Este texto se centra en el estudio del café de Fornos (calle de Alcalá esquina con la de la Virgen de los Peligros) de Madrid. Fue inaugurado el 20 de julio de 1870 por los hermanos Manuel y Carlos Fornos y su nombre estuvo unido a la vida madrileña hasta su clausura en agosto de 1909. En su interior atesoraba artísticas pinturas y destacaba por su elegante decoración y lujo (no superados posteriormente por ningún otro café). Fue sitio de reunión de políticos, artistas y literatos y epicentro de la bohemia histórica, así como tuvo un notable impacto en su entorno urbano.
Cafés históricos, Madrid, café de Fornos, pintura decorativa, lugares de reunión y de tertulias, espacio urbano.
Historical cafés, Madrid, café de Fornos, decorative painting, meeting and debate venues, urban space.
** Este trabajo se ha realizado en el marco del Proyecto Museos y distritos culturales: Arte e instituciones en zonas de renovación arquitectónico-urbanística, financiado por la Secretaria de Estado de I+D+i del Ministerio de Economía y Competitividad (código HAR2015-66288-C4-01-P) (MINECO/FEDER) y con el Dr. Jesús Pedro Lorente como investigador principal.
En estas páginas nos centramos en el estudio del café de Fornos (calle de Alcalá, 1870-1909) porque fue uno de los establecimientos más notables en su género que existieron en Madrid en esas fechas. Su nombre estuvo unido a la vida madrileña desde los primeros años de la Revolución de Septiembre, cuando ya funcionaba su antecesor el Europeo (calle de Sevilla), hasta su clausura definitiva en agosto de 1909. En su interior atesoraba artísticas pinturas y destacaba por su elegante decoración y lujo (no superados posteriormente por ningún otro café), que fundamentan que fuera definido en la época "como un templo en el que se rendía tributo al arte" (Gil Blas, 1870: 3), y que estuviera considerado como uno de los mejores e, incluso, a la altura de los más acreditados a nivel europeo.
Como bien señala Mª. Victoria López-Cordón, la segunda mitad del siglo XVIII se caracterizó por la apertura de nuevos centros públicos de sociabilidad (entre ellos, el café) que, a imitación de lo que ocurría en otras ciudades europeas, aspiraban a convertirse en lugares de encuentro en los que, con el pretexto de tomar una determinada consumición, se participaba en distintos juegos y, también, se hablaba de asuntos del día (López-Cordón, 2014: 345).
Además, y como constata Juan Francisco Fuentes, el café constituyó el núcleo de un nuevo espacio burgués y mesocrático que vino a romper con el doble carácter socialmente hermético y promiscuo de la sociedad estamental. Como parcela de libertad que anticipó y preparó el triunfo de la burguesía, su papel fue particularmente decisivo en la creación de una moderna opinión pública, entendida como libre intercambio de ideas (Fuentes, 2001: 209).
El Fornos fue fundado en julio de 1870 por los hermanos Manuel y Carlos Fornos, que se caracterizaron por su talante liberal y por su actividad emprendedora en el sector industrial. De ahí que fuera refugio y sitio de reunión de quienes profesaban las ideas y aspiraciones de los owners1. Como después desarrollaremos, fue un notorio escenario de tertulias, debates y banquetes.
Estuvo emplazado en uno de los puntos más estratégicos de Madrid como es la calle de Alcalá, esquina a la de la Virgen de los Peligros (distrito Centro), por tanto, en uno de los lugares de más animación y vida de la ciudad. Se hallaba frente al acreditado café Suizo (que fue inaugurado el 3 de junio de 1845 por la sociedad Matossi, Fanconi y compañía)2 y al lujoso Trianon Palace (calle de Alcalá, núm. 20, cuyo estreno tuvo lugar el 15 de abril de 1911)3 y a unos pasos del teatro Apolo4 (calle de Alcalá, núm. 49)5.
