, Teju Cole ha escrito una obra tan próxima a un diario como una novela puede llegar a ser (<xref ref-type="bibr" rid="ref-wood-2011">Wood, 2011</xref>), si bien esta abunda en "historias de vida" que desplazan la atención a otros personajes que en ese momento pasan a un primer plano mediante un relato en tercera persona que el narrador hilvana a partir de lo que esas personas le han contado. Es en todo caso a través de la mirada del protagonista que se presenta a las dos ciudades, en especial Nueva York, que es la que domina la narración, por lo que estas se hallan impregnadas de los sentimientos de aquel, que vierte su subjetividad sobre ellas y de esta manera, aunque haya un afán de objetividad que se manifiesta una y otra vez en los informes detallados que se nos ofrecen sobre personajes históricos y lugares, lo que predomina es la dimensión subjetiva, esto es, los estados de conciencia de un tipo social que observa la urbe desde el prisma de una identidad específica, la identidad mestiza de un nigeriano-americano de ascendencia alemana por parte de madre y que, pese a ser un inmigrante que se siente fascinado por los pájaros –observa atentamente su migración al principio de la novela, la cual termina con una erudita referencia al tiempo en el que la Estatua de la Libertad hacía las veces de faro y los pájaros, atraídos por la luz, se estrellaban sobre ella y morían–, ha encontrado en Nueva York una suerte de nido; al final de la narración, el joven psiquiatra que ha sido becario residente en un hospital dependiente de la Columbia Presbyterian rechaza una oferta de trabajo mucho mejor remunerado fuera de Nueva York y decide quedarse y establecer una consulta privada porque esa ciudad es la única opción que tiene sentido emocional para él.</p>
      <p>Dado que la identidad con guión, como es denominada en Norteamérica, en este caso guiones, determina gran parte de la perspectiva desde la que el personaje observa las ciudades así como las reflexiones a las que estas dan lugar, procede empezar el análisis por la identidad del autor, ya que el personaje es claramente su <italic>alter ego</italic>, para pasar a examinar la identidad del protagonista para, a continuación, hacer un recorrido por los temas principales de la obra como son la soledad del hombre en la gran ciudad, la comunidad (o, más bien, la imposibilidad de la comunidad), la extranjería o alteridad, la violencia, el cosmopolitismo o el diálogo con el otro, entre otros. En todo caso la cuestión de la identidad y, unida a ella, la memoria, tanto individual como colectiva, es uno de los hilos conductors de <italic>Ciudad abierta</italic> que también se podría llamar <italic>Identidad abierta</italic>.</p>
      <p>Pues bien, Teju Cole es un historiador del arte, fotógrafo, profesor invitado en el Bard College y escritor joven en la treintena quien, pese a nacer en EUA de padres nigerianos (con el nombre Obayemi Babajide Adetokunbo Onafuwa), vivió su infancia y adolescencia en Lagos, y más adelante, a los diecisiete años, se instaló en Nueva York, donde se graduó en historia del arte en Columbia y donde reside actualmente en Brooklyn. Lo que más interesa destacar es que Cole posee esa identidad que los norteamericanos denominan <italic>hyphenated identity</italic> a la que he aludido antes pues para definirla hay que recurrir a dos nacionalidades unidas por un guión: es un nigeriano-americano que, pese a escribir y hablar en inglés y vivir en Nueva York, no ha olvidado del todo sus raíces nigerianas. En estos momentos está embarcado en un libro sobre Lagos. Su interés por las ciudades, y no solo Nueva York, parece ser una de sus grandes pasiones, junto con la fotografía, el arte o la música, aficiones que también cultiva el protagonista de su novela.</p>
      <p>Su doble identidad le coloca en una situación especial que ha sido analizada por Zygmunt Bauman a propósito de los judíos europeos: la situación de aquel que al mismo tiempo está dentro, es un <italic>insider</italic>, y está fuera, es en parte un <italic>outsider</italic>, y por ello está más preparado para poner entre paréntesis los sobreentendidos del conocimiento común, los dados por supuestos en que reposa la vida social y ver el mundo con más distancia y objetividad, a vista de pájaro (<xref ref-type="bibr" rid="ref-bauman-1993">Bauman, 1993</xref>). Se trata de una ventaja cognitiva que conduce a esa perspectiva urbana, objetivadora y afín a la mirada sociológica a la que me referí en el primer apartado. Pero también implica una desventaja en el terreno personal, ya que esa ambigua ubicación también desmenuzada por Simmel en su clásica digresión sobre el extranjero (<xref ref-type="bibr" rid="ref-simmel-1977">Simmel, 1977</xref>) complica la tarea de compartir sentimientos de pertenencia con otros grupos con los que se puede establecer alguna vinculación. Pero como la problemática de una identidad mestiza o "cruzada", por utilizar la feliz expresión de <xref ref-type="bibr" rid="ref-todorov-2008">Todorov (2008)</xref>, como la suya la aborda el escritor en su novela explorando la de su <italic>alter ego</italic>, resulta más interesante (además de accesible al investigador) estudiarla a partir de su obra.</p>
      <p>Efectivamente el protagonista de <italic>Ciudad abierta</italic> puede ser considerado una proyección del propio autor quien de hecho le presta una gran parte de sus señas de identidad. Julius también es neoyorquino de origen nigeriano y ha pasado su infancia y adolescencia en Lagos aunque, para complejizar aún más su identidad, el personaje es de ascendencia también germana, como se ha adelantado, ya que su madre es alemana y su primer idioma fue el alemán, lengua en la que esta le hablaba, seguida del yoruba y el inglés, idioma este último que hablaba en la escuela. Aunque el protagonista en su edad adulta habla en inglés no ha olvidado del todo el yoruba, lengua en la que puede defenderse, aunque sí el alemán. La identidad alemana es la más desdibujada y el protagonista no suele hacer demasiada mención a esa ascendencia, en parte porque ha roto relaciones con su madre, si bien la abuela materna ha sustituido en su imaginación a su madre como figura de su infancia y cuando viaja a Bruselas lo hace en parte movido por el impulso de ir a buscar a su <italic>oma</italic> quien, de seguir viva, se encontraría en esa ciudad. El espectro de su abuela y los recuerdos de esta y de sus padres y amigos le acompañan siempre y la novela abunda en <italic>flashbacks</italic> en los que Julius relata acontecimientos de su niñez y adolescencia en Nigeria. También recuerda en ocasiones leyendas africanas y al final el encuentro en Nueva York con la hermana de un amigo suyo de su infancia va a ser decisivo por el descubrimiento de un hecho que su mente había borrado por completo.</p>
