Pero más allá de esta estabilidad estética y simbólica, que incluye también la propia dinámica rítmica de la ciudad y sus aparentemente perpetuos movimientos de personas, vehículos, actividad social, económica, etc., todos estos elementos van cambiando y transformándose de forma progresiva y casi imperceptible y se van incorporando a la estabilidad simbólica y estética de la propia ciudad. A veces se olvida que la ciudad, su imagen, su estética, es definida, no únicamente por los elementos estéticos estáticos, sino que las personas que la configuran y viven en ella, que la activan, definen también con su presencia, con sus estéticas personales y/o grupales, con sus acciones y sus prácticas culturales en el espacio público, la identificación estética de la urbe.
Entraríamos aquí en un estudio respecto a la forma en la que ciudad y personas se retroalimentan y se nutren, la manera en como la ciudad define a sus habitantes y sus habitantes definen a la ciudad, incluso podríamos entrar en el terreno de la somaestética, o estética del cuerpo, de la que nos habla el filósofo Richard Shusterman (1999) y que nos aportan vías de estudio todavía abiertas sobre las que volver a explorar las relaciones humanas en los espacios de convivencia masiva y desarrollo cultural por excelencia que son las ciudades.
Entendemos que la ciudad se define y se articula como una imagen, o un conjunto de imágenes simbólicas en interacción permanente, que necesitan ser investigadas y reflexionadas en profundidad. Como afirma Maurizzio Vitta (Vitta 2003: 78): "Nuestros ojos, desde el momento en que se abren, se enfrascan en la interpretación de signos, señales, símbolos, figuraciones sin las cuales el mundo se convertiría en una tierra incógnita." De la misma manera:
Quando falamos de cidade falamos ainda das imagens que se vão edificando em torno desses lugares que identificamos como cidade e que se forman a partir de discursos e práticas distintos, quando não conflituais. Extensíveis aos diversos meios sociais tais visualizações tornam-se tão mais poderosas quanto se conseguem afirmar como verdadeiras. (Baptista 2003, 37) En nuestro caso, aquello que identifica y que convierte las urbes en un foco de atención prioritario para el investigador del arte y de las prácticas sociales y pedagógicas, deviene de su carácter vital, dinámico, cambiante, de su capacidad para generar disrupciones, quiebras estéticas y propuestas en emergencia de forma casi inagotable. Especialmente, desde mi posición como investigador de la cultura visual y de las relaciones artístico-educativas que se establecen entre los entornos y los fenómenos de raíz especialmente artística que suceden e interactúan con ellos, la ciudad, es entendida como un espacio simbólico de relaciones estéticas, artísticas y sociales que son escenarios de aprendizaje informal, escenarios de visualización y de acción transformadora de la identidad del ser humano, y como tales, las ciudades son por tanto escenario de prácticas educativas. Además, estas prácticas artísticas y reflexiones analíticas y críticas deben ser incorporadas, para una comprensión integradora y totalizadora de la práctica educativa, en la propia educación formal, mediante propuestas artísticas de aprendizaje vinculadas a todos estos procesos de indagación.
En este trabajo de investigación, se ha utilizado la metodología de la Investigación Basada en Imágenes, Image Based Research, o Visual Based Research en terminología anglófona. Para ello, utilizamos de forma prioritaria la fotografía y las prácticas de visualización del entorno, desde una observación participante, en la que el investigador se integra durante varios días en el entorno de la ciudad, en un proceso de observación, análisis y detección, así como recogida de datos a partir de la fotografía como recurso y elemento principal de trabajo. El trabajo de campo de esta investigación se llevó a cabo en los meses de marzo de 2016 y marzo de 2017, tratando de recopilar de forma intensiva, experiencias de indagación en torno a este fenómeno cultural urbano y cientos de fotografías para construir el análisis posterior a partir de ellas y de las experiencias de visualización desarrolladas durante la propia captación de las imágenes.
Las fallas como experiencia estética urbana completa e intensificada.