La calle de Alcalá era, en esos momentos, "la arteria más importante de la villa y de la corte" (La Libertad, 1921: 4), y concentraba un considerable número de cafés como el de Cervantes (calle de Alcalá, núm. 59, esquina con la calle del Barquillo, núm. 1; ubicado en la planta baja del antiguo palacio del Marqués de Casa-Irujo y abierto el 31 de marzo de 1839) (Diario de Madrid, 1839: 2); Imperial (calle de Alcalá, núm. 1, esquina con la Puerta del Sol y Carrera de San Jerónimo, inaugurado el 1 de septiembre de 1864) (La España, 1864: 4); y de Madrid (calle de Alcalá y Carrera de San Jerónimo6, instalado en diciembre de 1866). Este último era amplio (ocupaba las plantas baja y entresuelo del inmueble) y elegante, y fue uno de los primeros establecimientos de este tipo en acoger en su interior un programa pictórico formulado conforme a un criterio de conjunto. Sus paredes fueron decoradas con obras de renombrados pintores y con esculturas de inspiración clásica (La Esperanza, 1866: 4-5). Entre los artistas y escenógrafos que trabajaron en 1866 en este café se encontraban José Vallejo y Galeazo, Vicente Palmaroli y González, Augusto Ferri, Antonio Bravo, Francisco Plá y Vila, Luis Álvarez, Montalvo y García y Francisco Aznar y García (Vázquez, 2017: 367-369).
No obstante, entre todos los citados, destacaba el Suizo, dado que era elogiado por la sociedad como "tribuna" política y cuartel general de escritores y artistas (La Ilustración Artística, 1885: 3). De este modo, fue el espacio escoger para la adjud icación de premios por parte del Jurado a los autores que participaron en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1871 (La Ilustración Española y Americana, 1871: 529). También es interesante señalar que el Círculo de Bellas Artes surgió en 1879 en una de sus tertulias, de la que formaban parte un grupo de literatos (Ulpiano Segarra, Eduardo Lustonó, Enrique Esteban y Antonio Pérez Rubio, entro otros) y pintores y escultores (como Plácido Francés, Arturo Mélida, Aureliano de Beruete y Carlos de Haes), con la idea de formar una institución cultural en la que pudiesen exponer y vender sus obras sin contar con los marchantes7.
Asimismo, en la calle de Alcalá tuvieron su residencia famosos artistas de la época como el pintor burgalés Marceliano Santa María (1866-1952), en el núm. 50 de la misma (El Imparcial, 1905: 3).
Igualmente, en sus inmediaciones se localizaban otros espacios de sociabilidad, en particular asociativa, como el Ateneo Científico, Literario y Artístico (calle de la Montera, núm. 22)8 o el Casino (calle del Príncipe, núm. 14)9, que impusieron progresivamente su marca en esta área urbana, dinamizándola e impulsándola culturalmente. Además, se hallaban próximas varias instituciones artísticas como la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (calle de Alcalá, núm. 13), el Círculo de Bellas Artes (plaza de las Cortes, núm. 4) o el salón de exposiciones de las Galerías Nancy (Carrera de San Jerónimo, núm. 40); así como el Museo Nacional (instalado en 1838 en el suprimido convento de la Trinidad Calzada10, de ahí que fuera denominado Museo Nacional de la Trinidad, que ocupaba una enorme manzana entre las calles de Atocha, Calatrava y Concepción Jerónima hasta la que hoy es conocida como plaza de Tirso de Molina), que revitalizaron esta zona convirtiéndola en un "barrio artístico"11.
Para abordar el tema objeto de estudio realizamos, en primer lugar, un recorrido histórico por el período más floreciente de este café que comprende desde su apertura en julio de 1870 hasta finales de la década de los ochenta de esa centuria. En estos momentos fue elegido como uno de los ámbitos preferentes de encuentro social y fue reconocido como "templo del arte" por su decoración debida a célebres firmas académicas; en segundo lugar, nos centramos en los años en los que comenzó su declive, que condujo a su cierre definitivo en agosto de 1909; y, por último, aludimos a los varios destinos que tuvo el local del antiguo Fornos hasta la demolición de su inmueble en 1933.
A mediados del siglo XVIII y a imitación de los existentes en Londres, París o Viena, se abrieron numerosos cafés en las principales ciudades españolas. Fue en la década de 1760 cuando, como indica Bonet Correa, surgieron estos nuevos espacios públicos de sociabilidad (Bonet, 2012: 202), y poco tiempo después ya se publicitaban en la prensa madrileña los cafés de las Cuatro Naciones en la calle de Fuencarral, núm. 3 (Diario curioso, 1787: 354), o de Levante en la calle de Alcalá, núm. 15 (frente a la desaparecida iglesia del Buen Suceso) (Diario de Madrid, 1788: 807).
