1. Introducción: Ciclos productivos y modelos de desarrollo1.
De acuerdo con Soja (2008) es posible seguir, y son de interés geohistórico, los ciclos económicos y culturales "cada vez más globalizados del desarrollo capitalista y de la interacción entre la modernización y el modernismo" (p. 168). Agregando que es posible establecer grandes ciclos que inician a mediados del siglo XIX y cuya duración se prolonga por medio siglo, donde se intercalan etapas de auge, aceleración y desaceleración del crecimiento económico, crisis sociales que representan "tiempos de experimentación, redirección y cambio inusualmente turbulentos cuando (…) las prácticas económicas, políticas y culturales que se encuentran profundamente arraigadas son selectivamente deconstruidas y reconstituidas de nuevos y diferentes modos." (Soja, 2008, p. 169). La historia de Chile durante el siglo XX fue expresión de esa síntesis, marcada por lo que los historiadores han llamado el modelo de crecimiento hacia afuera (ca. 1879-1939), el modelo de desarrollo hacia dentro2 (1939-1973) y la revolución neoliberal (Salazar & Pinto, 2012; Fermandois, 2015), que impuso la Dictadura Cívico-Militar (1973-1990). Cada modelo generó impactos profundos en la sociedad chilena, que vio mutar no sólo sus formas de vida, sino también vio impactado y transformado su territorio producto de procesos que adquirieron fuerza durante el siglo XX, entre ellos, los de urbanización, industrialización y desindustrialización.
En el extremo sur del país, la Región de Magallanes y Antártica Chilena no escapó a procesos estructurantes y re-estructurantes producto de una organización más consistente de su espacio geográfico, de la implantación de actividades económicas relevantes que, por su extensión y penetración, continúan siendo objeto de investigaciones e interpretaciones en diferentes campos disciplinares (Bascopé, 2018; Harambour, 2019; Urbina & Pimentel, 2020; Bonomo et al., 2021; Matus & Cvitanic, 2022; Menard & Aguilera, 2022). En parte, porque el siglo XX magallánico atravesó por dos grandes ciclos productivos que se han entendido como los vectores relevantes y ejes de su economía. Un primer ciclo dominado por actividades ganaderas, que habían comenzado a emerger a fines del siglo XIX, y un segundo ciclo basado en el descubrimiento de hidrocarburos, caracterizado por hacer de la extracción de petróleo y gas un proyecto de envergadura nacional (Puga, 1964; Jofré, 1995) con efecto internacional (ENAP, 1992; Agostini & Saavedra, 2009).
Si el primer ciclo fue una expresión concreta del modelo de crecimiento hacia afuera, el segundo ciclo participó de la concretización tanto del modelo hacia dentro como de la revolución neoliberal. En ese marco, hemos partido de la idea que la creación de la Empresa Nacional del Petróleo (ENAP), destinada esencialmente a vehicular la industria de los hidrocarburos y sus derivados, fue una estrategia clave que permite ilustrar las características que adquirió el desarrollo y la modernización del país, y a la vez comprender procesos complejos de organización de espacios industriales localizados en diferentes regiones de Chile. De manera más específica, y es lo que nos ha interesado demostrar, es que la ENAP en Magallanes logró estructurar a través de sus infraestructuras, terminales y campamentos la ocupación del espacio littoral, pero sobre todo consiguió reforzar el rol del estrecho de Magallanes como un área de comunicación primero y explotación después; lo que no habría sido posible si no se hubiesen establecido condiciones políticas, sociales y económicas de producción de ese espacio que se explican y detallan en la primera parte del artículo. El proceso de implantación implicó una forma de ocupación del espacio magallánico y en particular del espacio littoral que se explica en una segunda parte, que enfatiza la génesis y desarrollo de las implantaciones petroleras y el rol que tuvieron los enclaves productivos litorales en Magallanes.
2. Emergencia del Estado desarrollista en Chile y creación de la CORFO.
En Chile, el desarrollo de la industria de los hidrocarburos no sólo coincide con la emergencia del Estado desarrollista (Eslava, 2019; García, 2020), Estado empresario (de Ramón, 2023) o Estado de compromiso (Riquelme & Fernández, 2015) entre las décadas de 1940 y 1970, sino que fue una de sus consecuencias. Siguiendo a Eslava (2019), el Estado desarrollista ha sido caracterizado académicamente en función de una estrategia de planeamiento que buscó un alto rendimiento económico y se le ha inscrito históricamente en el largo derrotero del proyecto de modernidad que hizo del "control territorial, la facilitación del transporte y la circulación de personas y bienes, el establecimiento de ejércitos y burocracias nacionales, y el nacimiento de discursos sobre educación y salud pública" (Eslava, 2019, p. 29) sus ejes privilegiados de reflexión y acción. En América Latina, el Estado desarrollista se vio reforzado después de la Segunda Guerra Mundial principalmente en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay (Bulmer-Thomas, 2017; Eslava, 2019; García, 2020), viéndose intensificado a partir de la década de 1950 por la coyuntura política, por el surgimiento de instituciones internacionales nacidas la década anterior, como el Fondo Monetario Internacional (FMI, de 1944); el Banco Mundial (BM, de 1944); Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL, de 1948); y por la sofisticación de mediciones con énfasis en dimensiones cuantitativas asociadas al crecimiento económico, como el producto interno bruto (PIB).