      <p>La identidad frágil, elusiva, y en perpetuo estado de construcción del protagonista es, sin duda, uno de los temas clave de la novela además de la también esquiva y borrosa identidad de la ciudad donde este vive y que este explora para reconstruirla a partir de informaciones detalladas sobre su pasado. La misma manera de presentar al personaje refleja ese carácter endeble de una identidad poco definida, incierta, sostenida por recuerdos brumosos, porque la memoria no es capaz de retener un pasado huidizo y que solo aflorara intermitentemente. Para resaltar el carácter elusivo de la identidad del protagonista de la novela, Cole no le da nombre hasta la página setenta y ocho de la novela, ni revela su edad, que solo conocemos cuando en uno de los últimos capítulos, el capítulo diecinueve, donde el narrador relata el entierro de su padre (quien murió cuando este contaba catorce años habiendo transcurrido dieciocho años desde entonces), averiguamos que tiene treintaidós.</p>
      <p>Otros muchos datos de su identidad van aflorando gradualmente y como la novela no tiene propiamente final o conclusión la incertidumbre respecto al personaje no se ha disipado del todo. Sabemos un poco más de él, pero no lo llegamos a conocer del todo, de igual manera que él tampoco se conoce a sí mismo completamente, como parece sugerir el hecho de que sea una mujer nigeriana que había olvidado por completo, Moji, la que le revele que en una fiesta durante su adolescencia él la forzó y ella nunca ha podido superar ese hecho traumático. El autor deja en el aire la cuestión de si ese acontecimiento sucedió o es una fantasía de Moji, pero lo que sí plantea entre líneas es que el conocimiento de uno mismo es siempre parcial y poco fiable, sobre todo porque la memoria no es capaz de recuperar todo el pasado y porque cuando se ha perdido la herencia cultural por efecto de la migración y asimilación a otro entorno cultural aún es más difícil la tarea de unir el pasado y el presente para construir una identidad dotada de cierta unidad. A este caso se le puede aplicar la frase de Naipaul, otro autor de identidad híbrida con el que Cole ha sido comparado: "We cannot understand all the traits we have inherited. Sometimes we can be strangers to ourselves" (<xref ref-type="bibr" rid="ref-naipaul-1994">Naipaul, 1994</xref>).</p>
      <p>Tan frágil es la identidad de Julius, tan falta de pilares bien asentados sobre los que poder sostenerse, que en ocasiones este experimenta episodios de pérdida de identidad, tal y como cuando se despierta en el hotel durante su estancia en Bruselas de un sueño que le había transportado a su infancia en Lagos y no sabe dónde está: "flotaba en la oscuridad, anónimo a mí mismo" (130)<xref ref-type="fn" rid="fn-1">1</xref>. Al cabo se da cuenta de que está en Bruselas y vuelve a recuperar la identidad, pero el esfuerzo de recoger "este lastre de mi identidad" (131) se le antoja agotador. Intenta para ello recurrir a sus recuerdos de la infancia en Nigeria, como cuando tenía nueve años y deseaba ardientemente beberse una botella de Coca-Cola y soñaba con que cuando fuera adulto podría beberla impunemente. Pero se da cuenta de que solo son recuerdos que guardan poca relación con su yo actual; la historia de su niñez había acabado, reflexiona, y no tiene trascendencia para el presente en el que, además, no puede soportar la Coca-Cola. Aunque se afane a lo largo de toda la novela por tender puentes entre el presente y el pasado, la tarea no es nada fácil. Su identidad puede ser definida de hecho como una identidad escindida porque, por mucho que lo intente, no hay manera de unir un pasado nigeriano y parcialmente germano con un presente estadounidense en una narración unitaria. Su relato no puede alcanzar de este modo eso que MacIntyre denominaba "unidad narrativa de la vida" o <italic>narrative whole</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="ref-macintyre-1989">MacIntyre, 1989</xref>).</p>
      <p>Pero como también plantea Ricoeur a propósito de ese concepto de MacIntyre, la unidad narrativa de la vida debe verse como un conjunto inestable de fabulación y experiencia viva. Precisamente debido al carácter elusivo de la vida real necesitamos de la ficción para organizar esta última retrospectivamente, una construcción de la trama que es provisional y revisable (<xref ref-type="bibr" rid="ref-ricoeur-1996">Ricoeur, 1996:164</xref>). Pues bien, en el caso de nuestro personaje, este es perfectamente consciente de que su identidad es un hecho construido, de que es una narración que no tiene por qué ser fiel a la realidad de lo vivido porque el pasado es un espacio vacío en el cual personas significantes y acontecimientos flotan y que Nigeria era eso para él: "en su mayoría olvidada, excepto esas pequeñas cosas dotadas de una desmedida intensidad" (155). No obstante lo cual, sigue reflexionando, había estado reconstruyendo una versión del pasado desde 1992 (156). Lo que sí tiene claro y es algo que Cole se encarga de repetir a lo largo de las páginas de <italic>Ciudad abierta</italic> es que su identidad es de carácter mestizo, híbrido, definida por la mezcla tanto racial como nacional y como cultural, lo cual le hace desentonar en los distintos lugares en los que ha vivido de los autóctonos que pueden fundirse más fácilmente en el entorno y pasar desapercibidos.</p>