Estos establecimientos fueron incrementándose y mejorando sus instalaciones y servicios a partir de mediados del siglo XIX. La mayoría de ellos se hallaban situados en el distrito Centro (en la Puerta del Sol y en sus calles afluentes –Carrera de San Jerónimo, Montera o Alcalá–, que eran las principales y más transitadas de la ciudad), donde también se concentraba la actividad cultural y comercial. De hecho, la calle de Alcalá era pródiga en cafés y, en su primer tramo –de Sol a Peligros– la nota característica era la del Colonial, Madrid o Fornos, y tras la calle de Sevilla, estaba el Suizo, y cada uno de ellos tenía un acusada perfil.
La apertura del café de Fornos se produjo poco tiempo después de la Revolución de septiembre de 1868, que puso fin a la monarquía isabelina y fue, como advierte María Victoria López-Cordón, una brusca sacudida en la historia de nuestro siglo XIX (López-Cordón, 1976: 1). "La Gloriosa" se vio seguida por el paréntesis liberal del Sexenio Democrático, y éste, a su vez, por los años de la Restauración y de la regencia de María Cristina, durante el último tercio del siglo XIX y los primeros años del siglo XX, que se corresponden con el período de mayor desarrollo de los cafés en nuestro país, es decir, con su Edad de Oro (Bonet, 2012: 38).
El Fornos (sito en la calle de Alcalá esquina con la de la Virgen de los Peligros, casi medianero con el edificio de la Aduana) fue inaugurado el 20 de julio de 1870 por los hermanos Manuel y Carlos Fornos, y un día después se abrió al público (Diario Oficial de Avisos de Madrid, 1870: 4). Su inmueble fue proyectado por el arquitecto cántabro Jerónimo de la Gándara y se convirtió en uno de los más distinguidos y monumentales de la calle de Alcalá (Cabello, 1933: 15) (fig. 1). Su nombre va unido al del desaparecido convento de Nuestra Señora de la Piedad (conocido como de las Vallecas)12, dado que sobre sus solares se levantaron la casa de este café y del restaurant de los Cisnes. Antes de su construcción, este terreno albergó un barracón improvisado en el que se celebraron exposiciones de pintura como la que tuvo lugar en 1864, y en la que se exhibieron dos cuadros del artista Valencia Salvador Martínez Cubells (titulados El baile y Visita del novio), entre otras obras (La Ilustración Moderna, 1892: 108).
Este café fue establecido por los hijos de Pepe Fornos, dueños hasta ese momento del café Europeo (calle de Sevilla13, cuyo local fue ocupado luego por el café Inglés). Era muy amplio y constaba de plantas baja –para café– y entresuelo –destinada a restaurant y a cuartos reservados para tertulias–. Contaba también con servicio de repostería. La prensa de la época lo elogió con estas palabras el día de su inauguración:
Es uno de los primeros en su clase y contiene preciosidades como ningún otro, entre ellas cuatro medallones al fresco pintados por Vallejo, que representan alegorías del té, del café, del chocolate y de los vinos. Hay además un espejo de tamaño colosal y numerosos divanes que son de chagrén –que ha costado a tres duros el pie– (Diario Oficial de Avisos de Madrid, 1870: 4).
Por tanto, fue instalado con todo lujo, con pinturas y tapices de buen gusto, con un elegante mobiliario (fabricado por el artista Guerrero) compuesto de sillas de madera (de la empresa Thonet), mesas de diversas formas y cómodos divanes de tafilete en azul –en lugar de rojo, como era lo habitual– que invitaban a la charla relajada, con grandes espejos, con figuras de bronce que sostenían las lámparas de gas, con un reloj de dos esferas y con un refinado servicio de cristalería.
El techo de su salón principal fue pintado con cuatro magníficos frescos por el malagueño José Vallejo y Galeazo14, que representaban alegóricamente el té, el café, el chocolate y los vinos15. El que plasmaba el té mostraba una composición en la que un cielo con nubes servía de escenario y en el que se disponían dos figuras femeninas sedentes (en el centro) que estaban degu stando plácidamente esta preciada bebida (fig. 2). Una de ellas estaba revestida con ropaje, que dejaba parte de su cuerpo descubierto, y sosteniendo con su mano derecha una taza, en la que un putti le vierte té. Por su parte, la otra portaba indumentaria de inspiración japonesa y un cuenco sin asa en su mano izquierda (cuyo contenido está ingiriendo), en allusion a la procedencia oriental de esta infusión. Una refinada decoración estilo Luis XV completaba los salones, y en la que sobre fondo blanco con filetes, florones y molduras de oro lucían caprichosas grecas, cuadros de paisaje, pájaros y flores vistosas, que fue realizada por los famosos escenógrafos italianos Augusto Ferri y Giorgio Busato (Bécquer, 1870: 8-9 y 15-16)16.
