Este artículo se integra en el plan de investigación actualmente en curso, correspondiente al proyecto: HAR2015-66307-P. «Estrategias documentales aplicadas a los procesos de restauración y divulgación del patrimonio artístico religioso de Mallorca» (AEI/FEDER/UE). Proyectos de I+D, del Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia. Subprograma Estatal de Generación del Conocimiento. Ministerio de Economía y Competitividad. Gobierno de España. Unión Europea. Fondo Europeo de Desarrollo Regional.
La implantación de las instituciones conventuales en la trama de la ciudad histórica constituye una realidad en la mayor parte de las urbes españolas y así se plasma también en el caso de Palma, que manifiesta en su forma urbana este proceso. Los conventos que aquí se localizaron en las diferentes etapas históricas fueron importantes agentes que intervinieron en la construcción de la ciudad y que han determinado su imago urbis.
La literatura científica en relación con la ciudad conventual es extensa. El concepto ciudad conventual fue teorizado por Chueca Goitia (1995). Éste se refiere a la ciudad convento y señala que la peculiar estructura de los conventos united a su magnitud hace que, en ocasiones, tengamos que hablar de conventos hechos ciudad. En este sentido, también establece la diferencia entre las ciudades convento y las ciudades con conventos. Por su parte, Pérez Cano (1996) desarrolla ampliamente este concepto y aborda el estudio de la ciudad conventual articulándolo con los imperativos de los planteamientos doctrinales más actuales. Con respecto a Palma, son abundantes las obras en donde se analiza la transformación de la Palma conventual a ciudad burguesa, pero escasas aquellas que estudian el proceso de formación y consolidación de la ciudad convento y sus consecuencias en el urbanismo de la ciudad. No obstante, también existen numerosos trabajos individuales centrados en estudiar algunos cenobios desde una perspectiva histórica o histórico-artística. Autores que han publicado monografías o artículos científicos de conventos palmesanos entendidos como estudios de caso han sido Mercè Gambús (1981); Donald G. Murray, Aina Pascual y Jaume Llabrés (1992); Josep Estelrich Costa (2002); María José Bordoy Bordoy (2009); y María Magdalena de Quiroga Conrado (2014), entre otros. Dentro de este grupo, y debido a la especial incidencia en el tratamiento de cuestiones urbanas, destacan las contribuciones de Joan Carles Sastre con respecto al convento de Santa Clara (Sastre, 1993, 2004 y 2006). Este autor analiza, junto a otros aspectos relevantes de la historia del monasterio, el papel protagonista desempeñado por esta institución en el proceso de urbanización del barrio de la Calatrava. Un proceso que modificó la morfología urbana de este sector y que afectó al conjunto de la ciudad.
En el recientemente publicado Diccionario de Urbanismo, Geografía Urbana y Ordenación del Territorio se define la morfología urbana como el "estudio de las formas de la ciudad, que puede extenderse a los procesos y agentes urbanos que han contribuido a modelarlas históricamente" (Zoido et al. 2013: 237)1. Esta perspectiva del concepto destaca el papel de la arquitectura en general y del patrimonio en particular en la modificación de la forma urbana y el paisaje de la ciudad. En consonancia con esta definición, entendemos que los conventos de Palma desempeñaron el papel de agentes urbanos, actuando sobre la ciudad y transformándola en su morfología. Estos no solo actuaron en las áreas bajo su influencia directa, sino que fueron determinantes en la construcción de un determinado modelo de ciudad, cuya impronta condiciona la imagen actual, a la vez que nos remite a su pasado. Un planteamiento que tiempo atrás ya adelantado Lewis Munford (1938) cuando, a partir de sus investigaciones sobre el concepto de ciudad, afirmaba que ésta, por su propia naturaleza, conserva la huella de una cultura y de una época y la relaciona con los hechos fundamentales de la existencia.