      <p>Así, en Nigeria era percibido como <italic>outsider</italic> porque, en tanto que mulato, su piel era demasiado blanca, aparte de llamarse Julius, nombre que delataba su ascendencia europea, aunque tuviera otro nombre nigeriano, Olatubosun, que no utilizaba. Además su condición socioeconómica media alta le distanciaba de la gente común. Por su lado, en Estados Unidos tampoco puede ser del todo americano por su procedencia nigeriana y porque, aunque su color de piel le hermana con los afroamericanos, no comparte ni su historia ni sus circunstancias y no se siente miembro de esa comunidad. Tampoco puede integrarse del todo en el mundo blanco, en esa élite cultural que por sus intereses y aficiones podría pertenecer, porque es un negro y cuando acudir, por ejemplo, al Carnegie Hall a un concerto de Mahler, del que es amante y experto, se da cuenta de que no hay negros (ni tampoco muchos jóvenes) y siente que le miran como a Ota Benga, el hombre Mbuti que se exhibía en la casa de los monos del zoo del Bronx en 1906.</p>
      <p>No es de extrañar que Julius se sienta atraído por personas tan desplazadas como él y tan difíciles de encasillar de acuerdo con una sola categoría de pertenencia. Uno de sus amigos de Nueva York es el profesor Saito, de ochenta y nueve años, al que va a visitar a su casa con regularidad hasta que recibe la noticia de su muerte. Se trata de un japonés que estuvo en un campo de internamiento durante la II Guerra Mundial y que enseñaba literatura inglesa temprana y, para más señas, es homosexual y tiene la casa llena de objetos artísticos exóticos, como máscaras polinesias. Es, como el protagonista, un <italic>outsider</italic> cosmopolita y por eso y por la comunidad de intereses aquel se siente especialmente cómodo en su compañía.</p>
      <p>Más adelante, cuando viaja a Bruselas, Julius conoce en el locutorio telefónico que frecuenta a Farouk, un marroquí intelectual que habla con familiaridad de Walter Benjamin, Said o Deleuze, y que tampoco encaja ni en Bruselas ni podría hacerlo, si regresara, en su Marruecos natal. Nuestro protagonista habla con él sobre todo lo divino y lo humano y empatiza con él, si bien en el último encuentro que tiene lugar en un local al que acude también Khalil, amigo y jefe de Farouk, descubre que hay cosas que le separan totally de su nuevo amigo y de Khalil. Así, si este último confiesa entender a Al-Qaeda, Farouk, algo más moderado, dice que no les somete a juicio y al final, pese a fumar, beber y vivir como un occidental, reafirma su fe musulmana y opina que Occidente ha vuelto la espalda a Dios. El choque cultural se hace patente. Aunque Julius invita a Farouk a visitarle a Nueva York este rehúsa y aquel no tiene muy claro que la visita pudiera ser un éxito. Una vez en Nueva York le envía a su amigo un ejemplar del libro <italic>Cosmopolitanism</italic> de Kwuame Anthony Appiah, tal vez porque la ética cosmopolita que este autor defiende se basa en el binomio universalismo más diferencia (<xref ref-type="bibr" rid="ref-appiah-2007">Appiah, 2007</xref>), mientras que Farouk solo enfatizaba la diferencia.</p>
      <p>Sin embargo, pese a los encuentros bien con personas conocidas bien con desconocidos con los que establece un diálogo, el protagonista de <italic>Ciudad abierta</italic> es un hombre solitario, que vive solo (ha roto recientemente con su女友, Nadège) y por ello encaja en la categoría de <italic>single</italic>, como tantos otros habitantes de las grandes urbes. Como se ha adelantado, la soledad en la gran ciudad es otro de los temas que recorren toda la novela. Gran parte del tiempo el protagonista deambula por Nueva York o durante su breve estancia en Bruselas por esta ciudad también multirracial y multicultural, y visita lugares y estudia su historia, como si quisiera establecer con ellos alguna vinculación significativa, con ellos y con los habitantes de otros tiempos que los construyeron o habitaron. Y cuando no está en el trabajo o transitando por la ciudad el protagonista se hall recluido en su casa, escuchando música clásica en programas de radio en diversos idiomas o leyendo en voz alta, como hacen los solitarios. En algún momento Julius se siente totally desamparado, como cuando intenta sacar dinero de un cajero automático y no puede porque ha olvidado el número secreto. Cuando recuerda ese momento define su situación de esta manera: "mi memoria perdida, un hombre viejo-joven patético" que había olvidado no solo la contraseña de su tarjeta, sino también "todos los números, todos los nombres y por qué estaba en Wall Street" (166). Se trata de otro episodio de pérdida de identidad como el anteriormente mencionado.</p>
      <p>El autor se recrea, pues, en la condición a la vez solitaria y en ocasiones alienada de un individuo que no pertenece a ningún grupo social compacto, que tiene rasgos del intelectual "libremente flotante" o fluctuante de Mannheim y que, como planteaba Durkheim en su clásico estudio sobre el suicidio, se hallaba expuesto a la patología social que el sociólogo denominaba egoísmo, que conduce al individuo a replegarse en sí mismo desvinculándose de la sociedad (<xref ref-type="bibr" rid="ref-durkheim-1976">Durkheim, 1976</xref>). Cole de hecho recurre a un término de Durkheim en esa obra, el de anomia, cuando su personaje piensa al caminar por Bruselas que "la sensación de anomia era aparente incluso para el visitante" (100). La ciudad, da la impresión que planta el autor en la estela de la sociología durkheimiana, promueve tanto el egoísmo como la anomia, esto es, la ausencia de un <italic>nomos</italic> regulativo que oriente la conducta. No es que Julius viva en un vacío normativo, pues tiene valores y convicciones, pero su escepticismo le impide adherirse claramente a un sistema de creencias o a una comunidad religiosa o ideológica. Así, cuando le preguntan si es cristiano, en lugar de contestar afirmativamente, duda y dice que supone que sí, una actitud tibia hacia la religión que aflora en otros momentos, y cuando habla con una amiga muy comprometida con la causa ecologista no comparte ese compromiso aunque lo respeta porque "él desconfiaba de todas las causas", si bien admiraba a quienes tomaban elecciones porque él era tan indeciso (198). Su desafiliación es uno de los rasgos que le caracterizan, aunque no lo reivindique como postura superior a otras más comprometidas.</p>