Si para García (2020) es posible establecer lecturas hermenéuticas del desarrollismo latinoamericano a partir de sus componentes comunes, tales como "el nacionalismo, la presencia de capital extranjero, el rol planificador del Estado desarrollista y la confianza en mayor o menor medida del mercado" (p. 12), para Bresser-Pereira es posible establecer modelos observando procesos históricos desde la Revolución Industrial (Bresser-Pereira, 2017) y recurrir al aumento y descenso de la productividad y de los salarios como factores analíticos determinantes (Ibid., 2019). Diversos economistas e historiadores concuerdan en que el Estado de compromiso estableció un modelo de desarrollo hacia dentro de los países, posible de contrastar con una fase de desarrollo hacia afuera, que había entrado en crisis entre las décadas de 1920 y 1930, poniendo fin a un modelo basado preferentemente en la exportación y que otrora había permitido a las economías latinoamericanas integrarse a los mercados mundiales (Sunkel & Paz, 1973; Bulmer-Thomas, 2017).
Para hacer efectivo al Estado desarrollista, los países latinoamericanos hicieron converger fuerzas políticas y sociales, además movilizaron a profesionales y técnicos proclives a la emergencia de una institucionalidad estatal más presente en la planificación de su economía, activo en el advenimiento de una industria nacional y comprometido con la introducción de una industrialización por sustitución de importaciones (ISI). Más tarde, y a fin de consolidarse, se beneficiaron de los aportes doctrinarios y teóricos de los economistas de la CEPAL, establecida en Chile, la que, siguiendo a Iglesias (1983):
(…) cuando se abocó al tema industrial lo hizo pensando en el sector como instrumento de canalización del progreso técnico, como forma de resolver los problemas emergentes del nuevo empleo urbano y como forma de introducir el tema de la expansión externa de América latina, pero también lo hizo como instrumento de transformación social de la región e incluso de su cambio político (p. 7).
Y es que la crisis del modelo hacia afuera fue también una crisis del paradigma liberal (Medina, 2015) detonada por altas tasas de desocupación del sector exportador, contracción del gasto fiscal y disminución de los ingresos, que afectaron al comercio y los servicios. La economía chilena hasta la década de 1930 había compensado la dependencia de los ingresos de la industria del salitre, arruinada tras la Primera Guerra Mundial, con el desarrollo de la explotación cuprífera de capitales norteamericanos. El país por lo demás se había visto favorecido desde el fin de la Guerra del Pacífico (1879-1874) por la introducción de tecnologías, el desarrollo de infraestructuras portuarias y ferroviarias ligadas a la ocupación de territorios en el norte y sur del país y la necesidad de robustecer la circulación de productos tanto agrícolas como manufacturados derivados de una industrialización temprana. Autores han analizado el inicio de esa industrialización y transición al capitalismo durante el siglo XIX (Ortega, 2018) y demostrado que existió un desarrollo manufacturero gestado tempranamente y una etapa sustitutiva de importaciones incipiente, que se consolidó a partir de la década de 1930 (Palma, 1984), mientras su relevancia territorial y urbana hacia el sur y extremo sur del país ha sido más recientemente puesta en valor (Garcés et al., 2013; Brito et al., 2018; Matus & Cvitanic, 2022).
En su dimensión económica, la crisis de 1929 signific2ó un descenso brusco del valor de las exportaciones, impactó negativamente la mecanización de las actividades productivas y la incipiente diversificación de tecnologías, afectó el empleo en estratos profesionales y urbanos, hizo mutar la tenencia de la tierra, afectando al campesinado y la estructura rural, agravándose la situación al aplicarse medidas proteccionistas en Estados Unidos e interrumpirse la inversión extranjera (de Ramón et al., 2001; Malamud, 2006). En su dimensión política, "Serán años de experimentación, de fermentación social y de ideas, de golpes políticos populares y castrenses, de la irrupción de nuevos modelos ideológicos que marcarán un hito importante del período: corporativismo y socialismo" (Medina, 2015, p. 165) y que buscarán establecer propuestas al país hasta la modernización. Con todo, al finalizar el gobierno del presidente Arturo Alessandri Palma (1932-1938) se habían establecido suficientes medidas para dinamizar la economía y dar forma a un Estado más robusto mediando la creación de diversas instituciones3, permitiendo que
Luego de la crisis las diferentes administraciones implementaron una serie de medidas que impulsaron el desarrollo industrial con la idea de favorecer el proceso de sustitución de importaciones (ISI) y conjurar con ello las dificultades a las que se enfrentaban (Medina, 2015, p. 175).