En relación con estos aspectos nos hemos planteamos como primer objetivo realizar una contribución al estudio de la ciudad conventual palmesana. Un segundo objetivo se relaciona con la crisis que actualmente padecen las instituciones conventuales y especialmente las clausuras, motivo que nos lleva a reflexionar sobre las posibilidades que la ciudad y, principalmente, el desarrollo del turismo cultural pueden ofrecer a estos centros. Por último y en conexión con esto, nos planteamos un tercer objetivo consistente en conocer si estos conventos pueden también ayudar a la ciudad aumentando la oferta cultural de Palma dado que, en la actualidad, los responsables políticos buscan reforzar su funcionalidad turística tratando de incrementar la oferta de recursos patrimoniales. La riqueza monumental derivada de la trayectoria urbana es el principal elemento de atracción de la urbe por su valor y visibilidad, pero todavía hay muchos monumentos que no tienen una entrada reglada y que no están acondicionados para ser visitados, como es el caso de los conventos de clausura.
El debate en relación con estas cuestiones se ha abierto recientemente en Palma, a raíz de la crisis que afecta a los conventos de clausura. Éste se centra en el papel que desempeñan los conventos en la ciudad pero, en un contexto más general, también se vincula con la tendencia a aumentar el valor de uso del patrimonio. En nuestros tiempos, la utilidad o funcionalidad de los monumentos tanto civiles como religiosos se ha constituido en un elemento clave para la oferta y la demanda del patrimonio cultural y para el consecuente desarrollo del turismo cultural (Ballart, 1997). La realidad muestra como cada vez más voces reclaman el disfrute de estos monumentos, abogando por su carácter plural mediante la implantación de programas y planes que implican tanto su salvaguarda como su rentabilización económica y cultural. En esta línea se posiciona también la Organización Mundial del Turismo (1999), que se pronuncia a favor de fomentar la protección y rehabilitación del patrimonio pero tratando de potenciar su apertura al público. El mismo principio se recoge en el corpus doctrinal del Plan Nacional de Abadías, Monasterios y Conventos (Plan Nacional de Abadías, Monasterios y Conventos. Revisión. 2011), que promueve el disfrute social y la apertura de los conventos como contrapartida a las inversiones económicas que se hagan en estos centros financiadas con cargo al plan2. Con su puesta en marcha, se ha pretendido coordinar el carácter cultural de estos bienes con su destino al culto y, hasta la fecha, ha sido un instrumento eficaz en la conservación, rehabilitación y mantenimiento de gran cantidad de monasterios, a la vez que ha demostrado la eficacia de la política de difusión de los valores del patrimonio cultural (Nieto, 2012).
En este debate que afecta a los conventos palmesanos se comienza a tener en cuenta la fragilidad inherente al patrimonio que, sin duda, se incrementa cuando se le incorpora un uso turístico. Los autores Xosé Santos y Rubén Lois (2005) reflexionan en sus trabajos sobre los peligros que comporta el aumento del turismo en las ciudades y que afectan también a su patrimonio. En esta misma línea destacan también las investigaciones llevadas a cabo por Manuel de la Calle sobre la sostenibilidad del patrimonio en un contexto turístico (2002, 2008). Otros autores como Javier de Esteban (2008), Carlos López De Calle y Juan Manuel Tudanca (2006) analizan el turismo cultural y el impulso experimentado por este sector en las últimas décadas. Por su parte, Trinidad Cortés (2002), Miguel Angel Troitiño Vinuesa (1998, 2003) y M. Antonio Zárate (2012) han publicado varias obras centradas en el estudio del turismo en los cascos históricos y en el uso que hacen los visitantes de la ciudad, teniendo en cuenta las relaciones que se establecen entre el patrimonio y el sector turístico. Sus contribuciones reconocen el turismo como un sector clave en los cambios que afectan a los cascos históricos, pero también nos advierten de los peligros que puede tener para el patrimonio si no se desarrolla una adecuada política de gestión.