      <p>La soledad y la ausencia de relaciones comunitarias constituyen, así pues, uno de los ejes de la novela. En el primer capítulo esa condición típicamente urbana se ilustra mediante un episodio en el que el protagonista descubre un día, al encontrarse con su vecino Seth, que Carla, la mujer de este, había muerto y él no se había percatado del sucesos. Julius se siente conmocionado al pensar que una mujer que dormía en una habitación contigua a la suya había muerto sin él saberlo. Las relaciones de vecindad son, como apunta el narrador, casi inexistentes. Sin embargo, el protagonista sí se ve interpelado una y otra vez a participar en una no por difusa menos significativa comunidad: la comunidad racial de los negros neoyorquinos, que se manifiesta en expresiones como "hermano" o en gestos de complicidad y de reconocimiento. Como es congruente con la personalidad y posición social de Julius, el joven psiquiatra recela de los intentos por parte de otros negros de integrarle en un "nosotros", incluso cuando son de procedencia africana como él. Así por ejemplo, cuando entra en un taxi conducido por un taxista negro sin saludar, pese a que al poco le interpele con la frase "so, what are you doing, my brother?" (40), el taxista se siente ofendido porque la comunidad entre ellos no ha sido reconocida inmediatamente –"soy africano exactamente igual que tú, ¿por qué me haces esto?"–, le increpa, pero el protagonista no está de humor para responder a las pretensiones de los demás (I was in no mood for people to lay claims on me (40)). Su respuesta es la clásica del urbanita que, como indicaba Louis Wirth, adopta la reserva y otras estrategias como forma de inmunizarse contra las demandas o pretensiones (claims) de los otros, por volver a la cita antes referido (<xref ref-type="bibr" rid="ref-wirth-1938">Wirth, 1938:12</xref>).</p>
      <p>La misma reacción le provoca el intento de implicarle en una relación amistosa de Kenneth, un trabajador del museo de arte folk que le identifica en un bar porque Julius había visitado el museo hacía poco, el cual se sienta junto a él y le relata su vida, pero nuestro protagonista no permanece mucho tiempo a su lado, en parte porque descubre que este le estaba haciendo una pregunta sexual, y en parte porque no cree que compartir la condición racial sea suficiente para establecer una relación de camaradería. Sin embargo Julius, aunque se zafe de esas situaciones para él algo embarazosas, no llega al extremo de no entender las llamadas a favor de una solidaridad étnica. Cuando reflexiona sobre la isla Ellis y sobre el hecho de que había sido construida demasiado tarde para los africanos tempranos y demasiado pronto para los africanos posteriores, "como Kenneth, o el taxista o yo" (55), se incluye en la comunidad negra reciente, al igual que cuando piensa que "nosotros los negros" habíamos conocido puertos más duros de entrada (55), se incorpora a la comunidad negra en general, independientemente del origen o momento de llegada a América. Por consiguiente, en ocasiones hace acto de presencia el nosotros, aunque sea con cuentagotas. Pese a que la identidad como yo predomine claramente sobre la identidad como nosotros, por aludir a la distinción de Norbert Elias, esta última no ha desaparecido (nunca desaparece del todo, como sostiene <xref ref-type="bibr" rid="ref-elias-1990">Elias (1990)</xref>), tan solo se ha debilitado.</p>
      <p>En otras ocasiones, no obstante, la comunidad étnica se manifiesta como una ilusión. Así, al poco de cruzarse con unos jóvenes negros y hacerles un gesto de saludo con la cabeza, estos le atacan y le propinan una brutal paliza, además de robarle. No ha importado nada que la víctima compartiera el color de piel. No era de los "nuestros" para unos jóvenes de clase baja de Harlem que enjoyed de la violencia gratuita y que atacaban a miembros de las clases superiores. El autor parece estar diciendo entre líneas que las diferencias de clase social fragmentan a la comunidad negra, que también se halla dividida por las diferencias de procedencia (afroamericanos, africanos, caribeños etc.). La comunidad negra, en definitiva, parece más un espejismo que una realidad con fundamentos sólidos.</p>
      <p>El episodio de violencia en el que el protagonista se ve envuelto no es la única allusion a la violencia en el libro, otro de cuyos ejes narrativos es precisamente la violencia. En primer lugar, la violencia terrorista, ya que los sucesos del 11 de septiembre sobrevuelan la narración. En segundo lugar, la violencia xenófoba, promoted por partidos nacionalistas de extrema derecha que hacen de las ciudades lugares amenazadores para las minorías. En un pasaje en el que Julius se encuentra en Bruselas este reflexiona sobre el hecho de ser un extraño, por su carácter solitario, su tez oscura, su seriedad. Elle le convierte en diana de la furia irracional de los defensores de Vlaanderen. Yreffiriéndose a ellos explica que <italic>They were insensitive to how common, and how futile, was the violence in the name of a monolithic identity</italic> (106). Cole establece así un vínculo entre identidad monolítica y violencia, como hace Amartya Sen en su libro <italic>Identity and Violence</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="ref-sen-2006">Sen, 2006</xref>) deplorando así la existencia de "identidades asesinas", al igual que Maalouf en su célebre ensayo así titulado (<xref ref-type="bibr" rid="ref-maalouf-1999">Maalouf, 1999</xref>). Da toda la impresión que el autor cree que las identidades mixtas, más abiertas y menos unívocas y cerradas, y por tanto tendencialmente más cosmopolitas<xref ref-type="fn" rid="fn-2">2</xref>, son más tolerantes y menos propensas a la agresión al otro. El protagonista es un ejemplo de ello.</p>