En una dimensión doctrinaria, "los países [latinoamericanos] necesitaban con urgencia una nueva racionalidad económica para reemplazar la vieja ortodoxia decimonónica del libre comercio (…)" (Muñoz, 1991, p. 322), facilitando la introducción tanto de un pensamiento keynesiano (Sunkel & Paz, 1973) como de una doctrina de la industrialización que en esencia fue percibida como "el camino más directo para aumentar la disponibilidad de bienes manufacturados y el bienestar de la población (…)" (Muñoz, 1991. p. 322). El modelo hacia adentro, que se inició con el triunfo del Frente Popular (1938) y la presidencia de Pedro Aguirre Cerda (1938-1941) se fundó sobre la base de la creación y protección de las industrias manufactureras nacionales (Sunkel & Paz, 1973, Bulmer-Thomas, 2017), la introducción de tecnología e innovaciones extranjeras, la creación o reforma de instituciones y empresas de propiedad de un Estado (Bresser-Pereira, 2019) que comenzó a adquirir un fuerte compromiso con el gasto social y la ampliación de su atención social; con la organización de incentivos fiscales, tributarios y crediticios a sectores claves de la economía y de la actividad productiva; con la ampliación de infraestructuras y equipamientos dispuestos e implantados estratégicamente en el territorio.
Emancipador, el modelo de desarrollo hacia dentro debía permitir, a través de la industrialización, la "independencia económica y la soberanía de los Estados" (Muñoz, 1991, p. 323), al mismo tiempo auguraba "nuevas oportunidades de movilidad social, modernización y urbanización" (ibid.). En Chile, la elección de Aguirre Cerda vehiculó ese anhelo democratizador4, que en materias económicas prometía no sólo incrementos de la producción de los sectores agrícolas, industriales y comerciales, sino también una distribución más justa y equitativa, accompagnée de medidas de perfeccionamiento de la legislación laboral, sindical, y sanitaria que se había sintetizado en campaña a través del lema "Pan, techo y abrigo" (Vitale, 2011; Riquelme & Fernández, 2015). Si bien el Estado desarrollista chileno había comenzado a gestarse en la década de 1930, tomó forma institucionalizada y tecnocrática a partir de la década siguiente esencialmente debido a la creación en 1939, y por medio de una sola ley, de la Corporación de Reconstrucción y Auxilio y de la Corporación de Fomento de la Producción (Ministerio de Hacienda, 1939). La primera, tras el terremoto ocurrido en enero de 1939 en la ciudad de Chillán, estuvo fundamentalmente encargada de formular el plan general de reconstrucción de la zona devastada, establecer la zona de aplicación de la ley, determinar las ciudades y pueblos a reconstruir, proveer de créditos tanto a los damnificados por el terremoto, como a agricultores, industriales y comerciantes a fin de rehabilitar sus medios de producción y servicios. El área destruida por el terremoto se extendió por parte del centro sur de Chile, entre las provincias de Maule y Concepción, obligando al Gobierno a proveer no sólo herramientas para la reconstrucción en zonas urbanas y rurales, sino también para la industrialización y creación de sectores productivos inexistentes o escasamente desarrollados. Para ello, inteligentemente, se incluyó en la ley la creación de la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO), que el Gobierno de Aguirre Cerda buscaba aprobar desde antes del sismo, pero sin éxito (de Ramón, 2023; Nazer, 2016; Cavarozzi, 2017).
La creación de la CORFO supuso5 hacer de la sustitución de importaciones "una política deliberada de Estado, en la que la industrialización pasaba a ser un motor reconocido y declarado de las aspiraciones nacionales de desarrollo" (Salazar & Pinto, 2012: p. 141). La CORFO lideró la adopción e implementación paulatina del modelo de desarrollo hacia dentro por el que según Vitale (2011):
Las empresas industriales se vieron favorecidas con nuevos créditos, avales y asesoría técnica. El Estado intervino activamente en favor de la industria, otorgando subvenciones y rebaja a los derechos de importación de maquinaria. De este modo, el Frente Popular favoreció el proceso de acumulación capitalista de la emergente burguesía industrial (p. 544).
La estructura orgánica de la CORFO6 se mantuvo inalterable hasta las modificaciones realizadas durante el gobierno de Jorge Alessandri Rodríguez7 (1958-1964), descontento con el exceso de atribuciones de la Corporación e interesado en introducir reformas en el modelo del Estado desarrollista. En Magallanes, sin embargo, la labor de la CORFO en pro de la exploración del petróleo y la puesta en marcha de una empresa estatal que creara la industria ya había sido efectuada (fig. 1).
3. Estrategias de ocupación littoral en Magallanes.
3.1. Emergencia del proceso de ocupación littoral en Magallanes.
En su calidad de canal interoceánico el estrecho de Magallanes沟通ó, desde la travesía de circunnavegación realizada por Hernando de Magallanes, no sólo un espacio altamente transitado entre océanos, mares, canales (Aguilera et al., 2022) y continentes operativamente y simbólicamente más amplios (Onetto, 2017); sino también se transformó en un espacio geopolítico, de estudio, laboratorio de ciencias nacientes, medición e intercambios (Onetto, 2017; Aldunate, 2020; Zuleta, 2022; González, 2023). Sin éxito, el Imperio Español trató de poblarlo y defenderlo de potencias extranjeras a partir de un proyecto comandado por Pedro Sarmiento de Gamboa, quien logró fundar, de manera efímera, dos ciudades, Nombre de Jesús (1584), y Rey don Felipe (1584-1587) (Urbina, 2021), las que fueron rápidamente abandonadas sin que se les volviera a poblar. El olvido de la ciudad Rey don Felipe designada prontamente como Puerto de Hambre (Sánchez, 1997), sumo al descubrimiento del cabo de Hornos, hicieron del paso y sus litorales, bien que estratégicos, un territorio de escaso interés político y comercial (Braun, 1997).
