Arte y espacio público. Reflexiones sobre una dicotomía norte/sur global

Everardo Camacho Íñiguez
Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño. Universidad de Guadalajara (México)
https://orcid.org/0000-0002-6190-3938
Carmen Elisa Gómez Gómez
Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño. Universidad de Guadalajara (México)
https://orcid.org/0000-0003-2106-5367
Vol. 13, Issue 25, 2024, pp. 121-152
DOI: 10.22530/ayc.2024.25.732

Resumen

Gran parte de los estudios relacionados con las manifestaciones culturales y artísticas en espacios públicos, así como los criterios contemporáneos que dan importancia al desarrollo de la dimensión humana en la planificación de las ciudades, parten de la epistemología del norte global, desde una tradición académica primordialmente europea y norteamericana. Se estudian algunas condiciones de los escenarios públicos para el arte, algunas comunes y otras dispares, tan distintas como las geografías y los territorios que los albergan, que son reflejo de las realidades socioeconómicas. Se pretende reivindicar el discurso de Lefebvre y otros autores contemporáneos en el sentido crítico del rol de lo urbano ante las hegemonías neoliberales y en pro de una sentencia utópica que involucra y pone énfasis en el constructo social, así como las capacidades del arte en los procesos cotidianos de transformación y desarrollo del espacio público concebido, practicado e imaginado, en términos vivenciales-artísticos y de transformación social. Se abordan marcos amplios, como la nueva agenda urbana promulgada por las Naciones Unidas (2020), los derivados de la Coalición Internacional para el Hábitat y el aporte hacia el Objetivo para el Desarrollo Sostenible 11 “Ciudades y comunidades sostenibles”. Son también básicos en este estudio los pensamientos de autores como Harvey, Soja, Delgado, Wallerstein y Dussel, entre otros, para el análisis de las más evidentes dicotomías entre el norte y el sur global y su relación con la ciudad y el espacio público.

Abstract

Much of the studies related to cultural and artistic manifestations in public spaces, as well as contemporary criteria that give importance to the development of the human dimension in city planning, are based on the epistemology of the global north, from a primarily European and north american academic tradition. Some conditions of public scenarios for art are studied, some common and others disparate, as different as the geographies and territories that host them, which are a reflection of socio-economic realities. The aim is to vindicate Lefebvre and others contemporary authors´ discourses in the critical sense of the role of the urban in the face of neoliberal hegemonies and in favor of a utopian sentence that involves and emphasizes the social construct, as well as the capacities of art in the daily processes of transformation and development of public space conceived, practiced and imagined, in experiential-artistic terms of social transformation. Some frameworks are addressed, such as the New Urban Agenda promulgated by the United Nations (2020), those derived from the Habitat International Coalition (HIC) and the contribution towards Sustainable Development Goal 11 “Sustainable cities and communities”. Also basic to this study are the thoughts of authors such as Harvey, Soja, Delgado, Wallerstein and Dussel among others, for the analysis of the most evident dichotomies between the global north and south and its relationship with the city and public space.

Palabras clave: espacio público, arte, norte/sur global, transmodernidad.

Keywords: public space, art, global north/south, transmodernity.

1. Introducción.

La intención de los autores es la de visibilizar y establecer relaciones entre conceptos, teorías y estudios que versan respecto de las diferencias de dos escenarios geopolíticos con importantes disparidades socioeconómicas observables en los diferentes instrumentos de medición de calidad de vida a nivel global con subsecuentes estrategias que no alcanzan su operatividad en la praxis. Históricamente, desde al menos el siglo XV, las potencias primero europeas y después también la norteamericana, han marcado la pauta de la civilización, la economía, la cultura, la educación y el arte. Un escenario centrado en procesos colonizadores que no acaban de terminar a pesar de independencias y revoluciones; la hegemonía e influencia de estos países, llamados en algunos ámbitos primer-mundistas, países centrales o del norte global, se ha visto reflejada también en las propuestas académicas, teóricas y conceptuales con respecto del diseño de las ciudades y sus espacios públicos, en donde el aura neoliberal de capitalismo exacerbado, voraz e insaciable, considera cualquier negativa a sus imposiciones como un ataque directo a sus intereses.

Así, como indica Castells (1987) este sistema tiene como condición sine qua non el “asegurar los rendimientos y elevar siempre la ganancia, sin perturbar la apropiación e inversión de los beneficios”. Un modelo de desarrollo capitalista potenciado por los flujos de las tecnologías de la información y la comunicación. Lo anterior, en un marco denominado también globalización (Bauman, 1998) como escenario de las dinámicas enunciadas, con reglas de operación ideadas desde instancias internacionales (ONU, OCDE, BM, FMI) que no han podido (si es que es ésa su verdadera intención) acotar la brecha económica entre países y territorios; la asistencia social no es compatible con la gestión del capital, de la producción y la ganancia que si bien no es medible en términos pecuniarios, lo será en términos de generación de dependencias comerciales, industriales y culturales.