      <p>También abunda la novela en referencias a guerras y genocidios presentes o pasados. Ese tipo de violencia extrema, muestra el autor, forma parte de la historia tanto de las ciudades como de sus habitantes, muchos de los cuales la han vivido en sus propias carnes o la han tenido cerca y ha marcado sus vidas. En lo que se refiere a la relación entre violencia y ciudad, el protagonista de la novela bucea en las capas de sufrimiento sobre las que se asienta la ciudad de Nueva York. En algunos casos los restos de las víctimas se hallan debajo de calles y edificios como el lugar de enterramiento de negros al que Julius se acerca que se calcula alberga a 15.000 o 20.000 personas, la mayoría esclavos, y que ha caído en el olvido salvo por un pequeño promontorio de césped que recuerda el hecho. Asimismo, el protagonista tiene una paciente que es miembro de la tribu de los Delaware y que ha escrito un libro titulado <italic>El monstruo de Amsterdam</italic> sobre Cornelius van Tienhoven, un funcionario holandés del siglo XVII encargado de la ley entre los colonos holandeses de Manhattan que había hecho una matanza de los indios canarsie de Long Island y había regresado con sus cabezas clavadas en picas, por mencionar una sola de sus masacres. La autora y paciente, por cierto, se suicida, y su depresión se explicaba, piensa Julius, por la carga emocional de sus estudios. En una ocasión esta le había dicho que era difícil vivir en un país que ha borrado su pasado. Contra ese olvido es contra el que lucha el protagonista.</p>
      <p>Porque el protagonista, como se ha ido apuntando, vive activamente la relación que le une con la ciudad de Nueva York, relación que no se limita a sus experiencias presentes, sino que también le vincula al pasado de la ciudad y, de esta manera, al comprender mejor la ciudad que habita, deja de ser un urbanita perdido que vaga sin rumbo por el espacio urbano para convertirse en un agente que descubre las claves que permiten desentrañar ese espacio formado por capas superpuestas de épocas pretéritas y épocas más recientes. Julius concibe la ciudad, efectivamente, como un palimpsesto a través del cual se puede leer el pasado; como lo expresa en una reflexión cuando contempla la zona cero, lugar que anteriormente a la construcción del World Trade Centre había estado atravesado por calles como Robinson o Laurens Street y que a finales del siglo XIX había sido el hogar de sirios, libaneses y otra gente de Levante: <italic>El lugar era un palimpsesto, al igual que toda la ciudad, escrito, borrado, reescrito</italic> (59). De lo que se trataba, piensa el <italic>alter ego</italic> del autor, era de encontrar la línea que le conectaba con esas historias.</p>
      <p>Pues su actividad de observador y estudioso de la ciudad o ciudades, bien de la que habita, bien de la que visita, está indisolublemente unite a su deseo de establecer vínculos significativos con ellas que le ayuden a superar su aislamiento. Es significativa, además, la analogía que parece derivarse de la narración entre la identidad huidiza de la ciudad y la identidad elusiva del protagonista, la cual se asemeja también a un palimpsesto que este va órganismo a partir de recuerdos y revelaciones que le ponen en contacto con estratos de su vida enterrados en el olvido: por cierto que en este aspecto parece coincidir la intuición del novelista con la idea de Zygmunt Bauman expresada en su ensayo <italic>La sociedad individualizada</italic> según la cual la identidad posmoderna es una identidad de palimpsesto que se basa más en el arte de olvidar que en el de construir paciente y gradualmente a lo largo de toda una vida (<xref ref-type="bibr" rid="ref-bauman-2001">Bauman, 2001:103</xref>). Pero volviendo a la novela, esta sugiere, en consonancia con la analogía antes señalada, un cierto isomorfismo entre la ciudad y el individuo que la habita, así como una relación de reciprocidad entre sujeto y objeto, pues la ciudad no es un objeto inanimado; aunque no pueda hablar, alberga voces, voces de otros tiempos que han dejado un eco, así como voces de los coetáneos que se pueden escuchar. Se abre pues, la posibilidad de comunicarse con ella, aunque sea solo a retazos, con lugares e individuos particulares.</p>
      <p>La actitud del protagonista hacia la ciudad, aunque ambivalente, porque a veces puede parecer cruel e inhumana e indiferente al dolor de sus habitantes, como cuando Julius yace en el suelo tras sufrir la paliza y un hombre pasa de largo sin prestarle auxilio, es en fin más positiva que negativa. Los paseos por ella le relajan y liberan de las obligaciones laborales y las calles son lugares de exploración y rezuman libertad. Pese a que cuando pasea por ellas se siente rodeado por miles de otros urbanitas en su soledad, los encuentros casuales con otros habitantes le permiten vislumbrar otras historias de vida y sentirse menos solo. Incluso el encuentro con personajes ya deceased pero que han dejado su rastro, como el pintor John Brewster, un pintor sordo cuyos extraños cuadros de niños sordos Julius admira en el Museo de Arte Folk-otro <italic>outsider</italic> con el que sentirse identificado- le conectan con otras personas que le interpelan desde épocas pretéritas y cuyas obras remiten a su vez a la de otros hombres por él admirados (como Vermeer, otro artista del silencio), además de a recuerdos personales. Es cierto que en ocasiones ve algunas partes de la ciudad como eriales: la contemplación del centro de detención de Queens le hace pensar en una tierra baldía de cemento. Pero en cambio otras de ellas le maravillan, como los parques o las zonas que se abren al mar. Y finalmente, y no menos importante, la ciudad es sede de multitud de espacios culturales, como museos o salas de conciertos, y el personaje culto y cosmopolita se siente especialmente vinculado a esos lugares perfectos para gentes como él.</p>