A mediados del siglo XIX, y finalizados la Revolución Independentista en Chile y los esfuerzos por consolidar la República, el gobierno del presidente Manuel Bulnes (1841-1851) encargó informes sobre la región magallánica a fin de tomar posesión del Estrecho y de poblar la región. Con ese fin se construyó el Fuerte Bulnes en 1843, piedra angular de la primera estrategia chilena desplegada para ocupar el Estrecho y estimular el poblamiento del extremo sur del país que, de acuerdo a la Constitución de 1822, se encontraba integrado al territorio nacional8.
Levantado en un paraje inhóspito y sobre un peñón, el Fuerte Bulnes fue abandonado en beneficio de un nuevo asentamiento, Punta Arenas, que se comenzó a formar en 1848, más al norte y cercano al río de las Minas y a una rada cercana a Punta Arenosa. A ese título, ambos asentamientos fueron una de las tres operaciones de naturaleza estratégica "que van a configurar territorios de explotación, territorios de articulación entre el mar y la tierra, y un territorio privilegiado de comunicación" (Matus & Cvitanic, 2021).
El primero de los ciclos industriales en la región austral, el ganadero, ha sido analizado en función de sus impactos económicos, sociales, espaciales y arquitectónicos (Benavides et al., 1999; Martinic, 2006; Garcés et al., 2013; Cvitanic et al., 2018; Matus & Cvitanic, 2021). Iniciado entre las décadas de 1870 y 1880 producto de la introducción de ganado ovino, se reveló particularmente exitoso como rubro económicamente rentable. La actividad se organiz3ó a partir de una ocupación en extensión de las planicies de la Patagonia y del archipiélago de Tierra del Fuego a través de concesiones del Fisco de Chile, adquisiciones y fusiones que configuraron rápidamente un tejido de grandes estancias9, "donde la crianza en su forma más tecnificada comenzó a generalizarse paulatinamente, una vez que arribaron los primeros inmigrantes escoceses contratados para servir como mayordomos, capataces u ovejeros (…)" (Martinic, 2006: p. 665). A partir de la década de 1890 convergieron grandes capitales extranjeros que se articularon para abastecer el mercado mundial a partir de la explotación de materia prima, entre ellas The Tierra del Fuego Sheep Farming Company, de 1890, The Pillip Bay Sheep Farming Company, de 1892, y la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, de 1893, que marcan la ocupación de la Patagonia y terminan por hacer efectiva la ocupación de la Isla Grande de Tierra del Fuego (Martinic, 2013).
En una primera etapa, "Teniendo al Estrecho como elemento vinculante, los distintos establecimientos que surgían, todos próximos a las costas, mostraban un movimiento incesante: las embarcaciones corrían entre ellos y Punta Arenas transportando trabajadores y pobladores, animales y las cargas más variadas (…)" (Martinic, 2006: p. 671). Otrora diferentes Gobernadores de Magallanes habían buscado con mayor o menor éxito consolidar la ocupación del littoral en su borde continental,-promoviendo actividades forestales y ganaderas, sin que otros asentamientos de relevancia surgieran en las costas del Estrecho. Aun así, hacia el sur de la ciudad de Punta Arenas surgieron caseríos en Agua Fresca (1868) y se desarrollaron actividades forestales en río de los Ciervos (1868), Leñadura (1868), punta Carrera (1881), río San Juan (1895), mientras hacia el norte de la ciudad se levantaron los aserraderos de Tres Puentes (ca. 1885) y Río Seco (1889) (Martinic, 1977; Martinic, 2006). Durante el siglo XIX la caza de lobos marinos fue una de las primeras actividades extractivitas y de fuerte impacto en la fauna, pero sin relevancia en la ocupación del espacio, mientras que durante el siglo XX se dio inicio a la caza de ballenas que de manera temporal estuvo implantada al sur de Punta Arenas, en bahía El Águila, donde instaló sus faenas la Sociedad Ballenera de Magallanes entre 1905 y 1916 (Sepúlveda, 1997; Quiroz, 2011).
Al tomar fuerza la ganadería y sus actividades complementarias, las primeras estancias, en ausencia de redes y de un mercado interno para el consumo de los productos aprovecharon justamente al Estrecho como ruta de comunicación que, por otra parte, y también a fines del siglo XIX había visto crecer y dinamizarse gracias al paso de buques a vapor. También durante el fin de siglo surgió en la Isla Grande de Tierra del Fuego el poblado de Porvenir (1898), principalmente debido al descubrimiento de oro en el archipiélago. Avanzado el siglo, mientras la actividad aurífera se reveló efímera, la incidencia de Porvenir en la planificación de la industria de los hidrocarburos fue nula (fig. 2).
