La Ciudad Solitaria

Autor: Miguel Ángel Chaves Martín, Universidad Complutense de Madrid y Director del Grupo de Investigación, ORCID: https://orcid.org/0000-0003-1822-4363

DOI: 10.22530/ayc.2018.14.482

Volumen: 7, Número: 14, Año: 2018, Fecha de publicación: 2018-10-01

Resumen

Laing, Olivia. La ciudad solitaria. Aventuras en el arte de estar solo. Madrid: Capitán Swing, 2017. El libro propone un acercamiento íntimo y ensayístico a la ciudad de Nueva York a través del prisma de la soledad, entrelazando la experiencia personal de la autora con las vidas y obras de artistas como Edward Hopper, Andy Warhol, David Wojnarowicz y Henry Darger, cuyas trayectorias estuvieron marcadas por el aislamiento. Laing argumenta que la ciudad moderna es un espacio de soledades arracimadas, donde la proximidad física no garantiza la conexión emocional, y que el arte puede ser tanto síntoma como redención de ese estado. El reseñador valora positivamente la sinceridad introspectiva del texto y su humanismo contemporáneo, que invita a comprender y aliviar las soledades sedimentadas en la memoria colectiva de la urbe.

Palabras clave: soledad urbana, ciudad contemporánea, arte y alienación, Nueva York, ensayo autobiográfico, identidad y espacio

RESEÑAS

La Ciudad Solitaria.
Aventuras en el arte de estar solo.

Olivia LAING

Capitán Swing

Madrid, 2017

ISBN: 978-84-947407-0-1

Si te sientes solo, este libro es para ti.
Con esta dedicatoria apelativa comienza La ciudad solitaria. Aventuras en el arte de estar solo, libro que ha visto la luz recientemente, en 2017, y ha sido traducido y publicado en España el mismo año. Su autora, la escritora y crítica británica Olivia Laing, plantea un acercamiento a la ciudad de Nueva York desde una mirada íntima y conmovedora teñida de un sentimiento de profunda soledad.

Figura 1
Figura 1.

Laing no habla estrictamente de las ciudades en tanto que espacios urbanizados en los que se alzan obras arquitectónicas y se trazan espacios públicos de diversa condición. Habla, fundamentalmente, de cómo habitamos en el presente las ciudades, convertidas en espacios de soledades arracimadas que interactúan fugazmente, cortocircuitan o se abisman hasta la tragedia. Espacios y vías de socialización invisibles, intangibles, pero que, en su precaria inmaterialidad, constituyen una parte fundamental del alma de la ciudad. De este modo, el relato queda vertebrado a través de una particular imbricación entre la experiencia personal de la escritora durante el tiempo que vivió en aquella ciudad y las vidas de varios artistas que la precedieron, cuyas trayectorias estuvieron marcadas por la soledad, un estado que “puede alcanzar su apoteosis en medio de la multitud” (Laing, 2017: 9). Interconectados por los hilos tensos y vibrantes de la soledad, se suceden vidas y obras de creadores más o menos célebres que intentan arrojar luz desde las tinieblas del pasado reciente. “But are we all lost stars / trying to light up the dark”, repite la canción de Begin Again (John Carney, 2013), película ambientada en Nueva York.

Éste es un texto gestado y escrito en la soledad de un apartamento, entre los anaqueles de bibliotecas y archivos o deambulando por las calles de esa gran metrópoli, epítome de la Modernidad, que es Nueva York. El East Village, Brooklyn Heights, Times Square… son escenarios en los que Laing rastrea las huellas de otras personas que, como ella, se sintieron aislados en medio de la Gran Manzana. Repitiendo un texto reciente sobre la vida en Madrid, creemos que la autora tuvo “la suerte de contar con tantas calles en las que perderse justo cuando más necesitaba encontrarse” (López, 2017: 87). Tantas calles y tantas vidas con las que compartir el aislamiento en la mítico urbe norteamericana, siquiera a través de la distancia que impone el tiempo y la cercanía que suscitan las obras legadas por creadores variopintos.