Además, en la planta baja comprendía una sala reservada para las señoras, que estaba adornada con el mismo estilo y con cuatro pinturas de Balaca que simbolizaban las estaciones (La Nación, 1870: 3). En su planta entresuelo disponía de un restaurant (compuesto de varios salones), que alcanzó una gran notoriedad debido a los banquetes que en él se organizaban, muchos de los cuales estuvieron presididos por personajes ilustres de la actualidad. De hecho, el salón para café era considerado como la "Cámara popular del establecimiento, mientras que el restaurant era el Senado" (La Época, 1879: 1).
La prensa encomiaba el acierto con el que los hermanos Fornos habían sabido armonizar el buen servicio con las exigencias del arte (Gil Blas, 1870: 3). Además, tras los años de la Revolución (cuando los cafés habían sido principalmente "teatro de tumultos y de conspiraciones" contra el régimen instalado) el Fornos tenía más bien el carácter pacífico de una tertulia que daba cabida a todos (La Ilustración Española y Americana, 1879: 242).
No obstante, en sus primeros años de existencia fue célebre porque en sus mesas se discutía de política (comprometida con los principios del liberalismo). Uno de sus más asiduos parroquianos había sido Manuel Ruiz Zorrilla durante el período en que fue presidente de las Cortes y occupó la presidencia del gobierno (La Igualdad, 1871: 2). Este político hizo un verdadero reclamo a este establecimiento cuando lo citó en el famoso discurso de "los puntos negros" de la política pronunciado el 25 de noviembre de 1870 a bordo de la Villa de Madrid (cuando fue a buscar a Amadeo de Saboya para ofrecerle la Corona de España) (Higueras, 2014: 324-325), suponiendo que en él "toda molicie corruptora tenía su asiento y el sibaritismo su altar" (La Época, 1887: 2). Igualmente, fue frecuentado por otros políticos (principalmente de concepción republicana) y periodistas distinguidos del momento como Ramón Chíes y José Guisasola (Las Dominicales, 1894: 1).
También presidió algunos de sus banquetes Segismundo Moret siendo ministro de Hacienda en el primer gobierno del reinado de Amadeo I (1871-1873), sobresaliendo entre ellos el que congregó al abogado y escritor cubano Miguel de Figueroa y García y a sus amigos de la Academia de Jurisprudencia y Legislación, el 30 de diciembre de 1871 (La Discusión, 1872: 2); el organizado en honor del político Emilio Castelar, por algunos diputados, senadores y periodistas republicanos, el 29 de diciembre de 1872 (La Nación, 1872: 2); o el verificado por los miembros de la sociedad abolicionista para festejar el resultado de la ley de abolición de la esclavitud en Puerto Rico, el 24 de junio de 1873 (La Discusión, 1873: 1). Sin embargo, a partir de entonces fueron desapareciendo de los banquetes celebrados en el Fornos los retazos revolucionarios que habían caracterizado años atrás a los partidarios de sta (El Pensamiento español, 1871: 3).
Pocos años después de su inauguración, y respondiendo al espíritu de emprendimiento industrial de los hermanos Fornos, fue reformado en el mes de septiembre de 1879, bajo la dirección de los artistas Ramón Guerrero –padre de la admirada actriz– y Emilio Sala (El Liberal, 1879: 2-3). El 17 de octubre de ese año reabrió nuevamente al público, que quedó sorprendido ante la riqueza de su decorado, la belleza de sus frescos y su comodidad (El Imparcial, 1879: 3-4, y El Globo: 1879: 3). La acción del tiempo había deteriorado visiblemente sus adornos por lo que fueron sustituidos por otros, conservándose la obra de Vallejo y Galeazo. De este modo, sus paredes fueron ornadas con una naturaleza exuberante y rica propia del paisajista Antonio Gomar, quien plasmó los encantadores cármenes de Andalucía. El techo fue primorosamente decorado con cuatro lienzos del admirado artista alcoyano Emilio Sala Francés que representaban alegorías, de inspiración greco-romana, alusivas al fin del establecimiento: un Clásico puchero (en relación con nuestra cocina popular), el Café, el Té y el Vino. En opinión de Adrián Espí, fueron resueltos con una gracia poco común en el género, con una movilidad y vitalidad extraordinarias y con una técnica dibujística y luminosa pocas veces superada (Espí, 1975: 114)17. También pertenecía a este artista un lienzo (ubicado junto a la puerta de entrada) que tenía como protagonista a Mercurio (representado por una mujer con parte de su cuerpo descubierto) con el caduceo en una mano y en la otra una cafetera (fig. 3).