El declive del latifundio ganadero comenzó a partir de la década de 1930, en parte afectado por el descenso en los precios de sus productos (Brito, 2022), y se consolidó durante la década de 1950, no sin antes incorporar en su actividad económica una industria frigorífica y conservera que privilegió la ocupación de dos bordes costeros, en el seno Almirantazgo10, en la provincia de Última Esperanza, y en el littoral continental del Estrecho por medio de la construcción de los complejos de Río Seco en 1905, cerrado en 1963; Puerto Sara en 1908 y cerrado en 1954; y Tres Puentes en 1923 y cerrado 1970 (Benavides et al., 1999; Cvitanic & Matus, 2018b). Es en ese arco temporal precisamente en que comienza el auge del petróleo y el gas, los que definieron el nuevo ciclo productivo (Martinic, 2013; Matus, 2022).
3.2. La Empresa Nacional del Petróleo y la ocupación del littoral del Estrecho.
El espacio industrial de la actividad petrolera debió crearse ex-nihilo y fue posibilitada primero por conjunción de factores políticos e institucionales. Una primera causa política fue la serie de ajustes que se produjeron desde la década 1910 hasta la década de 1930. Una segunda causa correspondió a la puesta a punto de una legislación y textos normativos que establecieron un marco jurídico que garantizó para el Estado de Chile el dominio de los hidrocarburos a partir de 193111 (Cvitanic & Matus, 2018a) y que antecedió a la creación de la CORFO. El cuerpo legal sólo vio la luz tras una década de fuertes debates legislativos cuyo eje fue el régimen de propiedad de los yacimientos aún sin descubrirse y que había llevado a la promulgación de una serie de leyes desde la década de 1920 que dan cuenta de un proceso lento y dubitativo. No pudo ser de otra manera, puesto que en el modelo de crecimiento hacia afuera por una parte se debía asegurar el rol hegemónico asignado a los exportadores de bienes primarios y, por otra, una parte de la clase política consideraba a las instituciones estatales carentes de experiencia, que en contraste si tenían la minería del carbón, del salitre y del cobre, lo que generó tensiones entre las visiones proclives a promover la iniciativa privada y aquellas que optaban por entregar más herramientas al Estado, cuestión que para 1939 ya se encontraba zanjada.
La creación de la CORFO, sin embargo, no aceleró de súbito ni los estudios geológicos y geofísicos en Magallanes ni la perforación, pues recién en agosto de 1942 se autorizó una primera inversión destinada a contratar en Estados Unidos a seis geólogos para la realización de estudios definitivos, mientras que en 1943 se dictaron los decrees que le asignaron responsabilidad y amplia disponibilidad presupuestaria (…) (p. 19).
Labores de alta complejidad se extendieron por la península de Brunswick y se desplazaron hacia el sector de Cerro Manantiales, en la Isla Grande de Tierra del Fuego, donde se descubrió petróleo el 29 de diciembre de 194512. Institucionalmente la CORFO, que había asegurado las labores de exploración, quedó mandatada para realizar su explotación a partir de 1946 (Wenzel, 1962), pudo crear el Servio del Petróleo a partir de 1948 (CORFO, 1948) y finalmente crear la ENAP en 195013, que vino a refrendar "las políticas públicas anteriores al fijar para el Estado chileno la propiedad absoluta, inalienable e imprescriptible de los yacimientos de petróleo en cualquier terreno que se encontraran" (Cvitanic & Matus, 2018a: p. 20).
Descubierto el petróleo y verificado su potencial comercial, la CORFO se abocó a consolidar su posición en Cerro Manantiales y desarrolló la primera política de organización del espacio industrial de los hidrocarburos en Chile. Lo hizo sobre la base del modelo de desarrollo hacia dentro y sobre un consolidado espacio ganadero que se había construido de acuerdo al perfil del modelo de crecimiento hacia afuera. En ese marco, la CORFO, en Tierra del Fuego, se adaptó a las redes viales existentes, debiendo crear otras conforme avanzaba su exploración. Pero, cuestión más crítica aún, debió buscar en el littoral del Estrecho lugares donde emplazar su infraestructura marítima, clave no sólo para actuar de bisagra entre el área del archipiélago y el continente, sino, y sobre todo para concretizar a mediano y largo plazo el modelo de desarrollo propuesto por el Frente Popular y que, pese a las dificultades para consensuarlo, para 1945 ya era largamente aceptado.
En este sentido, las localizaciones en el Estrecho eran una clave para hacer más eficiente todas las operaciones de la industria: la exploración14 y la extracción, que para extenderse requería la llegada de maquinaria pesada y de grandes dimensiones; el transporte y el almacenamiento, que requería de puntos de embarque, terminales terrestres y terminales marítimos; la distribución y la transformación; que, al margen de los requerimientos técnicos, necesitaba ser zanjada en términos políticos. En este sentido, la confección de productos derivados capaces de articularse con otras actividades industriales, como la química, y la introducción y ventas de esos derivados en consumidores internos era un eje esencial del cambio de modelo económico, y excedía toda discusión interna en la CORFO, debido a los impactos políticos que cualquier decisión podía traer y a la necesidad de articularse con políticas públicas y coordinarse en plazos largos con otros servicios públicos y Ministerios.