Las fallas, son una manifestación cultural ampliamente conocida a nivel internacional como fenómeno cultural y festivo de masas que se desarrolla en la ciudad de València en los días previos al 19 de marzo, día en el que la fiesta concluye. Desde nuestra perspectiva de estudio, entendemos el fenómeno de las fallas como una ocupación artística, cultural y festiva del espacio urbano, de gran magnitud e impacto en múltiples sentidos, todos ellos vinculados a experiencias estéticas y artísticas en su mayor parte vivenciadas en el entorno urbano, y que afecta directa o indirectamente al desarrollo, la vida cotidiana y la percepción visual y sensorial de toda la ciudad durante esos días.
Para profundizar en el estudio de las fallas existen ya múltiples trabajos, investigaciones y tesis doctorales al respecto, entre los que destacan las aportaciones pioneras del catedrático Antonio Ariño (1992), o los estudios del profesor Gil Manuel Hernández (1996Hernández ( , 2002)), entre muchos más de gran interés y trascendencia. Pero no es nuestro papel en este artículo, definir o investigar sobre la historia, el origen, la sociología o la misma estética de las fallas de manera directa, sino de que forma la presencia en las calles de la ciudad de esta fiesta, que se nutre y se caracteriza precisamente por la estética, la imagen y las manifestaciones culturales y artísticas, altera y transforma la esencia y el ritmo urbanos y define una relación estética y visual, y por ende, también social, lógicamente, con los ciudadanos y los visitantes de la ciudad durante esos días.
En esencia, se trata de una experiencia festiva, que parte del desarrollo de una fiesta local y popular, que ya ha trascendido, en gran parte, todas estas consideraciones, empezando por el propio espacio, ya que su desarrollo y celebración llega ya a decenas de ciudades y municipios de todo el ámbito territorial valenciano, e incluso puntualmente, en otras ciudades del resto del mundo, aunque desvinculadas muchas veces de la tradición y de la propia festividad, en este último caso.
Este es un aspecto importante y destacable, el hecho de que la falla en sí, se constituya cada vez más como un fenómeno puramente artístico, una expresión de arte efímero con sus características y limitaciones propias, pero que poco a poco se va reivindicando en el panorama artístico contemporáneo, como un instrumento más, un medio, un lenguaje artístico específico sobre el que los artistas contemporáneos pueden trabajar de una forma intensa, la relación del arte con la ciudad, a partir de la propuesta de intervenciones artísticas efímeras en el entorno público y urbano y con unas características determinadas, vinculadas a la esencialidad de la narrativa fallera.
Pero como fenómeno eminentemente urbano, las fallas son, además un espacio de socialización y de desarrollo comunitario, colectivo e identitario muy fuerte, como bien afirma John Sreet (Street 2000:25): "La cultura popular puede entrar en estrecha relación con la política, en especial con el concepto de ciudadanía, es decir, con el derecho a pertenecer a algo y a ser reconocido como tal, precisamente porque ofrece formas de identidad." Por una parte, dibujan y son responsables de la identidad tanto de la propia ciudad, que es asociada e identificada por esta fiesta como de la identidad valenciana en general, ya que se trata de una fiesta que trasciende y mucho su circunscripción a la propia ciudad de València.
Junto a la propia identidad de ciudad, se suma la identidad, más micro, pero no por ello menos importante de barrio. Las fallas refuerzan también sin duda las identidades vecinales y de barrio, ya que es este su lugar de origen y desarrollo, llegando al punto que los propios nombres de las fallas son en su mayor parte los nombres de las confluencias de las calles sobre las que se asienta. Hay que tener en cuenta que las problemáticas identitarias están muy vinculadas a los barrios urbanos, tal y como afirma Urda Peña (2016, 93):
La falta de identidad colectiva en los barrios hoy en día es una realidad que afecta directamente al uso y al mantenimiento de los lugares de uso común. La ausencia de un proyecto colectivo, o de ciertos intereses comunes desencadena un desinterés general del vecino por su barrio.
En este sentido, el papel que juegan las artes, la cultura en general y la estética, a través de la creación de símbolos, en la construcción de identidades grupales, resulta esencial a la hora de valorar la importancia del análisis visualizador, también a la hora de investigar y comprender en toda su complejidad las relaciones entre identidad colectiva, entornos urbanos y construcciones simbólicas construidas desde las experiencias estéticas. Sin duda lo visual y lo simbólico juegan un papel prioritario en la construcción de cualquier tipo de identidad, y no se concibe una identidad sino va asociada a una determinada estética y a unas pedagogías visuales concretas e identificables.