La obra riferita al Café mostraba una musa o poetisa, recostada en un sillón y en actitud pensativa, con una pluma en su mano diestra (fig. 4)18. Sobre la mesa, junto a las cuartillas, humea una taza de café, y delante de ella, sentado, o más bien acurrucado en la nube que forman los vapores que se elevan de la tierra al amanecer un travieso geniecillo o putti le vierte café en el tintero, mientras que otro, envuelto en tules y con alas de pensamiento, viene a traerle esa inspiración que se siente en las primeras horas de la mañana, después de haber pasado la noche en vela. La lámpara que había ardido toda la noche se apaga a la primera claridad del alba. Al mismo tiempo, sobre el barrote que sostiene una cortina, viene a posarse un grupo de pájaros, cuyo plumaje está aún húmedo por el rocío de la madrugada (La Unión, 1879: 1-2).
En cuanto al Té, aparecían tres figuras femeninas que representaban a Inglaterra, China e India. La primera de ellas estaba saboreando la infusión y sus dos compañeras la contemplaban. El Vino se hallaba simbolizado por tres alegres bacantes (coronadas de hiedra) y una de ellas intentaba ceñir una corona a la frente de Sileno. En otro se plasmaba la Cocina española, con una mujer que estaba cociendo garbanzos (alimento tradicional de esta tierra), mientras que un pinche francés con su gorro y mandil blanco le hacía una mueca burlándose de nuestra cocina. Por su parte, los helados, la repostería y el servicio estaban representados por figuras desnudas sobre fondo de oro (La Época, 1879: 3).
Este salón fue iluminado por profusión de luces, ornado con hermosas estatuas de hierro (traídas de París, que soportaban candelabros de bronce dorado, de catorce bujías cada uno) y amueblado con un mostrador (de nogal y revestido de espejos), cortinas de seda y divanes de terciopelo carmesí (fig. 5). Por su parte, el restaurant tenía cuadros que plasmaban escenas de principios de siglo, debidas al pincel del artista ciudadrealeño Joaquín Araujo, que dio carácter a los tipos de aquella época. Contaba con tres comedores y las paredes del principal fueron decoradas con tapices de Germán Zuloaga, que presentaban escenas de caza. Además, esta pieza del entresuelo comprendía un gabinete (denominado La Farmacia) que exhibía caricaturas de Manuel Luque y Daniel Perea, que reproducían personajes curiosos de la sociedad de entonces.
La prensa madrileña reseñaba que este establecimiento, tras esta transformación acometida con arte y elegancia, resultaba superior a otros de su clase en el extranjero. También se decía de él que era "un museo con las reputadas firmas de Sala, Vallejo, Gomar, Araujo, Perea, Guerrero y de otros artistas que compitieron en dar a los adornos un sello de buen gusto que armonizaba las diversas artes" (La Ilustración Española y Americana, 1879: 242).
Su tertulia más famosa fue llamada La Farmacia porque en ella, como precisa el cronista madrileño Antonio Velasco Zazo, había de todo, como en botica: políticos, hombres de negocios, banqueros, artistas19, músicos20, médicos, periodistas, literatos, cómicos, autores dramáticos y toreros (entre ellos, Frascuelo y Lagartijo) (Velasco, 1945: 31). En los años de la restauración de Alfonso XII (cuando este café alcanzó su máximo esplendor)21 estuvo presidedda por el empresario Felipe Ducazcal y a ella acudían los escritores y periodistas Leopoldo Alas Clarín, Javier de Burgos y Sarragoiti y Luis Taboada, entre otros (Espina, 1995: 236-237, y La Ilustración artística, 1900: 107). Sus tertulianos de mayor relieve llegaron a comienzo del siglo XX con Antonio Machado, Ramón María del Valle-Inclán, Azorín, Pío Baroja, Alejandro Sawa y episódicamente Miguel de Unamuno (La España, 1916: 10)22. En esas fechas también se relacionaban cotidianamente en este café "los cruzados del humor" (desde las dos de la madrugada –hora en que se cerraban los teatros– en adelante), como se conocía al grupo conformado por los dramaturgos Enrique García Álvarez y Manuel Paso y sus amigos (entre ellos, el dibujante Pedro Rojas y el caricaturista Leal da Câmara) (Zamacois, 1935: 18).