Por otra parte, la CORFO no pudo contar con mano de obra especializada, debido a la ausencia de saberes locales sobre la industria de los hidrocarburos, tampoco contó con mano de obra concentrada en pueblos o caseríos, puesto que la ganadería en extensión no los había generado, en parte por el escaso interés de la industria extractivista por estimularlos, en el marco económico en que se generó y desarrolló, pero también por la fuerte temporalidad a la que están sujetas las actividades ganaderas ovinas15. Es por ello que la CORFO debió planificar junto con los emplazamientos de las actividades extractivas la localización de la mano de obra a través de la construcción de campamentos, en ellos la fuerza de trabajo rotaba entre tiempos de trabajo variables en la Isla y tiempos de descanso preferentemente en Punta Arenas. Un último elemento por planificar consistió en determinar dónde establecerse en el área continental, optándose por construir un edificio en altura en el centro de la ciudad, frente a la Plaza de Armas, y construir oficinas y laboratorios, además de talleres y un área de bodegaje para las faenas, donde ya existían actividades similares y productivas, entre ellas el frigorífico de Tres Puentes, en el sector homónimo en la periferia norte de la ciudad (fig. 3).
El derrotero que llevó a la constitución de un espacio industrial es conocido. En una aproximación descriptiva y cronológica ha sido abordado por Martinic (1993) y Fugellie (1995) y una dimensión interpretativa ha sido propuesta por Martinic (2013), y por Garcés (2013) para lo ocurrido en Tierra del Fuego. En tanto, más recientemente, al analizar la génesis y desarrollo de los campamentos ubicados en la Isla Grande de Tierra del Fuego, Cvitanic & Matus (2018a) establecieron una cronología preliminar que permite comprender las etapas de la implantación de la industria de los hidrocarburos enfatizando el rol que tuvieron los enclaves residenciales. Así, han indicado que de 1943 a 1951 se extendió un período que va de la exploración y los descubrimientos a una primera planificación territorial; de 1952 a 1956 se verificó la implantación de las actividades productivas y la creación de los primeros campamentos petroleros; mientras que de 1957 a 1962 se intensificó la estructura productiva y se consolidó una red de campamentos (Cvitanic & Matus, 2018a).
En 1950, al crearse la ENAP, la CORFO en Magallanes ya había realizado las primeras obras en el terminal marítimo de Clarencia16, lo que determinó una primera dislocación de las actividades industriales en Tierra del Fuego, desplazándolas hacia el littoral en la bahía Gente Grande. Se complementaron con la construcción y puesta en operación del terminal marítimo de Percy en 1956, que se transformó en punto de acceso para los insumos y materiales de la industria petrolera, en reemplazo de Punta Espora, y se reforzó con su ampliación en 1957 y luego en 1968 a fin de embarcar gas. El rol del terminal marítimo de Clarencia fue esencial para dar inicio a la exportación de petróleo crudo, que se materializó a partir de una serie de contratos realizados entre la CORFO y la empresa estatal uruguaya Administración Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland (ANCAP) y luego con ENAP (ENAP, 1951), que se extendieron entre febrero de 1950 y 1954 (ENAP, 1955), finalizando una vez que se construyeron y fueron puestos en operación el terminal marítimo de Quintero y la Refinería localizada en la ciudad de Concón17, operativos desde 1954.
Las obras de Quintero y Concón concretizaron la ruptura entre el modelo de crecimiento hacia afuera, dependiente de las ventas a Uruguay, y el modelo de desarrollo hacia dentro, dependiente de la infraestructura nacional, pese a que la primera planta para tratar el petróleo crudo había sido construida por la ENAP en Manantiales en 1952. En una perspectiva sociopolítica, la existencia de una refinería en Magallanes y otra en el centro del país permite medir bien la relevancia del factor político en la toma de decisión y el interés del gobierno por darle viabilidad y visibilidad a la industria sustitutiva. No en vano, se recurrirá a lo largo del tiempo a documentalistas, photographers y dibujantes18 para difundir los esfuerzos del Estado y de la empresa petrolera destinados a ilustrar memorias, balances, boletines internos y folletos. Más aún, al margen de la factibilidad técnica y económica, los tensos debates que durante 1948 habían antecedido la construcción de las plantas y que habían enfrentado al gobierno central, a las autoridades locales y a la sociedad civil en Punta Arenas, testimonian la necesidad por dar cumplimiento a las promesas de modernización e industrialización del país por parte del Frente Popular (Cvitanic & Matus, 2018a).
En una perspectiva económica, debido al incremento de la producción, las proyecciones de la exploración y a las obras realizadas, la ENAP se encontró desde 1955 en condiciones de dejar de percibir aportes estatales para su funcionamiento, cubrir gastos a partir de la venta de sus productos refinados (ENAP, 1955) y ejecutar una serie de inversiones que dieron continuidad a las implantaciones en el littoral del Estrecho por el borde continental. Con ese fin, se adquirieron los terrenos ocupados por el frigorífico Sara, parcialmente desmantelado, y en ellos, a partir de 1959 se inició la construcción del terminal marítimo de Gregorio, que aprovechó parte de las edificaciones de la industria ganadera. De manera más precisa, Gregorio tuvo como propósito inicial facilitar el embarque del petróleo producido por los yacimientos continentales descubiertos en Punta Delgada (ENAP, 1960), reservándose superficies para un crecimiento posterior (fig. 4).