      <p>De hecho, su amor a la alta cultura es una de sus señas de identidad principales; la tiene en tan alta estima que deplora que no sea accesible a todos. Pues su cosmopolitismo de raigambre ilustrada le lleva a pensar que las artes son universales y tendencialmente o idealmente inclusivas. Cuando reflexiona tras su experiencia en el Carnegie Hall que <italic>la música de Mahler no es blanca ni negra, ni vieja ni joven</italic> (252), expresa su deseo de que la música, como otras artes, sirva para unir y no para separar. Dado que la comunidad tradicional, la <italic>Gemeinschaft</italic> de Tönnies, no puede sobrevivir en las ciudades, al menos hay que procurar que existan otras comunidades, por ejemplo comunidades ligadas a distintas expresiones culturales, como la música, que puedan cumplir una función cohesiva, naturalmente de tipo distinto a la comunidad propiamente dicha basada en relaciones densas de proximidad y no en relaciones societarias mucho más débiles y lejanas. Va de suyo que el autor del libro es, como su personaje, un aficionado y defensor de la alta cultura y en unas palabras recogidas en un artículo periodístico declaraba que: <italic>A mí lo que no me gusta es la cultura de masas creada por corporaciones que buscan el mínimo común denominador. Me gusta la alta cultura y me atrae todo lo folk</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="ref-cole-2011">Cole, en Aguilar, 2012</xref>). Como indica el crítico ya citado, James Wood, <italic>Ciudad abierta</italic> parece <italic>una descripción bellamente modulada de una cierta clase de liberalismo solitario común a miles si no a millones de tipos intelectuales (bookish)</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="ref-wood-2011">Wood, 2011</xref>).</p>
      <p>En suma, <italic>Ciudad abierta</italic>, lejos de pretender ser una descripción neutral de la ciudad central de la novela, Nueva York, en especial Manhattan –pese a que a veces el autor adopte el tono objetivo del historiador-, es una determinada visión de la ciudad global, multirracial, multicultural y fracturada por las divisiones de clase a través de la lente de un individuo mestizo y culturalmente híbrido, solitario y culto, que proyecta en ella su manera de ver el mundo, típicamente urbana, distanciada, y poco dada a establecer relaciones comunitarias. Sin embargo este ejemplo característico de intelectual cosmopolita de identidad cruzada o mixta, si bien establece una distancia frente a los demás, no siempre adopta la indiferencia o la reserva como mecanismo de defensa y protección señaladas por los sociólogos clásicos de la ciudad; también busca activamente el contacto y el diálogo con los otros, que dejan de ser "otros" al convertirse en interlocutores en un diálogo horizontal.</p>
      <p>La novela de Cole, efectivamente, parece indicar que la ciudad no es siempre el hábitat inhumano y anónimo que destruye todo conato de acercamiento al otro; es al mismo tiempo un espacio de encuentros, de encuentros que son cada vez más interculturales, que cruzan barreras étnicas y hasta de clase, y que hacen de la ciudad un entorno abierto, plagado de posibilidades, entre otras, posibilidades de apertura al otro. Como sostiene Kwuame Anthony Appiah, otro autor de identidad cruzada, en el libro citado <italic>Cosmopolitanism</italic>, la ética cosmopolita está basada en la apertura al otro, al cual hay que procurar entender sin necesidad de estar de acuerdo (<xref ref-type="bibr" rid="ref-appiah-2007">Appiah, 2007</xref>). Esta ética es precisamente la que guía las relaciones que establece el protagonista de la novela quien, pese a las diferencias que le separan de Farouq, es capaz, como se ha dicho, de empatizar con él y de compartir algunas de sus ideas, como la que este expresa cuando se queja de que la gente vea a los árabes como un grupo monolítico, cuando lo que tiene que hacer es darse cuenta de que todos somos individuos (126), uno de los mensajes implícitos en la obra.</p>
      <p>Pese a todo, y a que la apertura y la libertad que engendra la ciudad sean celebradas en una obra escrita por un urbanita hasta la médula, dicha apertura también es considerada como fuente de anomia y alienación, como se ha indicado, además de como caldo de cultivo de un tipo de violencia que es la ejercida contra los diferentes (especialmente los étnicamente diferentes). Y por otro lado no falta en la obra un cuestionamiento de esa apertura que puede ser practicada por algunos habitantes, como el protagonista, pero que resulta en términos genéricos más aparente que real. En efecto, existen en ella determinados pasajes que desmienten que tanto Nueva York como Bruselas sean ciudades del todo abiertas pues se alzan en ambas barreras que dificultan la igualdad de oportunidades y la consiguiente movilidad, así como la interacción entre las clases y los grupos étnicos distintos. Así por ejemplo, una de las razones del resentimiento y el desencanto crítico de Farouk con Europa es el hecho de que su tesis doctoral presentada en la universidad de Bruselas había sido suspendida con el pretexto de que era un plagio. Asimismo la novela abunda en pasajes que destacan la segregación espacial que divide a Nueva York en submundos sociales y culturales, como el barrio chino o Harlem, pese a que el protagonista se empeñe en cruzar esas demarcaciones territoriales y mezclarse con todas las clases, conversando desde con un profesor de universidad o una adinerada médico que conoce en el avión a Bruselas y con la que traba amistad hasta con un limpiabotas. La idea de ciudad como crisol que funde todas las diferencias o las amalgama, se desprende de esta obra, es más un mito que una realidad, algo en lo que el autor coincide con numerosos estudiosos de la ciudad global de nuestros días.</p>
    </sec>
    <sec id="sec3">
      <title>3. Recapitulación y conclusiones.</title>