El 1 de octubre de 1887 este antiguo café-restaurant celebró su segunda reopening después de una reforma (llevada a cabo durante ese verano) que conservó su primitivo aspecto aunque renovado y mejorado23. Así, las columnas se doraron nuevamente con oro, blanco y amarillo, los brazos de los candelabros fueron rebajados para que la luz no dañase los techos y las cornisas, y se colocaron espejos en la planta entresuelo (El Liberal, 1887: 3). Igualmente, se restauraron los motivos ornamentales y los tapices de las salas.
Esta obra fue emprendida por Manuel Martínez24, que estaba casado con una de las hermanas de los fundadores del establecimiento, a quien lo tenían arrendado. Todos los trabajos se realizaron bajo la dirección de los artistas Ríos y Carmena (La Época, 1887: 2). A causa del cambio en su gestión, su reputación fue languideciendo (especialmente la de su restaurant y sus tertulias); de ahí que sus antiguos propietarios (los hermanos Fornos) decidieran ponerse al frente del mismo en el mes de marzo de 1890. Con la finalidad de impulsar su negocio, introdujeron novedades como las denominadas "cenas módicas" (a dos pesetas el cubierto) y el servicio de coches de alquiler para sus parroquianos (a razón de una peseta la carrera y dos la hora) (La Monarquía, 1890: 3). De este modo, el Fornos (calle de Alcalá, núm. 19) volvió a recuperar su esplendor y continuó siendo uno de los preferidos por el público y el rendez-vous de la sociedad escoger.
En estos momentos, Manuel Fornos fue noticia de actualidad por haberse afiliado al partido liberal (originalmente Partido Liberal-Fusionista, fundado por Práxedes Mateo Sagasta), el 23 de septiembre de 1890 (El Imparcial, 1890: 1). Este hecho explicaría que en la prensa periódica se comentase que el "Fornos había entrado en el partido fusionista" y que esto "iba por las veces que el partido fusionista había entrado en este establecimiento" (El País, 1890: 1). Esta publicidad fue beneficiosa para la industria y, concretamente, de cara a la celebración de banquetes (que congregaron fundamentalmente a los republicanos de su distrito) como el organizado el 11 de febrero de 1891 por los republican os del Centro para conmemorr el XVIII aniversario de la proclamación de la República, que fue presidido por Nicolás Salmerón Alonso (Heraldo de Madrid, 1891: 3).
A finales del siglo XIX en el Fornos seguía reuniéndose lo más granado de la literatura y de la política del momento, así como se hablaba y discutía mucho de arte (fig. 6)25. Fue en él donde el galerista Manuel Vilches (Córdoba, 1870-Madrid, 1940), fundador del Salón Vilches, también conocido como Sala o Casa Vilches (calle del Príncipe, núms. 19 y 21), empezó a vender sus cuadros y, en concreto, de artistas como Jaime Morera, Eliseo Meifrén y José Lupiáñez (Romano, 1928: 17).
En mayo de 1900, por disolución de la sociedad mercantil que explotaba este café, quedó exclusivamente como responsable del mismo Manuel Fornos, que era uno de sus copropietarios (El Imparcial, 1900: 3). Cuatro años después, y probablemente a causa de las dificultades económicas por las que estaba atravesando su negocio, este industrial decidió poner fin a su vida a sus sesenta años de edad (el 13 de julio de 1904)26. Su fallecimiento fue muy sentido en la ciudad, donde contaba con un gran número de amigos. El Fornos ya no era ni la sombra de lo que había sido cuando se fundó (La Época, 1904: 1). Felipe Caramanzana, testamentario del difunto, asumió provisionalmente su gestión (El Globo, 1904: 2).