Edward Hopper es el primero de los artistas que permiten trazar un particular mapa de la soledad en Nueva York. La obra de este pintor es conocida, sobre todo, por su especial representación de los espacios urbanos, que destilan casi siempre una inquietante soledad. Su mirada de voyeur, normalmente con ventanas o escaparates como elementos mediadores, presta atención a determinados personajes, solitarios en medio de las luces, el tráfico, los espacios interiores o los ritmos rutinarios de la ciudad. Para Laing, la pintura de Hopper nace del propio sentimiento de aislamiento del artista; de hecho, al final de sus días, él mismo explicó durante una entrevista: “Creo que nunca he intentado pintar el ambiente del país: intento pintarme a mí mismo” (Laing, 2017: 34). Esta frase nos trae a la mente una aguda afirmación de Oscar Wilde: “Todo retrato pintado con sentimiento es un retrato del artista, no del modelo” (1891).

A la célebre figura de Andy Warhol se dedican muchas páginas del libro. El mundo icónico y objetual del artista podría explicarse, según Laing, por la necesidad que siempre tuvo de ser querido, por su extrema vulnerabilidad. Al parecer, Warhol padeció una profunda soledad, cada vez más insondable, al tiempo que se convertía en una celebrity del mundo artístico. “Solo entre la multitud; sediento de compañía pero receloso del contacto” (Laing, 2017: 64). Su vida, paradójica y trágica, aparece como un presagio de ciertos síntomas de las sociedades actuales, en especial en lo concerniente a nuestra relación con las nuevas tecnologías.

En el camino de Warhol se cruzó otra alma solitaria, Valerie Solanas, quien, como es bien sabido, disparó al artista el 3 de junio de 1968 en The Factory. La de Solanas fue una vida truncada por los abusos en el seno familiar y la maternidad adolescente, que pronto la llevó a los ambientes marginales, entre la indigencia y la prostitución. Las páginas que Laing dedica a Solanas ofrecen un relato complementario al filme Yo disparé a Andy Warhol (Mary Harron, 1996), biopic que parte de aquel dramático episodio para elaborar un singular retrato de Solanas y de los círculos neoyorquinos que frecuentó.

Trágico también fue el destino de David Wojnarowicz, artista de quien se ocupa Olivia Laing. Su trayectoria vital y artística aparece asociada a los ambientes marginales de Nueva York. Una metrópoli cambiante, metamórfica, cuya imagen glamurosa y sofisticada coexistía con un reverso sórdido e inmisericorde. En este mundo underground, la violencia, la sexualidad oculta o las drogas eran distintivos de unos personajes aislados que pululaban sobre el abismo. Así, la caída de Wojnarowicz fue semejante a la de tantos que cayeron en la drogadicción y el SIDA durante los 70`s y los 80`s. Su serie fotográfica Arthur Rimbaud in New York (1978-79) constituye un mudo testimonio de su juventud; en sus autorretratos, paradójicamente, se muestra “encarcelado a la vez que liberado por una máscara” (Laing, 2017: 101). Se ha de recordar que, fruto del renovado interés por este artista, precisamente este año se han organizado tres exposiciones sobre él en Nueva York y otra más en Madrid, dentro de la edición de PHotoEspaña, junto a obras Peter Hujar (Hontoria, 2018).

La enigmática figura de Henry Danger sirve para esbozar la alienación que genera la vida urbana en determinadas personas. Este conserje de Chicago, cuya obra marginal sólo fue conocida póstumamente, se rodeó de un universo iconográfico delirante y, parapetado tras esa barrera, su aislamiento social fue creciendo como una enfermedad degenerativa e incurable. La mirada reflexiva que ofrece Laing sobre este personaje es muy personal y, en cierto modo, novedosa, pues evita interpretar la obra de Danger simplemente como el fruto de un enfermo mental sumido en la obsesión esquizofrénica. Danger podría haber sido el reverso de Warhol. Uno encerrado en el anonimato y la pobreza, el otro reconocido y apreciado por el mercado artístico. Ambos conectados por esa sensación de extrañamiento que deriva en la soledad.