En nuestro trabajo, nuestra orientación no se centra en el análisis de la fiesta o de sus características como tales, y a diferencia de la mayoría de los estudios de etnología, antropología social, sociología o historia, que habitualmente se ocupan de los fenómenos culturales de este tipo, nos centramos en el ámbito esencialmente artístico y estético pensando en la forma en la que aprendemos y nos relacionamos con este fenómeno festivo, o más bien con las consecuencias que este fenómeno festivo produce o es susceptible de producir, a partir de una práctica de visualización estética des de la que se genera un aprendizaje sobre las relaciones humanas mediadas por el arte y el entorno urbano en el que se producen.
Las imágenes de la ciudad en efervescencia transformadora desde la mirada artística y educativa.
Experimentar un fenómeno de arte efímero popular y todas las manifestaciones, acciones e interacciones que suceden en el espacio urbano durante la celebración de esta fiesta multitudinaria, desde el análisis visual y utilizando la fotografía como medio de investigación principal, pero desde una perspectiva visualizadora, tal y como se ha explicado en el planteamiento metodológico inicial, nos lleva a este recorrido por algunas de las imágenes que fueron realizadas durante los dos años de duración del trabajo de campo investigador y su análisis crítico.
Se parte de focalizar la mirada hacia el fenómeno transformador que suponen el proceso de mutación de una ciudad como València durante la celebración de las fallas, porque es un ejemplo de análisis paradigmático en este sentido, pero cuyas lecciones y procesos reflexivos pueden ser obviamente aplicables a la mirada hacia prácticas activas, más o menos institucionalizadas, de transformación del espacio ciudadano por excelencia, como es la ciudad, en entornos, espacios y acciones diferentes. Las ciudades se rigen por una serie de ritmos que marcan y pautan su vida cotidiana, hasta el punto en que se identifica lo cotidiano, a esas acciones regulares, rítmicas, a esa cadencia de acontecimientos y comportamientos habituales que dotan de movimiento continuo y estabilidad a la vida urbana ciudadana. Y, ¿cómo puede esa mirada ser una mirada educativa? Ciertamente, tal y como ha quedado claro en el primer apartado del artículo, la fotografía como instrumento y la acción visualizadora como metodología, derivan de una aproximación a la ciudad y al fenómeno estudiado, que es su transformación efímera como fenómeno activo. A través de esta investigación, se propone un acercamiento a la ciudad que contribuye a una transformación en el planteamiento anterior y obliga a un aprendizaje activo del entorno, un replanteamiento constante de aquello que vemos desde la propia cotidianeidad y que parece no afectarnos en absoluto llevado al plano de un acontecimiento que rompe con la cotidianeidad de forma radical, pero que a su vez, es observado también con los ojos de lo cotidiano, de manera pasiva, con un sentido práctico, utilitario o interesado.
El ritmo urbano de las ciudades contemporáneas viene marcado de forma incontestable, con todas las problemáticas que ello conlleva, por el dominio absoluto del espacio público por parte de los vehículos a motor y el tráfico constante y permanente que ocupa la inmensa mayoría de ese espacio. Un acontecimiento como las fallas, altera de forma contundente y durante un período de tiempo nada desdeñable, unas dos semanas aproximadamente, incluso más en algunos casos, el ritmo y la cadencia habituales de toda la ciudad en su conjunto. Todos los habitantes de la ciudad son afectados de una forma u otra, participen o no de este acontecimiento. Eso de ya de por sí, marca un punto diferencial muy importante respecto a la ocupación del espacio público. Un espacio público que no está exento de problemáticas y tensiones permanentes, demasiadas veces obviadas y naturalizadas pero que, tal y como nos recuerda José Miguel García Cortés (2006:20), conllevan jerarquización y simbolismos profundos:
Los espacios no contienen significados inherentes a ellos mismos, más bien éstos les vienen dados a través de las diferentes actividades que en ellos llevan a cabo los diferentes actores sociales. La jerarquización de los espacios se mide, pues, tanto por las relaciones que en ellos se establecen como por la elaboración de las referencias simbólicas que se utilizan o por las personas que los ocupan.