Pese a todo, entre mediados de las décadas de 1950 y 1960, la ENAP no concentró sus esfuerzos en el littoral del Estrecho, sino hacia el interior de Tierra del Fuego, construyendo los campamentos de Cerro Sombrero en 1958 y la planta de gasolina Cullen en 1962 como ejes de sus actividades en la isla. En la zona central, se decidió la construcción de una nueva refinería en la intercomuna de Concepción-Talcahuano capaz de abastecer el crecimiento sostenido de un área industrial y consumidora de combustibles refinados que, sumadas a diferentes terminales e infraestructuras terrestres en el país, consolidaron a la empresa como un actor relevante del proceso de industrialización19 (fig. 5).
Tras una década, y mientras se iniciaba el declive de producción de los pozos en Tierra del Fuego, se activaron proyectos de construcción en Cabo Negro, de ampliación en Posesión y se disposeó la ejecución del proyecto Costafuera, los que no sólo desplazaron las actividades nuevamente hacia el littoral continental del Estrecho, sino que transformaron al canal en lugar de producción al desplegarse las plataformas petroleras hacia su Boca Oriental (fig. 6). Cabo Negro, particularmente favorable como puerto por la profundidad de sus aguas, protección contra vientos y corrientes marinas, se adquirió en 1968 a la Corporación de Reforma Agraria (CORA) que disponía del predio de la antigua estancia ganadera Pecket y localizó en parte de él una planta de gasolina natural, propano y butano, un complejo petroquímico y un puerto de embarque a fin de distribuir hacia el norte los productos elaborados (fig. 7).
El rol productor y portuario del terminal marítimo Cabo Negro quedó reforzado al quedar comunicado con la planta ubicada en Posesión a través de un poliducto. Posesión por su parte, sin ubicarse en el littoral, emergió lentamente, primero como un área destinada a la explotación de yacimientos continentales (Fugellie, 1995), creció al concentrar plantas para el procesamiento de gas a inicio de la década de 1960 y al convertirse en centro logístico del proyecto Costafuera en la década siguiente. Destinado a aprovechar los yacimientos del fondo marino del Estrecho, el proyecto Costafuera, debió considerar la habilitación en el borde costero de una maestranza en bahía Laredo compuesta por un espigón de atraque, por naves para prefabricar estructuras y materiales para sus obras en el mar, patios para montar instalaciones, además de talleres y laboratorios (Cvitanic & Ambrosetti, 2022) (fig. 8).
Frente al aumento de la producción, se amplió la capacidad de almacenaje y producción en Gregorio, donde, desde 1980, se implantó una refinería que reemplazó por lo demás a la construida en Manantiales, desmantelada en la segunda mitad de la década de 1970. Gregorio se vio además beneficiado con la ampliación de su capacidad contenedora y articuladora gracias a la construcción de un nuevo muelle.
De acuerdo a las funciones y roles que tuvieron a través de la historia, es posible advertir que los diferentes enclaves de la industria del petróleo reuniron en algunos casos actividades exclusivas, pero la mayor parte presentó infraestructuras de extracción, de producción, de almacenaje, además de instalaciones para el transporte de hidrocarburos. En los enclaves la función residencial también estuvo presente, en un espacio industrial sin fuerza de trabajo cercana, cuestión que debió ser abordada tempranamente por la ENAP, optándose a inicios de la década de 1950 por fijar a la mano de obra en lugares claves de la producción de manera permanente y en compañía de sus familias, sin abandonar los sistemas de roles, por turnos prolongados (Cvitanic & Matus, 2019), o de instalaciones móviles. Para ello se crearon a través del tiempo diversos campamentos de diferente envergadura, planificados con servicios complementarios destinados al uso tanto de las familias como de los trabajadores, emergiendo, principalmente en Tierra del Fuego una serie de equipamientos que complementaron el espacio del trabajo industrial. Manantiales, Cerro Sombrero, Cullen, Puerto Percy y Posesión figuraron como los enclaves donde se concentró la mayor parte de los equipamientos, dada su lejanía con centros poblados equipados (fig. 9). Si se toma el área littoral, Puerto Percy y el campamento de Gregorio, si bien discretos, fueron los de mayor tamaño, mientras que Clarencia sólo albergó a algunas familias. Contrariamente, hacia el interior de Tierra del Fuego se localizaron los campamentos de mayor tamaño, los más y mejor equipados, Manantiales, Cerro Sombrero y Cullen. Por su parte, hacia el sector continental Posesión, retirado de la costa, fue el de mayor envergadura, más poblado y también mejor equipado. La política de fijar in situ a las familias y a los trabajadores en campamentos fue abandonada de manera progresiva durante la década de 1980, iniciándose el cierre de las instalaciones en Tierra del Fuego, primero Manantiales, luego, Puerto Percy y Clarencia.
4.- Reflexiones finales.