Antes de este lamentable suceso, fue escenario de renombrados banquetes como el que tuvo lugar en honor del novelista Benito Pérez Galdós, el 13 de marzo de 1904 (El Imparcial, 1904: 3); o el dedicado, el 13 de diciembre de ese año, al pintor guipuzcoano Ignacio Zuloaga. Entre las personalidades del mundo artístico y literario (algunos de ellos destacadas figuras de la generación del 98) que asistieron se encontraron Santiago Rusiñol, Joaquín Dicenta, Agustín Querol, Luis Morote, Ramiro de Maeztu, José Mª. Salaverría y Pío Baroja (El Imparcial, 1904: 1).
En marzo de 1906 se hizo cargo de este café uno de los sobrinos de sus fundadores, José Martínez Fornos (conocido como Pepito Fornos)27, quien introdujo mejoras en su servicio con el fin de volver a colocarlo en el nivel de sus buenos tiempos (El Imparcial, 1906: 4). Sin embargo, el destino le dio nuevamente un duro revés. Así, en el mes de octubre de 1907, una sentencia (dictada por la sala primera del Tribunal Supremo) dispose su desahucio por haber expirado el término que había dado la propietaria del inmueble (donde se hallaba situado) para la rescisión de su contrato. Por tanto, atendiendo a la misma, se determinó su clausura (El País, 1907: 4), que se produjo el 7 de enero de 190828, aunque fue sólo por tres días, dado que el día 10 de ese mismo mes volvió a abrirse al público, una vez superadas las diferencias entre la dueña de la casa y la familia Fornos (La Época, 1908: 3). A pesar de los esfuerzos realizados, el 16 de agosto de 1909 cerró definitivamente sus puertas por razones económicas29, tras haber sido durante muchos años un foco de actividad intelectual30.
El 5 de enero de 1910, Antonio Labraña, que había sido el encargado de este establecimiento durante muchos años, abrió un café-restaurant (calle de Alcalá, núm. 23, en el local en el que había estado el restaurant ‒o los comedores‒ del Fornos), con todas las características del antiguo, de tan gratos recuerdos para la sociedad madrileña (El Imparcial, 1910: 3). Los servicios y la cocina respondían a la tradición de la casa. El salón del café fue decorado por el artista José Arija (La Correspondencia de España, 1910: 5), en cuyas paredes se representaron alegóricamente las estaciones y el Día y la Noche (La Mañana, 1910: 1). Con su apertura, el Fornos no "había desaparecido del todo", y el café-restaurant Labraña era, en cierto modo, una continuación de él.
Poco tiempo después, el 3 de mayo de 191031, se verificó la inauguración en los magníficos locales del desaparecido Fornos de un nuevo café denominado Gran Café (calle de Alcalá, núm. 25, esquina con la de Peligros, núm. 1) (aunque seguía siendo conocido por los ciudadanos por su primitivo nombre), que se mantuvo hasta julio de 1920 (La Correspondencia de España, 1910: 5). La sociedad gestora introdujo importantes reformas y un restaurant (en la planta de entresuelo), aunque la clientela no sería la misma.
El restaurant del Gran Café (antiguo Fornos, como así se hacía referencia a él en la prensa) era elegido, por su espléndido servicio gastronómico, para la celebración de banquetes en honor de insignes personalidades. De este modo, cabe destacar el ofrecido al pintor murciano Inocencio Medina Vera antes de su partida para Buenos Aires (donde fue contratado por la revista La semana universal), el 23 de octubre de 1911 (La Mañana, 1911: 4); o el organizado para el poeta madrileño Emilio Carrère, por varios de sus amigos y admiradores, el 7 de enero de 1912, con el fin de obsequiarle por el triunfo literario y editorial que había obtenido con su último libro El encanto de la bohemia (El Imparcial, 1912: 5).
En ese año de 1910, sólo en la Puerta del Sol y calles aledañas existían hasta sesenta y cinco cafés, siete de ellos en la misma plaza (López, 1999: 84). Sin embargo, alguno de ellos pronto se batió en retirada. Así, el Suizo tuvo que cerrar sus puertas el 16 de julio de 1919 por derribo de la finca en la que se asentaba, anclada en la esquina de las calles de Alcalá y Sevilla, llevándose consigo muchas historias y recuerdos de Madrid (Parlante, 1919: 25). Su inmueble fue demolido y en su solar se construyó el edificio del Banco Bilbao Vizcaya (construido por el arquitecto Ricardo Bastida, 1919-1923)32. Aquel irregular cruce de calles ˗Alcalá, Peligros33 y Sevilla˗ donde se emplaza había sufrido una profunda transformación. Todo había cambiado y ya no quedaba más que el Fornos como "último superviviente de aquellas esquinas" (y tampoco era el café de hace años) (La Acción, 1919: 3).