Las imágenes de las figuras 1 y 2, muestran con claridad a partir del análisis visual, las nuevas relaciones que se establecen en el entorno urbano prácticamente desde el día 1 de marzo hasta el día 20, una vez finalizada la fiesta, incluso después de ese día, todavía podremos rastrear un tiempo más la presen-cia de este festival artístico y urbano. La presencia de las vallas, como nos delatan las imágenes (Figura 1) narra una lectura de ciudad en la que las fallas imponen su presencia de manera absoluta en las calles. El análisis visual de la Figura 2, todavía refuerza más ese nuevo conjunto de relaciones que la permisividad y licencia que otorga la fiesta, produce sobre la ciudad.
Figuras 1 y 2. La presencia de las vallas delata el cambio de orden urbano que se establece en la ciudad de València durante casi 20 días cada año. Fotografías del autor.
La valla, en sí misma, como objeto, pose una carga estética y simbólica profunda. Espacio que cierra, que impide el paso, que delimita, frontera, en ocasiones puramente testimonial. Su presencia física en las calles, en el caso de la fiesta de las fallas, es exagerada y no exenta de polémica y con múltiples debates abiertos, como analizamos también en referencia a la imagen de la figura 7 más adelante. Además, las vallas que se utilizan en la fiesta son en sí mismas un referente estético e icónico con la marca publicitaria por excelencia en las fiestas grabada en ellas y utilizadas especialmente para el corte de calles al tráfico de vehículos. Son todo un símbolo del poder de ocupación del espacio público de los falleros esos días, que no dudan en utilizar cualquier otro recurso del mobiliario urbano a su alcance, para delimitar la propiedad y liberación de ese espacio al trasiego de la vida contemporánea cotidiana, por una descotidianetidad hiperactiva pero pedestre, ciudadana, performativa, artística, provocativa, en ocasiones desafiante, a pesar que las relaciones entre fallas y poder dependen en muchos casos de quien ejerce el poder político municipal. En definitiva, las vallas son la antesala que permite y activa todos los procesos que sucederán bajo su delimitación liberadora.
Es la antesala de esa transformación progresiva y efímera que lleva a cabo la ciudad y que se inicia con los primeros cortes de calles, la aparición de carpas gigantes, verdaderas edificaciones, en los espacios que antes ocupaban los coches, liberación de espacios que inmediatamente es aprovechada, por los niños y niñas, que durante unos días disponen de espacios para jugar con seguridad y libertad, etc. Poco a poco la ciudad se va transformando, no solo por la presencia de objetos, las presencia de cada vez más personas andando, moviéndose a determinadas horas de forma grupal para asistir a alguno de los actos organizados en la ciudad, y que concluye ya en los días festivos con la presencia constante de bandas de música y grupos de falleros que recorren sus calles, a veces en medio del tráfico que todavía persiste en muchas de ellas, creando una alteración inusual pero constante esos días, entre el orden estético urbano cotidiano y la performance activa urbana que construye la fiesta de las fallas.
Figura 3. Interacción estética entre arte, objetos, arquitectura y personas.
Fotografía del autor.
Otro elemento característico en un estudio de las relaciones entre, estética, ciudad y arte efímero, sobre las fallas de València, es un elemento muy singular de esta fiesta. Se trata de la interacción y la conversación visual permanente y fulgurante que se establece entre elementos que forman parte de la vida ciudadana durante este evento cultural, y que como hemos visto la peatonalización parcial de una parte muy importante de la ciudad permite y activa. Un conjun-to de relaciones estéticas profundamente ricas, que unen, vida y estética de manera intensificada. Como afirma E. Francalaci (2010:16):
(...) estética y vida cotidiana se ven indisolublemente ligadas por el estado de relación tan continua como imperfecta entre sujeto y objetos, eventos, fenómenos, tanto en la forma que deriva de las prácticas anestésicas de la cultura digital, como en la que tiene su origen en esas otras conductas euforizantes consistentes en la exaltación de comportamientos controlados dentro del ámbito de lo social.