Las formas de expansión, de crecimiento y desarrollo de las ciudades latinoamericanas por ejemplo, han seguido los criterios de los monopolios académicos del norte global y que en la práctica “tienden a converger en un modelo único de ciudad” (Mattos, 2006) con sus inherentes propuestas sobre movilidad, policentralidades y la consecuente fragmentación de la ciudad en una suerte de palimpsestos (Harvey, 2000) que generan renovaciones –como la gentrificación– en favor de la inversión y reinversión del capital visibilizada en la especulación inmobiliaria. Aquí, el espacio privado o privatizado tiene primacía sobre el público; la plaza comercial sobre la plaza tradicional, el centro comercial sobre el “tianguis” al aire libre (del náhuatl: tiankistli, mercado). El espacio público, la producción de este y su precepto legal en términos de “derecho a” categorizado por Lefebvre, se ve atacado, condicionado, sometido por las presiones de los intereses mencionados.

Ni el espacio público, ni las condiciones socioeconómicas, ni las condiciones geográficas, ni los escenarios de identidad o culturales, son los mismos en Oslo, Nueva York, Londres, que en Ciudad de México, Guadalajara o San Salvador. Hay siempre pretensiones de copia y mimetización de los proyectos y pensamientos de los gurús internacionales. Es como pretender establecer criterios para una ciudad “de los 15 minutos” de Carlos Moreno (DUPO, 2023) en cualquier urbe latinoamericana. De igual manera, el concepto de la ciudad emocional y humana de Gehl (2014) es concebido también desde el norte, desde sus criterios y paradigmas, que no son los del sur, pero muy aplaudidos en aquellas latitudes. No se pretende aquí denostar las posturas y propuestas del norte por el sólo hecho de su proveniencia, sino el reflexionar sobre su injerencia en dinámicas y escenarios locales, pero de manera crítica ante un sistema que es amenazante para el ser humano y para el planeta mismo.

Si bien los argumentos de los estudios y tendencias de países desarrollados ubicables por encima de la línea de Brandt (Estenssoro, 2023) son parámetros de abordaje, las realidades locales –sostenemos– deben prevalecer por encima de simples adecuaciones a propuestas eurocentristas o norteamericanas. Los autores creemos que es necesaria una emancipación de presiones y escenarios de “ajuste” a los ritmos del sistema capitalista neoliberal y el incipiente capitalismo académico (Slaughter, 2001). Estas presiones son también evidenciadas en los estudios, como veremos, sobre el “sistema-mundo” de Immanuel Wallerstein, y desde un enfoque superestructural, ético, desde la transmodernidad de Enrique Dussel y de Rodríguez Magda.

De manera preliminar creemos que, aunque derivados de las visiones hegemónicas, pensadores de aquellas geografías como Debord, Lyotard, Foucault, Baudrillard, Gramsci, Harvey, Ascher y otros, han magistralmente nutrido el enfoque social hacia la equidad en términos socioeconómicos, filosóficos y culturales, en pos de un humanismo incómodo para el neoliberalismo económico, así como lo es la salvaguarda de los ecosistemas; expertos que desde finales de los años sesenta pugnaron por contrarrestar los procesos de exclusión y de sobre-acumulación del capital del nuevo orden mundial y sus afectaciones en el tenor urbano y social.

El espacio público es afectado por estos procesos, así como son las formas de vida de las clases trabajadoras que sucumben al consumo y las inherencias narcisistas y hedonistas implícitas del gran sistema. Los usos y las características del espacio público son interpelados; la plaza como ágora y sus capacidades políticas se ven mermadas y son sólo quizás reivindicadas mientras son tomadas (en ocasionas por la fuerza) por la gente para протестар por los malestares comunes, por la violencia e inseguridad, la discriminación, el racismo, la pobreza, la exclusión y la corrupción de los Estados fallidos.

A su vez el arte, que enriquece los espacios de y para la gente con sus manifestaciones, ve disminuido su potencial al ser pensado como mero elemento accesorio de la cultura; el cada vez menor recurso público destinado a la cultura y las artes en la gran mayoría de los países es un ejemplo inequívoco (ONU, 2016), y con la misma inercia contextual global, las propuestas artísticas contemporáneas se corresponden a las temáticas lúdicas y vacías, sinsentido, sensacionalistas agradables también para el sistema. Con ello, no queremos decir que no es necesario lo lúdico en el tiempo del ocio, pero votamos por equilibrar con la propuesta y promesa de un arte liberador, que inspire a la reflexión en un ocio de tipo activo, autotélico, kairótico, socialmente útil y dimensionalmente creativo; una reflexión -también incómoda para el sistema- que para doctos y legos, guíe hacia una metanoia urgente y necesaria para despertar conciencias que reclamen el espacio público (ya el término “derecho a” implica una lucha política). El disfrute y empatía desde y hacia un arte que como lo hizo el muralismo mexicano, inspire un cambio anhelado por siglos hacia una verdadera libertad y justicia democrática que aminore las desigualdades.