Este fue el sentido adiós que el poeta Manuel Machado dio al Suizo (y en el que se alude también al Fornos):
[...]. Yo nunca fui, sin embargo, parroquiano asiduo del Suizo. Para serlo había que tener, por lo menos, esa cierta edad que yo no he alcanzado todavía. Así como Fornos, el antiguo, fue el bullicioso, alegre y escandaloso burdel de la juventud del último tercio del siglo XIX, el Suizo se mantuvo siempre como el honesto café de la alta burguesía madrileña, serio, senatorial y tranquilo […].
[…] El buen café Suizo, anticuado de pronto, sobrevivía tristemente a sus esplendores pasados. Y es cierto que ha venido a caer con oportunidad (Machado, 1919: 3).
Al cesar la industria del Suizo, se trasladaron al Fornos varias de sus reuniones, una de ellas la formée en torno a Francisco Aguilera (capitán general de Madrid), que solía congregarse con sus tertulianos donde tiempo antes se había sentado el anarcosindicalista Ángel Pestaña durante su estancia en la ciudad, y donde, por la tarde, se encontraban el periodista y escritor propagandista Mauro Bajatierra y sus amigos (Castrovido, 1920: 1).
El 13 de julio de 1920 se cerró el local del antiguo café de Fornos para ser transformado en un moderno y lujoso cabaret, al estilo de los de las principales capitales europeas, llamado Fornos Palace (calle de Alcalá, núm. 25) (La Acción, 1920: 1) y bajo la dirección del gerente Joaquín Llovet (La Correspondencia de España, 1920: 5). Su inauguración pública tuvo lugar el 4 de diciembre de ese año, y fue acogido como lugar de esparcimiento y de recreo nocturno (La Voz, 1920: 6).
Posteriormente, la sociedad Hijos de Honorio Riesgo adquirió este lugar y acometió obras de reforma para destinarlo a café-restaurant, que nombraría con su apellido: Riesgo. Fue inaugurado oficialmente el lunes 22 de octubre de 1928 y persiguió convertirse en el centro de reunión de la distinguida sociedad madrileña (fig. 7) (Mundo Gráfico, 1928: 3). Tenía plantas sótano (cocina y almacén, entre otras dependencias), baja (donde había un amplio salón para café y restaurant, que se hallaba delimitado por hileras de columnas, entre las que se disponían mesas de mármol con sus sillas de madera) y entresuelo (para billares) (El Imparcial, 1928: 8). Del antiguo Fornos sólo conservaba el espacio, todo lo demás era distinto.
En mayo de 1932 una compañía de seguros presentó al municipio el proyecto del edificio que se levantaría en el solar de la casa que había ocupado el Fornos, en la calle de Alcalá esquina con la de la Virgen de los Peligros (El Sol, 1932: 5)34. En él, el Banco Vitalicio de España (propietario de la misma desde 1923)35 estableció su nueva sede en 1941 y, en su planta baja, Honorio Riesgo instaló el café-bar-restaurante Riesgo (calle de Alcalá, núm. 23)36.
Un afán renovador invadía la época. Ese Madrid que estaba desapareciendo correspondía, en opinión de Pío Baroja, un poco al Madrid de Larra y de Espronceda, al de Zorrilla y de Fernández y González, al de los policías como Chico y de los conspiradores como Aviraneta. Pertenecía también "a la época de Galdós y Echegaray, de la cuarta del Apolo (en referencia a la cuarta sesión de este teatro), del Madrid Cómico y del café de Fornos lleno, con Salvador María Granés37 que insultaba, con Cavia que bebía y con Dicenta que disputaba" (Baroja, 1933: 5).
Este célebre café estuvo unido durante años a muchos episodios relevantes de la vida madrileña y tuvo un notable impacto en su entorno urbano, en el que proliferó la presencia cultural. Como bien señala Antonio Velasco, en él se condensa toda una época como centro de artistas y literatos y epicentro de la bohemia histórica (Velasco, 1934: 3). Los espejos del Fornos vieron los rostros de muchos personajes del Madrid de Alfonso XII y de la Regencia, pero de él no queda más que el recuerdo; aquí evocado con esta aportación.