En pocas ocasiones podemos encontrar en nuestro devenir urbano, experiencias sensoriales y estéticas tan intensas como las que se desarrollan durante estas semanas en las fallas de València. Como muestra la figura 3, las calles se convierten en un deambular de personas en medio de un escenario de objetos de todo tipo creando una amalgama de interacciones visuales en su conjunto difíciles de definir. Junto al propio escenario urbano habitual, se van superponiendo capas estéticas que empiezan por el propio monumento artístico falleros, pero cuya lectura visual es inseparable del entorno y el conjunto de experiencias que se suceden a su alrededor. Ese trasiego constante de personas, entre las que encontramos muchos falleros y falleras con la indumentaria tradicional, que es todo un despliegue de estética colorista que se suma e interviene de manera visual en el entorno de forma muy contundente, e incluyendo todo tipo de personas con sus estéticas particulares, vendedores ambulantes que llenan también el espacio de sus coloristas globos y otros objetos o baratijas que no hay que desdeñar ya que contribuyen y mucho a redefinir el espacio visual y estético del entorno urbano, en su efímera pero estable permanencia.
Se establece aquí una relación, casi de sinergias, que multiplica las experiencias estéticas y las posibilidades de interpretación del patrimonio estático, frente al dinamismo que promueve la presencia de otro patrimonio material pero que, por su carácter efímero y trascendente, podemos considerar inmaterial. Aunque los artistas falleros no suelen tener en cuenta el entorno y el espacio sobre el que va a asentarse la falla, con algunas excepciones como las experiencias de la Falla Corona, la interacción y la interferencia entre ambos patrimonios existe inevitablemente para bien o para mal.
Tal y como percibimos a través de la figura 4, en la que podemos apreciar a través de un fragmento visualizado las relaciones estéticas entre la fachada de la Iglesia de Santa Catalina y la falla que encontramos justo frente a esta. Relaciones que empiezan con contrastes de forma y color contundentes y que generan otro tipo de contrastes más particulares referidos a las iconografías simbólicas que hay tras lo que representa una iglesia tan sobria como esta, frente al exultante colorido cargado de sátira, burla, irreverencia y sensualidad que posee la falla con la que convive estéticamente. Todos estos nuevos relatos que se construyen a partir de la interacción de elementos ejemplifican las oportunidades educativas que nos ofrece esta mirada al fenómeno estudiado, con la que abrimos nuevas posibilidades y significados que, sin una mirada pedagógica y atenta, pasan desapercibidos. Necesitamos formar nuestra mirada al entorno desde esta perspectiva educativa y analítica sobre la cultura visual, para aprender en profundidad sobre los entornos urbanos y sus estéticas en interacción. La interacción y convivencia entre el patrimonio material y el patrimonio inmaterial resulta en ocasiones complejo, y lo que en apariencia se plantea como una problemática de carácter social o económica, en referencia a los espacios de ocio en un evento festivo multitudinario, es en realidad un problema sobre las relaciones estéticas sobre el espacio urbano, que son fundamentales, y más en una fiesta de carácter esencialmente estético.
En esta imagen vemos sintetizados muchos de los conflictos de carácter estético e incluso social que están ligados a la fiesta de las fallas. Por una parte, la más evidente, la presencia de un vallado excesivo, que ya de por sí mismo impide prácticamente la visión completa de la obra artística. Aquí se perfila en debate entre la protección de la obra, que es evidentemente muy vulnerable, por el material, por estar en la calle, por la imposibilidad de vigilancia permanente, por el vandalismo existente en días de fiesta, etc, cuestiones todas ellas abiertas y que afectan y condicionan a muchas de las experiencias estéticas que tenemos frente a determinadas obras de arte, y que perfilan la actitud de muchas personas frente a los artefactos artísticos, y más si estos ocupan literalmente la calle.