Los programas de gestión que afecten al patrimonio conventual habrán de tener en cuenta estas amenazas, ya que estos bienes son especialmente sensibles. Además, los conventos de clausura de Palma nunca han mantenido contacto con este sector y han permanecido siempre al margen de las dinámicas turísticas de la ciudad.
La creación de la ciudad conventual constituye un proceso largo y complejo que "forma parte de una tarea colectiva más amplia de evolución general de la ciudad" (Pérez Cano, 1996: 207). Este proceso comienza en el siglo XIII, a raíz de la cristianización de la ciudad, y continúa y se consolida en los siglos XVI, XVII y XVIII.
Los primeros conventos y las iglesias parroquiales que se levantan tras la conquista de Mallorca por el rey Jaime I en 1229 se convirtieron en protagonistas en el marco de la nueva ciudad, desempeñando un papel activo en el proceso de colonización y de evangelización. Los espacios vacíos de la urbe intramuros se rellenan con iglesias y conventos y, poco a poco, se irá transformando la trama de la reciente ciudad conquistada a los árabes. A partir de entonces, la función eclesiástica de Palma irá cobrando cada vez mayor importancia. La estructura urbana fue evolucionando según fueron cambiando las funciones de la ciudad, de acuerdo con la idea de que la función crea la forma. La morfología urbana palmesana es heredera de esta situación. No obstante, en estos siglos, no hay una regla o un hilo conductor homogéneo que presida la implantación de los conventos en pos de una ciudad conventual con una modelística concreta ni tampoco existen programas urbanos (Pérez Cano, 1996). Con el tiempo, estos conventos que contribuyeron a sacralizar el espacio fueron adquiriendo una preponderancia urbana e impusieron un orden que le permitía "casi legislar" en materia de urbanismo.
Este panorama nos ilustra la construcción de una ciudad conventual con vocación netamente urbana. En el tiempo comprendido entre 1229 y 1835, Palma se enriquece con una presencia cada vez mayor de conventos de diferentes órdenes. En el siglo XVIII se contabilizaron aquí un total de veinticinco conventos, catorce masculinos y once femeninos. Según indica Ángela Atienza (2008), Palma se encuentra en el listado de ciudades españolas que en el siglo XVIII llegaron a mantener más de veinte conventos, sobresaliendo por la acumulación de fundaciones en el contexto del archipiélago balear3. Un número que, por sí sólo, es un magnífico indicador de la fuerza y relevancia que estas instituciones tuvieron en la ciudad en sus diferentes etapas históricas. Los conventos fueron instrumentos de poder y elementos de dominación, con unos intereses que sólo se pueden entender en el marco de aquella sociedad y en relación con las claves que articulaban sus relaciones sociales.
En el primer plano de Palma realizado por el canónigo Antonio Garau en 1644 (fig. 1), nos encontramos con una ciudad caracterizada por la presencia de numerosos establecimientos conventuales, a los que se da absoluta preeminencia4. El proceso de implantación conventual que había comenzado en el siglo XIII alcanza en el XVII su plena madurez. Es ahora cuando se percibe una mayor actividad, tanto constructora como renovadora, y cuando se define y afianza la ciudad conventual, ya que es en esta centuria cuando coexisten en Palma un mayor número de conventos. A lo largo de este siglo y del siguiente asistimos también a la renovación de muchas iglesias parroquiales y conventuales.
Los nuevos conventos no se localizaron únicamente en Palma. La historiadora Isabel Moll (2004) proporciona datos relativos a su número y ubicación en diferentes localidades de la isla (tabla 1). Del total de fundaciones medievales, trece fueron masculinas y cinco femeninas, y en la época moderna hubo dieciocho conventos masculinos y nueve femeninos. Por lo que respecta a su localización, en la Edad Media se establecieron en Palma cuatro de los cinco conventos femeninos existentes en la isla, y siete masculinos. En la Edad Moderna se fundaron en Palma siete conventos de religiosas y cinco de religiosos. Por su parte, Ramón García Palacios (2004) contabiliza catorce conventos masculinos y once femeninos a principios del siglo XIX. Entre estos conventos predominaron los pertenecientes a órdenes mendicantes que mostraron su preferencia por ubicarse en el interior de la ciudad bajo la protección de la muralla5. Las órdenes mendicantes buscaron instalarse prioritariamente en Palma, por ser el núcleo de población más importante de Mallorca y donde además se daban cita dos elementos decisivos para su supervivencia y desarrollo: la presencia de un público receptor de su oferta religiosa, y rentas y riquezas susceptibles de ser convertidas en limosnas.