      <p>En resumen, <italic>Ciudad abierta</italic> de Teju Cole es una novela que también contiene retazos de ensayo periodístico o sociohistórico, en la que las experiencias singulares de un individuo solitario con una identidad débil y elusiva en proceso permanente de definición se alternan con informes muy documentados sobre los lugares del espacio urbano con los que este se topa, así como sobre los protagonistas históricos a los que estos se hallan ligados. A dichos informes fruto de una esmerada documentación se añaden historias de vida de tipos humanos a la vez únicos y representativos sociológicamente que van compartiendo con el protagonista una narración aparentemente errática, pero dotada de claves que permiten captar cierto sentido unitario y de ideas, más sugeridas que expuestas, que ayudan al lector a interpretar el texto. En él el punto de vista subjetivo del personaje protagonista se ve contrapunteado por toda la información objetiva que se ofrece sobre las ciudades y su historia, por lo que se establece una dialéctica sujeto-objeto que es uno de los rasgos definitorios de una obra con un parecido indudable a las del novelista alemán mencionado W. G. Sebald.</p>
      <p>Siendo como es una novela urbana, explora el universo de una ciudad global característica, Nueva York y, en un segundo plano, de Bruselas, que representa a las ciudades globales europeas, en las que se dan cita las transformaciones generadas por lo que comúnmente se llama proceso de globalización, el cual incrementa la diversidad de grupos étnicos o nacionales que en ellas conviven así como impulsa la proliferación de individuos de identidad cruzada (o <italic>cross-cutting</italic>, según denominación de Daniel Bell (<xref ref-type="bibr" rid="ref-bell-1980">Bell, 1980</xref>)) que no pueden ser definidos de acuerdo con una sola pertenencia nacional o cultural, es decir, unívocamente. De ahí que ese hábitat abigarrado devenga un espacio internacional o, incluso, transnacional, en el que las identidades que allí se forman y transforman se desligan de sus fuentes tradicionales, a saber, la nación y el pueblo, como indica Patricia Yaeger <xref ref-type="bibr" rid="ref-yaeger-1996">(1996)</xref>, y adquiere una multiplicidad y dinamismo aún mayores que en otras etapas, por ejemplo cuando a Nueva York acudían sobre todo emigrantes de origen europeo. Ella trae consigo una relativización de la identidad; como señala la socióloga Marcela Gleizer, esta deja de ser percibida como la única posible: pasa a ser una entre otras posibles, sin certezas ni coordenadas claras (<xref ref-type="bibr" rid="ref-gleizer-1997">Gleizer, 1997: 40</xref>). Y también acarrea la necesidad por parte del sujeto, como explica a su vez Martucceli, de trabajar sobre sí mismo con los elementos más variados, cultural y socialmente heterogéneos, cuyo cemento está constituido por su propia individualidad (<xref ref-type="bibr" rid="ref-martuccelli-2007">Martuccelli, 2007:317</xref>).</p>
      <p>Esa mutación diagnosticada y analizada desde la literatura sociológica es precisamente la que da lugar al urbanita radiografiado por Cole que en gran medida es un autorretrato, ya que en él ha proyectado una parte de sus propias características y percepciones. Y este es una muestra de hasta qué punto ha cambiado la lógica de la identidad la cual, además de individualizarse y relativizarse, deja de basarse en la disyuntiva excluyente "o esto o lo otro" para regirse por la lógica inclusiva del "no solo sino también", por utilizar la distinción de Ulrich Beck, quien considera que esta última lógica se está imponiendo en el mundo globalizado de nuestros días (<xref ref-type="bibr" rid="ref-beck-2005">Beck, 2005</xref>). El precio que hay que pagar por dicha articulación dual (o triple o cuádruple) de la propia identidad es una menor seguridad y una mayor ambivalencia o indefinición, pero lo que deja ver el novelista no solo norteamericano sino también nigeriano en su obra tratada es que, como contrapartida, el nuevo ciudadano transcultural dispone de una gran libertad de elegir sus propias definiciones y afiliaciones y está dotado de un grado muy alto de cosmopolitismo –al menos entre los sectores sociales con mayor capital cultural- acompañado de una mayor tolerancia a la diversidad. Lo que está describiendo Cole con más luces que sombras es el proceso que Beck denomina "cosmopolitización de la conciencia", consecuencia del mencionado proceso globalizador (<xref ref-type="bibr" rid="ref-beck-2005">Beck, 2005</xref>).</p>
      <p>La obra se dirige, en suma, a diseccionar psicológicamente un tipo característico de ciudadano en expansión que se hall sumergido en un mundo en el que, como indica asimismo Wolfgang Welsch, la transculturalidad es la forma que tiende a tomar la cultura, la cual ahora menos que nunca se puede entender como una entidad bien delimitada, como una isla separada de otras. Pues transcultural es todo aquello que traspasa fronteras culturales clásicas y significa permeación, mezcla, interpenetración (<xref ref-type="bibr" rid="ref-welsch-1999">Welsch, 1999:197</xref>). En ese universo enramado el sujeto es cada vez más un híbrido cultural, como exemplifican escritores como Naipaul o Rushdie, que Welsch pone como modelos de la tendencia, a los que se puede añadir Teju Cole, quien, como otros muchos (el propio Maalouf antes citado), forma parte de ese subgrupo de escritores que cuenta con tantos representantes significativos en nuestros días, así como de una población cada vez más numerosa.</p>