La fotografía, nos permite indagar, además entre la relación que se establece entre el entorno urbano y las fallas, una integración a veces compleja, como se puede apreciar, incluso para el propio deambular cotidiano, que apenas tiene espacio para pasar entre la estrechez de la valla y las fachadas que delimitan la calle. El espacio, condiciona también obviamente el tamaño que puede alcanzar la obra que constituye la falla. Y finalmente, otro aspecto destacable en el análisis de estas interacciones en las que se ve de una forma más contundente, con la presencia de los banderines de los diferentes premios obtenidos por las fallas, colgados frente a una valla, que ya de por sí condiciona la visión, y que con los banderines imposibilita por completo la apreciación de la obra. Esto dice mucho de los valores estéticos y de la valoración, por parte de los propios falleros, del elemento artístico que constituye su propia falla, y de la que supuestamente están orgullosos por la exhibición pública de los premios, mientras impiden al resto de visitantes una mínima apreciación estética de la obra. El mensaje es claro, la obra es importante porque tiene premios y estos son los que deben ocupar un espacio visual preponderante, lo que hay detrás, la obra, no importa o solo importa y existe por los premios. Vemos de esta manera como las imágenes que nos ofrece el entorno si son visualizadas con una finalidad de aprendizaje de sus relaciones visuales y estéticas, nos ofrece una narrativa que va más allá y enriquece nuestra propia experiencia de conocimiento real y profundo del entorno de la ciudad.
Conflictos estéticos: tradición vs experimentación en el espacio urbano
Las fallas son evidentemente una manifestación de arte público, urbano y efímero y es la presencia de los artefactos artísticos en la calle la que define su esencia de forma prioritaria. Las fallas en su mayor parte, se acogen a unos modelos estéticos y a una tipología artística que podemos calificar como tradicional, bajo unos parámetros de lo que en muchas ocasiones se ha venido en llamar como estética Disney (Ramon Camps 2015), vinculada a la categoría estética del kitsch y a una cierta figuración preciosista que se remonta a algunos años atrás y que se ha convertido en el modelo predominante.
Figs. 8 y 9. Imagen de dos modelos de falla con estéticas diferentes, el modelo tradicional predominante frente a un modelo estético innovador y más experimental. Fotografías del autor.
Frente a este modelo, encumbrado por la política de premios que rige y dirige de forma importante la producción estética de los monumentos efímeros, se han ido abriendo un hueco, otro tipo de fallas con propuestas muy cercanas al arte más contemporáneo, confrontando un modelo estético radicalmente diferente al predominante y que incluso han llegado a crear una federación propia de fallas autoproclamadas innovadoras y experimentales, dentro de las cuales hay no obstante una gran diversidad de propuestas.
Ciertamente, la estética juega un papel político claro, especialmente en lo que se refiere al arte urbano, y en el caso de las Fallas de València, las implicaciones sociales y políticas que la presencia de unos modelos estéticos u otros tiene es enorme y repleta de conflictos que sacuden en lo más profundo las relaciones de poder de la ciudadanía y los diferentes grupos e ideologías políticas de la ciudad. Como ejemplo contundente de todos estos procesos sociales, vamos a analizar brevemente el caso de la falla municipal infantil de la ciudad de València del año 2017.
La falla Municipal de la ciudad fue la primera ese año en ser elegida a través de un concurso público con un jurado de expertos sin ningún representante político, formado por especialistas elegidos por diferentes instituciones sociales, culturales y académicas, entre ellas las propias universidades valencianas, todo ello en un escenario político local de cambio, propiciado por la llegada al poder municipal de una coalición de partidos progresistas. La falla elegida fue un proyecto de los artistas Anna Ruiz y Giovanni Nardin, que representen el ejemplo más sobresaliente de la incursión de artistas visuales contemporáneos en el mundo de la creación de fallas, como elementos de arte público esenciales y que son una fantástica oportunidad para indagar y experimentar en este ámbito, especialmente en un festival de arte efímero de las características que presentan las Fallas de València.
Los dos autores, titulados en Bellas Artes ya poseían una amplia trayectoria en el desarrollo de fallas, que son tildadas de innovadoras por parte de los sectores más retrógrados y conservadores del entorno social de la ciudad, pero era la primera vez que daban el salto a la creación de la falla más representativa de todas, la falla municipal. La presentación pública de la falla en la calle, con la plantà, generó una intensa polémica social que nos lleva a desarrollar un análisis sobre la forma en la que el arte público acciona determinados mecanismos sociales, culturales y políticos, de gran interés analítico y nos permite articular un discurso entorno a la educación artística y estética de la sociedad en general, de cara a perfilar futuras actuaciones pedagógicas en este sentido.