El análisis de los datos indica como la implantación de órdenes masculinas en el conjunto de Mallorca fue mayor que en la capital, aunque las femeninas fueron más urbanas y mostraron una clara preferencia por instalarse en Palma (tabla 2). Esto se hizo patente sobre todo a raíz del Concilio de Trento. Los decretos tridentinos consideraron que, por razones de seguridad y de viabilidad económica, no era conveniente que los conventos femeninos se localizaran en lugares alejados de los núcleos de población (Atienza, 2008).
| Palma | Resto de Mallorca | Total | ||||
|---|---|---|---|---|---|---|
| Masculino | Femenino | Masculino | Femenino | M | F | |
| Edad Media | 7 | 4 | 6 | 1 | 13 | 5 |
| Edad Moderna | 5 | 7 | 13 | 2 | 18 | 9 |
| Siglo XIX | 14 | 11 | 17 | 2 | 31 | 13 |
Tabla 1. Implantación conventual en Mallorca. Conventos masculinos y femeninos Fuente: elaboración propia a partir de Moll Blanes (2003, 5-8) y García Palacios (2004, 407-425).
| Siglo | Convento | Año fundación |
|---|---|---|
| Siglo XIII | Santa Margalida | 1232 |
| Santa Clara | 1256 | |
| Siglo XIV | Santa Magdalena | 1373 |
| Siglo XV | Santa Elisabet | 1485 |
| Siglo XVI | Nuestra Señora del Olivar | 1549 |
| De la Concepción | 1564 | |
| De la Misericordia | 1578 | |
| Siglo XVII | De la Consolación | 1609 |
| Santa Teresa de Jesús | 1617 | |
| Santa Catalina de Sena | 1658 | |
| De la Purísima Concepción | 1662 |
Tabla 2. Conventos femeninos de Palma y fecha de fundación. Fuente: elaboración propia a partir de Bordoy Bordoy, Mª José (2004, 90-91).
Esta situación de preeminencia conventual se mantiene hasta 1835, momento en que los conventos se vieron afectados por las políticas desamortizadoras de manera diversa. De los veinticinco conventos existentes en Palma, diecinueve fueron afectados. Unos fueron derribados como consecuencia de la aplicación de estas políticas, otros mudaron su función y otros, los menos, continuaron con un uso religioso. Sin duda, para los conventos hubo un antes y un después a raíz de la desamortización. Un proceso controvertido que tuvo importantes consecuencias para los edificios, para los religiosos y religiosas que los habían ocupado y, en última instancia, para la propia ciudad, ya que la desamortización eclesiástica trajo aparejados importantes cambios en el modelo urbano de Palma y desempeñó un papel de primer orden en la reforma interior de la ciudad. Es en este momento cuando urbanísticamente se produce la pérdida progresiva del modelo de ciudad conventual, presente hasta este momento en Palma, y de la quedan como herencia los conventos de clausura.