Alfred Hitchcock aparece también en el relato, en relación con Hopper y su visión de voyeur (La ventana indiscreta, 1954) (Laing, 2017: 36-37), y a propósito de la cosificación y la soledad que genera este modo de percibir al prójimo (Vértigo, 1958) (Laing, 2017: 114-115); la imagen misma de lo siniestro planea constantemente en este último filme e, ineludiblemente, se liga a la ciudad contemporánea (Trías, 2014). Las fotografías de Emily Roysdon o de Nan Goldin conectadas con la obra de David Wojnarowicz, las imágenes de Greta Garbo paseando por Nueva York captadas por Ted Leyson, el mundo distópico de Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Strange Fruit de Billie Holiday en conexión con Zoe Leonard y su instalación dedicada a Wojnarowicz, Basquiat y Warhol, y otras muchas citas artísticas son empleadas por la autora para sus reflexiones. Asimismo, Laing construye su relato sobre la base de múltiples referencias bibliográficas –más de 170– y documentos diversos (escritos, grabaciones sonoras, filmaciones, además de las propias obras artísticas), que confieren mayor valor e interés a su trabajo. En este sentido, destacaríamos su indagación en los archivos de la Biblioteca Fales, de la Universidad de Nueva York y del Museo de Arte Popular Americano, entre otras instituciones.

El libro se viene a sumar a una infinidad de títulos que pretenden aprehender en sus páginas, desde las voces y los géneros más diversos, el alma de las ciudades y de sus habitantes. Por lo que concierne a las ediciones españolas, podríamos mencionar En la ciudad líquida (Barcelona, Caballo de Troya) de Marta Rebón, publicada el mismo año 2017, la última novela de Antonio Muñoz Molina, Un andar solitario entre la gente (Barcelona, Seix Barral, 2018) o la recién traducida Nueva York es una ventana sin cortinas (Barcelona, Navona, 2018; edición original de Roma, Laterza, 2010) de Paolo Cognetti. Desde la literatura, todos ofrecen otros modos de percibir la ciudad, otras ciudades.

A lo largo de sus páginas, mantiene un tono de gran sinceridad, introspectivo y agudo. Tras ahondar en su interior a la luz de otras vidas, Laing recurre a la escritura y le sirve para tomar conciencia de ese estado de ánimo tan propio de nuestra época: la soledad. El resultado ofrece una esperanzadora pausa en el ritmo frenético, mecánico e inercial de la urbe, con el ánimo de profundizar en el conocimiento personal, pero también colectivo, de los «urbanitas» que la habitan.

“Estamos juntos en esta acumulación de cicatrices, en este mundo de objetos, en este refugio físico y temporal que con frecuencia se parece al infierno”, escribe Laing al final de su obra. “Lo importante es la bondad; lo importante es la solidaridad. Lo importante es que estemos alerta y abiertos, porque si algo hemos aprendido de lo ocurrido en el pasado es que el tiempo de los sentimientos no durará demasiado” (Laing, 2017: 248). No podría resumir mejor la tesis de esta suerte de ensayo. En él late un humanismo contemporáneo que pretende comprender y, en cierto modo, aliviar o redimir tantas soledades sedimentadas en la memoria huidiza de la ciudad.

Obras citadas

  1. HONTORIA, Javier (2018). “David Wojnarowicz, el mundo desde las tripas” El País Cultural, 22/08/2018. https://www.elcultural.com/noticias/arte/David-Wojnarowicz-el-mundo-desde-las-tripas/12437 (consultado: 01/09/2018).
  2. LAING, Olivia (2017). La ciudad solitaria. Aventuras en el arte de estar solo. Capitán Swing, Madrid.
  3. LÓPEZ, Nando (2017). “Nunca fuimos tan jóvenes”. Eñe. Revista para leer, nº 52.
  4. TRÍAS, Eugenio (2014): Lo bello y lo siniestro. Barcelona, Debolsillo, pp. 81-116

Obras consultadas

  1. WILDE, Oscar (1891): El retrato de Dorian Gray.