Como ejemplo del debate desatado y el cruce de opiniones, en gran parte orquestado y fomentado por la prensa local más conservadora, encontramos un artículo de prensa publicado en este caso en el periódico local progresista de la ciudad, donde se hacen eco de esta polémica urbana, que monopolizó la fiesta de las fallas de ese año y que nos permite estudiar como el debate estético sobre el arte urbano, aunque sea efímero, en la ciudad, genera todavía gran polémica y debe ser objeto de estudio:
Esta falla municipal infantil no convence, y pese a que hay diversidad de opiniones, los comentarios que más se escuchan son negativos. Al entrar a la plaza del Ayuntamiento la gente discute sobre el monumento «La falla infantil no hace fal-ta ir a verla», son afirmaciones con las que fácilmente uno se tropieza, aunque también hay opiniones opuestas, «pues a mi me parece muy original, es algo innovador» (Peraita 2017).
El extracto de prensa local, solo nos sirve para corroborar esta polémica estética, y sobre todo para analizar el papel que juegan muchas veces los propios posicionamientos políticos o ideológicos, así como la importancia que tiene la presencia o la ausencia de la educación artística en las prioridades sociales, creyendo ilusamente que el juicio estético no tiene nada que ver con cuestiones educativas o políticas y que emana simplemente de una opinión pura o inmaculada, sin condicionamientos externos. La ciudad de València, como lo están la mayor parte de las ciudades, está polarizada políticamente, una polarización política que, no lo olvidemos, va muy ligada a las formas de pensamiento y a las formas de vida y las prácticas culturales de los diferentes grupos sociales e ideológicos que la conforman. Ello es signo de diversidad, y la diversidad siempre es positiva. El problema empieza cuando hay una intolerancia hacia la forma de vida y las estéticas del otro grupo de personas, y se pretende imponer como modelo único, también en la estética, aquélla a la que el grupo al que se pertenece, de manera consciente o inconsciente, enarbola como propia o se identifica simbólicamente con ella. En el caso de las fallas, en ocasiones, incluso la opción estética de la propia falla-obra, condiciona y se asocia al discurso político hegemónico de la falla-asociación que lo sustenta.
La intolerancia estética y la reacción excesiva con ataques constantes des de los sectores más conservadores de la ciudad, que se dio en este caso, relata un discurso de relaciones sociales asociadas a las estéticas urbanas y a las manifestaciones artísticas que jerarquizan la ocupación de los espacios de la ciudad. Ello demuestra que la preeminencia de un modelo estético u otro no es una cuestión banal y entronca directamente con posicionamientos políticos, discursos hegemónicos y de poder. Hay una cierta tolerancia hacia determinadas estéticas que podríamos llamar más disruptivas, siempre que no ocupen espacios jerárquicamente privilegiados de los espacios urbanos. Pero si estas estéticas, ocupan espacios de poder representativo dentro de las invisibles jerarquías de la presencia en esos entornos, surge la intolerancia estética con toda su fuerza posible y construye un retrato de los sectores sociales y la importancia de la estética en las relaciones humanas, que son profundamente simbólicas.
Figura 10. Imagen de la falla municipal infantil del año 2017 obra de los artistas contemporáneos, Anna Ruíz y Giovanni Nardin. Fotografía Carles-Andreu Fernández.
La falta de una educación artística profunda en la sociedad en general conlleva que la polarización estética se construya en base a hegemonías y discursos de poder y de imposición de unos modelos estéticos sobre otros, sin aceptar en ningún caso lo que los otros proponen y, sobre todo, tratando de minusvalorar, o directamente eliminar la presencia en las calles de la ciudad, de estéticas que no compartimos. La educación artística, en contra de lo que algunos pudieran pensar, genera un conocimiento de las estéticas en función de la diversidad de posicionamientos vitales, y no se debe entender que la educación artística trataría de imponer el modelo que podríamos llamar "innovador" o más vinculado a las propuestas del arte contemporáneo. El objetivo sería precisamente profundizar en la sensibilización estética y en la capacidad de conocer y reconocerse también en nuevas y otras estéticas.
La ciudad como escenario de análisis, reflexión, transformación y aprendizaje.