Las transformaciones que se produjeron como consecuencia de la desamortización fueron perjudiciales para los conventos mallorquines, que sufren un gran retroceso y asisten a su crisis más profunda. La peor situación fue para los que se derribaron, si bien esta política facilitó toda una serie de cambios en el proceso urbanizador. En Palma, la venta de los bienes urbanos eclesiásticos puso en el mercado una gran masa de edificios y solares, que abrieron paso a la transformación interna de la ciudad. La red urbana se modificó a través de los nuevos usos de las fincas vendidas y de su edificación en altura, frente al caserío bajo de la ciudad preindustrial6. Los esponjamientos que sufrió la urbe en este momento permitieron bajar la densidad y conllevaron la aparición de plazas públicas y la apertura de nuevas calles, a la vez que se modificó el trazado de otras que ya existían. Estos cambios propiciaron el paso de Palma de ciudad conventual a ciudad burguesa, en donde la calle, la plaza, el espacio libre, aumentan su valor y adquieren un mayor protagonismo en una ciudad que intenta modernizarse (Alomar 2000). Es en este momento cuando en Palma se conciben las primeras reformas urbanas que, en gran medida, fueron posibles gracias a la desaparición de los conventos.
Los conventos de clausura de Palma constituyen el principal testimonio de la antigua ciudad conventual y, a pesar de que hoy los percibimos como piezas aisladas, son parte fundamental del orden urbano heredado de otras épocas.
En el centro histórico de Palma se localizan cuatro conventos de clausura activos y vivos: Santa Clara, Santa Teresa, Santa Magdalena y la Purísima Concepción. Otros dos han abandonado la clausura hace pocos años: el de San Jeroni (también conocido como convento de Santa Elisabet), que se cerró en 2014, y el de la Concepción que, aunque continúa ocupado por una congregación religiosa, sus miembros ya no pertenecen a una orden de clausura7. Estos conventos se han reducido en número y tamaño con respecto a otras épocas pero, no obstante, nos han legado una magnificent muestra de la arquitectura y del viejo orden de la ciudad conventual. Las religiosas que integraron sus comunidades han logrado conservar los edificios y mantenerse durante siglos en Palma atravesando todo tipo de circunstancias. Los monasterios de Santa Magdalena y Santa Clara, entre cuyos muros se acumulan muchos siglos de vida religiosa, constituyen ejemplos de esta situación. Éstos son los más antiguos pero todas las clausuras activas actualmente en Palma han estado habitadas por religiosas que han residido en ellas ininterrumpidamente desde el momento de su fundación.
Estos seis conventos ocupan una elevada superficie de suelo en la antigua ciudad intramuros (4´53% de la superficie total), mantienen su sede histórica y, por lo general y a pesar de las transformaciones y adaptaciones sufridas con el paso del tiempo, sus núcleos conventuales han sido poco transformados. Estos, conservan un alto grado de integridad, tanto en los espacios más monumentales como en aquellos más vinculados al ámbito doméstico que, en estos centros, tienen un gran protagonismo. En cada inmueble se destacan las particularidades propias pero, en conjunto, se aprecian también muchas coincidencias y elementos comunes, tanto a nivel estético como estructural, hecho que probablemente se debe a cuestiones tanto de funcionalidad como de coetaneidad. Otra característica común es que sus edificios han sufrido sucesivas fases de contracción, segregando parcelas puestas en venta o incluso unidades compactas de dimensiones considerables. Las huertas y jardines, que complementan a la arquitectura y resaltan su valor, han sido los espacios que primero se han sacrificado ante situaciones de necesidad.
Estos conventos continúan presentes en Palma por el trato de favor recibido en el siglo XIX cuando se aplican las leyes desamortizadoras. La normativa fue más moderada en el caso de las monjas, por las circunstancias especiales que concurrían para el caso femenino. Los monasterios femeninos disfrutaron de un trato diferenciado en sentido positivo, fruto en gran parte de la mentalidad machista de la época (Pérez Cano, 1996)8. La mayoría de las órdenes se mantuvieron en Palma, si bien, muchas religiosas fueron exclaustradas (tabla 3).
| Convento | Religiosas exclaustradas | Convento | Religiosas exclaustradas |
|---|---|---|---|
| Nuestra Señora del Olivar (urbanistas) | 34 | La Concepción (agustinas) | 25 |
| Santa Clara (franciscanas) | 31 | Ntra. Sra. de la Misericordia (agustinas) | 20 |
| Santa Teresa (carmelitas) | 18 | Consolación (agustinas) | 28 |
| Santa Elisabet (jerónimas) | 26 | Santa Catalina de Sena (dominicas) | 31 |
| Santa Margarita (agustinas) | 18 | Purísima Concepción (capuchinas) | 30 |
| Santa Magdalena (agustinas) | 32 | Total | 293 |
Tabla 3. Conventos femeninos en Palma y número de religiosas suprimidas (17 de abril de 1836). Fuente: elaboración propia a partir de Ferragut, Juana (1974, 135) y García Palacios, Ramón (2004, 413).