      <p>Por supuesto, ese fenómeno no es algo nuevo: siempre ha habido sujetos cuya identidad estaba marcada por la intersección de distintas tradiciones culturales y por combinar pertenencias diversas. En la sociología clásica ya se analizaba ese tipo de ciudadanos que nadan entre dos aguas, que pertenecen a dos mundos a la vez, a los que el sociólogo urbano Robert Park llamaba hombres "marginales", como el judío, a quien veía como el primer ciudadano cosmopolita del mundo, o como el mulato de EUA, al que añadía el euroasiático. Estos hombres se caracterizaban, a su entender, por una inestabilidad espiritual, una autoconciencia intensificada, una inquietud y <italic>malaise</italic> además de por tener un <italic>self</italic> dividido (<xref ref-type="bibr" rid="ref-park-1928">Park, 1928: 893</xref>). Ese <italic>self</italic> dividido y hasta cuarteado es el que tiene el personaje de la novela objeto de estudio y, tal vez, su creador. Pero como se ha dicho antes esa condición ambivalente del que no es del todo un nativo pero tampoco del todo un extraño trae consigo la ventaja cognitiva de ver el mundo con mayor distancia y amplitud, como sostenía Bauman a propósito de los judíos, a quienes consideraba vanguardia de la cultura moderna. Aparte de que la condición de escritor trae consigo otra ventaja: la de tener en la escritura una suerte de patria y un soporte capital para la identidad. Como explica el escritor argentino residente en Barcelona Rodrigo Fresán: <italic>los escritores somos exiliados por naturaleza y por definición; extranjeros que, todos los días, regresamos a la patria del libro que estamos escribiendo</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="ref-fresan-2010">Fresán, 2010:81</xref>)</p>
      <p>Y a través de la escritura del libro ese escritor que manifiesta un tipo de extranjería peculiar ligada al oficio y, en casos como el que nos ocupa, a la mezcla nacional y cultural, deja de ser un ciudadano alienado de su entorno, la ciudad que habita, porque es capaz de cartografiarla configurando, como diría Fredrik Jameson, "mapas cognitivos" que le sirven para conocerla y orientarse en ella. Para Jameson de lo que se trata es de luchar contra la alienación urbana mediante esa cartografía mental que ayude a comprender la ciudad como una totalidad y sin desgajarla de su historia y su contexto (<xref ref-type="bibr" rid="ref-jameson-1991">Jameson, 1991</xref>). En la obra de Teju Cole, se hace patente un esfuerzo deliberado por elaborar, a partir de la observación y de la documentación minuciosa, mapas que cartografíen, si no la totalidad de la metrópolis, al menos fragmentos de la misma, a través de los cuales esta se vuelve inteligible, aunque sea de forma parcial y fragmentaria. En efecto, aunque la novela objeto de atención, al contrario que la novela decimonónica característica, no pretende ofrecer un cuadro coherente y completo de la realidad que recrea y se limita a iluminar algunos lugares y personas, además de relatar acontecimientos y describir procesos de conciencia, la impresión que el lector recibe no es de caos inconexo porque en ella se advierte un afán por encontrar los vínculos que unen los distintos retazos que componen la historia, una historia no lineal y sin final pero no desprovista de hilos conductors, como los que se han analizado, ni de espíritu investigador.</p>
      <p>Este último lo comparte Cole con los científicos sociales, por mucho que en la forma de manifestarse diffiera en aspectos sustantivos, como la mencionada falta de sistematicidad y precisión o el carácter ficticio de los personajes, los cuales, sin embargo, están concebidos a imagen y semejanza de tipos humanos reales y, en el caso del protagonista, a imagen y semejanza del propio autor. Pues no hay duda de que ambos (científicos y literatos), comparten esa característica perspectiva objetivadora frente a la realidad que nuestro autor reproduce en su novela, una perspectiva que, como se dijo en el primer apartado, se origina en la propia experiencia urbana y se intensifica por el hecho de ser aquel un escritor de identidad mixta que tiende a distanciarse aún más de un hábitat al que no pertenece orgánicamente, como sí lo hace el nativo. Peter L. Berger y Hansfried Kellner han desarrollado la idea de que el sociólogo, en virtud de su oficio de estudiar la sociedad objetivamente, como si de un observador externo se tratara, pese a pertenecer a ella, está dotado de una doble ciudadanía (<italic>dual citizenship</italic>) que le permite cambiar de registro según estudie un fenómeno como sociólogo (con su respectiva estructura de relevancias) o participe en él como ciudadano (<xref ref-type="bibr" rid="ref-berger-1985">Berger, Kellner, 1985</xref>).</p>
      <p>Pues bien, esa doble ciudadanía es la que ilustra Teju Cole, quien se desdobla en observador o estudioso de la urbe y sus habitantes y en actor participante del fenómeno estudiado. Por ello, entre otras cosas, su novela es susceptible de ser estudiada, como se ha sostenido, como documento de interés sociológico que contribuye a la comprensión de hechos sociales y psicológicos ligados a la ciudad así como al diagnóstico de las tendencias y corrientes que la atraviesan y que derivan, por insistir por última vez en este punto, del proceso de globalización que se manifiesta con especial intensidad en las grandes urbes y que produce un nuevo tipo de ciudadano. Tal vez dicho urbanita pueda ser etiquetado como extraño y percibido como una amenaza porque desafía las clasificaciones puras de identidad etno-nacional, pero como su número está creciendo exponencialmente es previsible que deje de ser considerado una anomalía y que paulatinamente se vaya normalizando socialmente. Al fin y al cabo, como señala el mencionado Ulrich Beck, en un mundo móvil, o bien no hay extraños o todos lo son (<xref ref-type="bibr" rid="ref-beck-2007">Beck, 2007</xref>). Y lo que es indudable es que la ciudad constituye el entorno más propicio para que esos ciudadanos puedan ser aceptados o, al menos, tolerados, y que puedan encontrar en ella una suerte de hogar en el que encontrar arraigo, como el protagonista de la novela tratada.</p>
    </sec>
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        <label>1</label>
        <p>1. Las citas en castellano del libro son traducción a partir de la versión original inglesa.</p>
      </fn>
      <fn id="fn-2">
        <label>2</label>
        <p>2. La relación entre identidad híbrida y cosmopolitismo la abordo pormenorizadamente en el artículo "El fin de las identidades unívocas. Cosmopolitización e hibridación de la identidad a través de una caso histórico: los judíos centroeuropeos de la primera mitad del siglo XX" (2012).</p>
      </fn>
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