El desarrollo de actividades productivas del petróleo y gas no habría sido posible si tanto la CORFO como la ENAP no hubiesen realizado un esfuerzo continuo por dotar de infraestructuras portuarias e industriales a lo largo de tres décadas tanto la Región de Magallanes y Antártica Chilena como en regiones de las zonas norte y central del país. Toda vez que los yacimientos de hidrocarburos exploitables y comercializables fueron descubiertos en el extremo sur Magallanes fue no sólo el primer territorio donde se localizaron las actividades de extracción y producción, sino también el primero en constituirse como un espacio industrial dotado de una gran variedad y tamaño de infraestructuras.
La implantación de la actividad petrolera se inscribió en un modelo de desarrollo y fue un vector relevante de la política de industrialización por sustitución de importaciones aplicada con vigor, de manera transversal y eficiente por gobiernos con posturas ideológicas y doctrinarias diferentes. Más todavía la ENAP se mantuvo como una empresa estatal hasta el fin de la Dictadura Cívico-Militar, que privatizó la mayor parte de las empresas creadas por el Estado desarrollista hasta la década de 1970. La implantación en Magallanes se produjo sustituyendo parcialmente a las actividades ganaderas, que, si bien se mantuvieron presentes en el territorio, dejaron de jugar un rol relevante tras abandonarse el modelo de crecimiento hacia afuera, verse alterados los mercados de venta extranjeros y comenzar a expirar los arrendamientos que había realizado el Fisco de Chile.
Al ciclo productivo de la ganadería siguió el de los hidrocarburos, que dislocó los campos y territorios de la agroindustria magallánica a través de una serie de obras que ganaron en complejidad y sofisticación. La ocupación específica del espacio littoral del estrecho de Magallanes fue, desde el inicio, una clave del desarrollo. Más todavía, es posible señalar que, a través del tiempo, el Estrecho fue un vector esencial para vehicular la industrialización.
Es posible determinar que se siguieron tres estrategias de implantación, una primera estrategia consideró la extracción de petróleo y su rápida comercialización al exterior, para ello en el littoral, en la bahía Gente Grande, se localizaron los terminales de Clarencia y Puerto Percy, mientras que, en Punta Arenas, se disposeó la maestranza de Tres Puentes necesaria para articular la logística entre el continente y la isla Grande de Tierra del Fuego. Una segunda estrategia consideró reforzar las infraestructuras marítimas continentales, emergiendo el terminal y campamento de Gregorio y el terminal marítimo de Cabo Negro, primeros enclaves en testimoniar el desplazamiento de las actividades productivas hacia el borde marítimo continental del Estrecho, en demérito de los campamentos más antiguos ubicados del interior de Tierra del Fuego. Ellos no implicó, en todo caso, que menguaran las actividades de los campamentos, menos el de Cerro Sombrero designado como Pueblo por las autoridades locales en 1962. Una tercera y última estrategia se vincula al proyecto Costafuera que obligó a reforzar los enclaves existentes, aumentar el número de terminales y baterías de recepción; e instalar plataformas marítimas. Si bien una de las características del Estado desarrollista fue el control territorial, no es posible afirmar que las estrategias detectadas en la ocupación del espacio hayan sido objeto de una trayectoria coordinada, menos aún discutida y socializada con actores locales, debiendo, por el contrario, adaptarse a las sucesivas exploraciones, no siempre exitosas.
Justamente, son testimonio de las vicisitudes de la planificación, las superficies destinadas a la actividad industrial a través del tiempo. En este sentido, crecieron significativamente de la década de 1950 a las décadas de 1960 y 1970, siendo probable que desde un primer momento se considerara más apropiado establecer enclaves litorales cercanos a Punta Arenas, en vez de establecerse de manera permanente en Tierra del Fuego, donde las actividades costeras desaparecieron. También es probable que, a inicios de la década de 1950, no se estiviese en condiciones de dimensionar correctamente el impacto del descubrimiento de petróleo a través de los años; de planear cabalmente el despliegue que tendría la actividad productiva en el territorio; y menos prever la incidencia que logró en dos grandes polos industriales regionales: Concepción-Talcahuano y Valparaíso-Viña del Mar-Concón.
También es posible observar que los enclaves litorales localizados en Tierra del Fuego, Puerto Percy y Clarencia, acogieron funciones residenciales junto a las actividades industriales, cuestión menos evidente en los enclaves litorales del continente, donde por lo demás, sólo Posesión fue ubicado recogido del borde costero. Solo la Refinería y terminal de Gregorio en el littoral acogió funciones residenciales y equipamientos complementarios.
Los procesos de industrialización y urbanización en los bordes costeros del estrecho de Magallanes durante el siglo XX son ricos en registros históricos, sociales, espaciales, ya que efectivamente "Los litorales son un archivo privilegiado desde el que observar las distintas trayectorias técnicas e históricas de las industrias extractivas sobre las que se organiz3ó la colonización tardía de los territorios más periféricos de la América austral." (Richard et al., 2022: En ligne). El modelo de desarrollo hacia afuera facilitó una ocupación diferenciada a la del modelo de crecimiento hacia afuera, no sólo con mayor presencia y diversidad industrial, sino también más perenne y cuyo ciclo puede verse nuevamente afectado por la economía de la era de la descarbonización y la transición energética.