La aplicación de los decretos desamortizadores en 1836 provocó dos situaciones diferentes:
a) Conventos que mantienen sus comunidades: Santa Clara, Santa Elisabet, Santa Magdalena, Santa Teresa, la Purísima Concepción, Santa Catalina de Siena y La Concepción.
b) Exclaustraciones con supresión definitiva de la comunidad: Santa Margalida, Nuestra Señora del Olivar, Nuestra Señora de la Misericordia y Nuestra Señora de la Consolación. En este caso se produjo la pérdida definitiva de los inmuebles para uso conventual y las monjas que los ocupaban fueron obligadas a recluirse en otros conventos.
La representación de las órdenes establecidas en Palma se mantuvo a raíz de la desamortización, aunque desparecieron casi la mitad de los conventos femeninos. La causa fue que las leyes desamortizadoras establecieron que en la ciudad sólo se podría mantener un solo convento de cada orden. En virtud de la ejecución de estas leyes fueron demolidos los conventos de la Consolación, la Misericordia, Nuestra Señora del Olivar y una parte de Santa Margalida (Ferrer, 2002)9. El patrimonio mueble que albergaban estos centros fue trasladado a otros conventos e instituciones y algunos bienes fueron adquiridos por particulares. No obstante, muchas piezas desaparecieron para siempre y sólo conservamos referencias a través de los inventarios que se realizaron para las subastas.
Los conventos de clausura localizados en el centro histórico de Palma forman parte de la imagen de la ciudad y se insertan en un contexto marcado por el incremento del interés hacia el patrimonio y por el auge del turismo cultural. A la vez, están inmersos en una situación de crisis generalizada que les afecta de manera desigual según el convento. La necesidad de superar esta crisis y de crear y diversificar productos turístico-culturales en el centro histórico puede ser un punto de partida para reconducir su situación y favorecer su continuidad en el marco de la ciudad.
Estas instituciones religiosas tienen imponentes fábricas de gran significado en el centro histórico pero, hasta el momento, han permanecido ajenas a las dinámicas turístico-culturales de este sector de la ciudad. El rico testimonio que representan estos conventos y su localización privilegiada, no concuerda con el papel que actualmente detentan en la urbe, con la que apenas mantienen ningún diálogo, manteniéndose como enclaves cerrados, ajenos a la vida y dinámicas urbanas próximas. En la imagen colectiva estos centros se perciben como espacios cerrados e introvertidos y son totalmente opacos y desconocidos, no solo para los turistas sino también para los ciudadanos residentes en Palma. Aunque ocupan una superficie elevada en el contexto de la ciudad, se perfilan como fronteras dentro de ella, como si se tratase de elementos antiurbanos (Pérez Cano; Mosquera, 2007)10. Los conventos de clausura palmesanos tienen fachadas muy elevadas, casi sin vanos, y si los hay están trazados a gran altura, alejados de la vista del transeúnte y protegidos con rejas y celosías que impiden la vista en ambos sentidos y acentúan esa sensación de espacio cerrado, de mundo ajeno al entorno que le rodea. En ocasiones, su perfil estructural también se rodea de enormes muros que acentúan la separación entre convento y ciudad, entre ciudad y microciudad. La entrada a estos conventos es impracticable, ya que las comunidades que los ocupan sólo permiten el acceso al espacio ocupado por sus iglesias. Su declaración como BIC debiera permitir el acceso a su interior en determinadas ocasiones pero, sin embargo, la administración competente haciendo uso de sus capacidades ha optado por la opción de dispensarlos de tal obligación al considerar la dificultad de coordinar la visita pública con el modo de vida de los integrantes de la comunidad, orientado a la vida contemplativa11.