La oportunidad que nos brinda el análisis de un espacio como es la ciudad, bajo unas circunstancias tan concretas como son las provocadas por esta transformación efímera radical de toda una ciudad casi por completo, se vincula sin duda a procesos de aprendizaje, que se engarzan en la comprensión del entorno entendido como un complejo entramado de relaciones visualizadas y simbolizadoras, que constituyen lo que hoy entendemos como cultura visual, en un conjunto y un espectro amplio, y no limitado solamente a las imágenes que otros producen, sino también a las imágenes que observamos y que integramos como experiencias y asimilamos de forma simbólica, dotándolas de significaciones trascendentes para nosotros.
Cuánto hacemos referencia al término pedagogía, nos referimos a la forma en la cual nos enfrentamos en la ciudad, a las imágenes que la ciudad proyecta, que construyen una impresión sensible en nosotros. Se establece un proceso en nuestra experiencia de relación con la ciudad, y especialmente con un acontecimiento de estas características, que nos ofrece, por necesidad, oportunidades para replantearnos nuestra vinculación con el entorno, nuestra relación con todas las experiencias y procesos que se generan durante esos días, y vehicular la capacidad de asimilar y hacer nuestro una parte de todo esto, integrándolo a nuestra experiencia vital que va definiéndonos y construyéndonos como personas y va delimitando nuestra identidad.
En este sentido, las palabras del profesor Ricard Huerta, nos recuerdan la importancia de la ciudad en los procesos de aprendizaje y como la ciudad en sí misma, y todavía más durante acontecimientos performativos y transformadores como son las fallas, constituye un permanente recurso pedagógico:
De este modo surgen las imágenes de la ciudad que el alumnado genera, descubriendo y redescubriendo su propia mirada al tomar decisiones como: qué elementos son fotografiados y cuales no, dónde están sus lugares preferidos, cuál puedes der el ángulo más propicio desde el cual componer la imagen, (...) (Huerta 2015:29-30).
Pero el concepto de cultura visual y las metodologías de trabajo y análisis subyacentes a este suelen tener una fundamentación analítica interpretativa, es decir de búsqueda del verdadero significado de las cosas. Nuestra orientación metodológica, que parte de una postura filosófica derivada de la estética pragmatista de Richard Shusterman (2002), que plantea una visión en la que el aprendizaje que generamos en nosotros a partir de las experiencias estéticas que tenemos con los entornos, parte de nosotros y de las relaciones que establecemos entre los distintos factores que configuran ese entorno urbano, no como elementos susceptibles de ser aislados, sino que siempre están integrados en otros cientos de elementos con los que en conjunto construyen significados. Se trata de significados de relación e interacción, por lo que el estudio y análisis estético de los entornos urbanos, de las oportunidades de aprendizaje que nos provoca, nunca pueden delimitarse a una visión o mirada parcial y aislante de los objetos o fenómenos culturales.
Hemos visto de que forma, el estudio de un acontecimiento urbano tan particular como las fallas de Valencia, nos sirve para reflexionar a través de ellas, de la necesidad de visualizar de forma completa y compleja, todo el entramado de relaciones urbanas que componen la realidad perceptible de la ciudad. Hemos centrando nuestro relato en lo visual, siendo conscientes que hemos obviado otros aspectos importantes como la interacción de lo visual con el sonido, la música, que en este caso es fundamental, el ruido que también se transforma por completo durante estos días y que va tan ligado a esta fiesta y al estudio de lo urbano, y por supuesto los olores, que no están exentos de interferir de forma notable en nuestra percepción urbana. Pero tanto por la propia limitación que impone la redacción de un artículo, como por nuestra especialidad en el ámbito de las pedagogías visuales, decidimos centrarnos exclusivamente en este último aspecto.
En conclusión, hemos dibujado parcialmente un relato, fruto de un fragmento de un proceso de investigación, a partir de una exploración urbana de un fenómeno cultural y artístico de raíz urbana y popular como son las fallas, desvelando desde el análisis de la imagen algunos aspectos derivados de los conflictos estéticos que se generan en múltiples sentidos y que provocan siempre la aparición del arte, del tipo que sea y de la propuesta estética que sea, en espacios públicos urbanos. Todo ello entendiendo siempre que esta mirada analítica visualizadora, constituye un camino necesario para un aprendizaje más completo y complejo de todas las relaciones que se establecen en la ciudad, vinculadas al mundo del arte y de la estética, aprendiendo a través de una mirada activa y pensante mediada por un proceso de investigación.