La crisis que atraviesan los conventos palmesanos, y que afecta al sistema conventual en general con independencia de las órdenes, se refleja tanto en las características de las comunidades como en la escasa relación que tienen con la sociedad. Esta crisis se relaciona fundamentalmente con los cambios sociales y con la reducción en el número de vocaciones. Entendemos que la gestión de los conventos siempre ha dependido de la aportación de otros agentes tanto seculares como religiosos, pero en los últimos años el vínculo que relaciona la vida monástica y la secular se ha debilitado considerablemente (no rentas, no ayudas, no limosnas, no donativos…). A esto se une la reducción en el número de entradas, con lo cual tenemos un panorama general de comunidades muy reducidas y envejecidas, aunque según el convento varía la media de edad en función de si reciben o no monjas procedentes de otros países. Una situación que es radicalmente opuesta a la registrada en otras etapas caracterizadas tanto por mayores ingresos como por un excedente de religiosas que, sin duda, fueron elementos que contribuyeron a la permanencia de los conventos12. La principal consecuencia de todo este proceso marcado por la crisis ha sido el cierre de los conventos, la clausura de las clausuras.
Estas circunstancias adversas son las causantes de que en Palma se haya abierto el debate sobre el papel que desempeñan los conventos de clausura en la ciudad y sobre sus problemas de continuidad. Un debate que en los últimos tiempos se ha agudizado a raíz del cierre y abandono en 2014 del convento de San Jeroni, una institución centenaria y con presencia ininterrumpida en la ciudad desde la Edad Media. Por tal motivo, y aunque todavía no se ha realizado un diagnóstico de la situación, comienzan a plantearse las primeras hipótesis de posible colaboración entre la ciudad y los conventos, al entender que esto sería beneficioso para ambas partes. Por un lado, si los conventos se integraran en la oferta cultural de la ciudad se incrementaría la oferta monumental visitable y, a la vez, la marca conventual podría aportar originalidad a Palma como destino. Por otro, los conventos resolverían sus problemas de mantenimiento de los edificios y asegurarían la calidad de vida de las religiosas que los habitan.
En este momento la oferta monumental de Palma se encuentra limitada al patrimonio más singular y, en términos espaciales, a una porción reducida del centro histórico. Proporcionalmente son pocos los monumentos adaptados para la visita pública en relación a todos los que están declarados BIC. Los más destacados concentran el mayor porcentaje de visitas, a la cabeza de los cuales está la Catedral, apreciándose en determinadas épocas del año indicios claros de saturación turística alrededor de estos monumentos (Forteza, 2015).
Las clausuras forman parte de esta realidad monumental del centro histórico de Palma y, a excepción del convento de Santa Magdalena, todas están declaradas BIC (fig. 3). Además, todas se sitúan en lugares de alta densidad turística. Los conventos de San Jeroni y Santa Clara se localizan en un área rehabilitada y gentrificada (la Calatrava); el convento de la Concepción está ubicado en las inmediaciones de un área renovada y comercial (Jaume III); y los conventos de Santa Teresa, Santa Magdalena y la Purísima Concepción se encuentran en las proximidades de un área intensamente turistizada (sector Rambla-Borne) (fig. 4).
La localización de estos conventos es privilegiada en relación con sus posibilidades de visita o con la puesta en marcha de iniciativas orientadas al mercado turístico. No obstante, en la actualidad únicamente se puede disfrutar el exterior de estos monumentos y de manera parcial pues, en la mayoría de los casos, las vistas de los conventos están protegidas con la presencia de elevados muros. Su contribución al producto turístico ciudad histórica estriba en su componente externo, que ayuda a configurar el ambiente histórico o historicista de diferentes sectores urbanos. Por tanto, tenemos materia prima de calidad que reúne todas las condiciones para constituir un hito turístico: singularidad, exotismo, monumentalidad y legibilidad, pero falta el elemento principal que es la adaptación para la visita pública. Por el momento, la función primigenia de las clausuras condiciona por completo sus posibilidades de uso y su valorización como recursos turísticos (Calle Vaquero, 2002).
Por todo lo expuesto en relación con la problemática por la que atraviesan los conventos de clausura de Palma entendemos que la situación actual es compleja. No dudamos que la gestión del patrimonio se demuestra como un elemento fundamental para enfrentar su futuro y, a la vez, puede ayudarles a establecer vínculos con la sociedad actual que les permita darse a conocer y ser de su tiempo. La clave está en conocer si estos conventos tienen capacidad para adaptar parcialmente su funcionalidad en el nuevo contexto de impulso del turismo cultural sin que esto afecte mucho a su cotidianeidad, centrada en la oración y en la vida contemplativa.
La huella que han dejado los conventos en el urbanismo palmesano, la monumentalidad que les caracteriza y su larga permanencia en la ciudad, al margen de cuestiones más puramente religiosas, deberían ser razones suficientes como para comenzar a buscar soluciones a la situación actual de estos conventos y para plantar nuevas alianzas entre los conventos y la ciudad que favorezcan a ambas partes. Los conventos pueden ayudar a la ciudad y la ciudad a los conventos. El establecimiento de relaciones entre las dos instancias permitiría que los beneficios fluyeran en doble dirección: la ciudad podría corregir parte de sus deficiencias y desequilibrios y los conventos solucionarían sus problemas de mantenimiento. De este modo, la inclusión de los conventos de Palma en la vida y en las dinámicas turísticas de la ciudad parece perfilarse como una alternativa viable para su futuro. Además, por primera vez en su historia y en el contexto del reciente debate sobre el presente y futuro de estas instituciones, comienzan a oírse voces de expertos y personas implicadas que plantean la posibilidad de hacer compatibles nuevas funciones con la vida en clausura, sin perder de vista la posibilidad de poner en marcha los mecanismos adecuados para evitar una pérdida de su esencia cultural y religiosa.
Tal y como ha sucedido en otros lugares, las nuevas propuestas para los conventos de Palma se pueden plantar en consonancia con el desarrollo del turismo cultural. La importancia del patrimonio como elemento fundamental de la imagen de la ciudad, el auge alcanzado por este tipo de turismo en Palma y los buenos resultados que esta relación ha supuesto en otros territorios, constituyen una garantía de éxito para la continuidad de las clausuras palmesanas13. Estas son susceptibles de convertirse en un futuro en importantes recursos para el turismo cultural tanto por su consideración monumental como por las connotaciones que puede tener su visita. En contrapartida, se podría mejorar la calidad de vida de las religiosas y la experiencia turística global, conservando en las mejores condiciones el recurso patrimonial, el convento, pero sin interferir en el modo de vida de las monjas y tratando siempre de respetar el principio básico de que el buen uso del patrimonio es la garantía de su conservación.
En este sentido, consideramos importante y prioritario conservar y transmitir la vida religiosa que, desde hace muchos siglos, ha discurrido entre los volúmenes y vacíos de los conventos de clausura de Palma, donde siempre ha habido una intensa interacción entre los individuos y la arquitectura. Estamos de acuerdo con Pérez Cano (1996) en que el vínculo entre los conventos y su función es clave para garantizar su continuidad. No obstante, el mantenimiento de su función tradicional como centros de vida contemplativa no tiene porque impedir la inserción de nuevas funciones. Las experiencias de apertura de variados signo y nuevos usos que ya han sido llevadas a cabo en otros conventos españoles y del extranjero pueden constituir un ejemplo a seguir. Algunas de ellas pueden constituir una solución a unos edificios en grave riesgo de desaparición y contribuir al debate en una ciudad que, sólo en los últimos años, ha comenzado a pensar en el futuro de este rico patrimonio religioso.