Las dicotomías son evidentes y se materializan en inequidades socioeconómicas, raciales, de género, de clase. Las historias, contextos, paradigmas, identidades, proxémicas, alteridades son diferentes en el norte y el sur global. Las hegemonías epistémicas y el neoliberalismo no han hecho más que crear miseria y desigualdad en escenarios ahora ecológicamente insostenibles.

Habrá que rescatar el espacio público desde una auténtica cosmovisión latinoamericana liberada de esas presiones y desde un arte que manifieste sus capacidades de transformación social (desde la plástica, la escena, la música) y que proponga y promulgue un sentido verdaderamente humano de la realidad y la existencia, para crear esa “ciudad para la gente”, pero no la de allá, ni para el turista, sino la que habita aquí y ahora.

2. Metodología.

En primera instancia y para efecto de contextualización, se plantea un abordaje desde diversos conceptos y teorías, que han estudiado una dicotomía o sesgo mundial evidenciado a través de las relaciones de poder e influencia (político, económico, cultural) históricamente asentadas a partir de los procesos de colonización y que, a la fecha, se presentan como graves desigualdades económicas y culturales entre los países de un norte privilegiado y un sur sometido. Lo anterior, con el objetivo de plantar un escenario global que influye en los diferentes ámbitos del quehacer humano y, en el sentido que nos apremia, con respecto de la ciudad en sus espacios públicos. En un segundo momento, abordaremos algunas ideas sobre la función del arte y la trascendencia de su manifestación en estos, con la intención de categorizar su importancia como ambos elementos (el arte y el espacio público) con capacidad de contribuir en el desarrollo integral de los ciudadanos de una urbe en tanto su influencia en el pensamiento crítico, reflexivo, de generación de comunidad e identidad.

Paradigmas diferentes requieren de abordajes diferentes. El espacio público y el arte no son ajenos a las dinámicas de la globalización y el neoliberalismo económico; la homogeneización de paradigmas que se sucede a nivel mundial es un indicador de la influencia de la hegemonía europea y la norteamericana, en términos de modelos, formas y expectativas de vida, de consumo, de interacción social, de corte socioeconómico, académico y cultural. Es pues, un ejercicio de entrecruce de referencias para reflexionar de manera crítica acerca de los complejos paradigmas actuales.

3. Dicotomía y polarización.

Si bien las desigualdades se manifiestan en todas las geografías en un territorio-nación, “la desigualdad nace con la ciudad, que a lo largo de su historia ha sido productores y reproductora de la diferenciación entre ricos y pobres” (Paquot, 2006; Secchi, 2015), pues “es en la mezcla del espacio con las prácticas cotidianas de apropiación donde toda la desigualdad se concretiza (Secchi, 2015).

Lo global impacta en la apropiación de estructuras urbanas por parte de las clases privilegiadas en la era neoliberal de la ciudad (Sassen, 1999 y 2015). A nivel mundial, el capitalismo neoliberal implica una polarización de las estructuras espaciales y de clases (Harvey, 2011; Delgadillo 2016), pues siempre habrá ganadores y perdedores, siendo los últimos, los más.

Sin caer en una postura maniquea, es evidente que existe una diferenciación dicotómica entre las países algunas vez llamado del “primer mundo” en contraste con los “subdesarrollados” o del “tercer mundo”, que aunque son términos originados para definir a los bloques de la guerra fría (los del tercer mundo quedaban fuera de los bloques occidental y comunista) -según propuesta del economistas francés Alfred Sauvy en 1952-, siguen siendo utilizados para clasificar en función de sus indicadores macroeconómicos derivados de datos como el producto interior bruto PIB o incluyendo el per capita o bien de manera más holística y certera, un índice del desarrollo humano (IDH). El término “segundo mundo” dejó de utilizarse tras la desintegración de la Unión Soviética en 1991.

Es, en este sentido taxonómico, más certera la “teoría de los tres mundos” no la filosófica de Karl Popper, sino la doctrina geopolítica fomentada por el Partido Comunista de China en los años setenta con Mao Zedong & Deng Xiaoping (Laufer, 2020). Esta conceptualización nominativa ha integrado a un “cuarto mundo” en la óptica mundial para nombrar a países sumidos en la extrema pobreza, la marginación y el riesgo social, aunque debemos destacar que estos estadios de pobreza multidimensional existen también en comunidades y zonas marginales de países subdesarrollados e incluso desarrollados (OPHI, 2023), colonias deprimidas en zonas metropolitanas derivadas de la fragmentación urbana en donde lo insalubre, la pésima calidad de vida y la pobreza económica y cultural son más que evidentes. También podemos aquí incluir a los pueblos tribales e indígenas que habitan en países del “primer mundo” (Briones, 1998).

La pregunta es, ¿y qué del espacio público en esos contextos marginales? Es vigente la lucha (la mayoría de las veces estéril) por lograr estas utopías que pugnan por el bien común y la repartición equitativa de la riqueza a través del trabajo bien retribuido y el reflejo de acciones de gobiernos responsables y honestos observables en el incremento de la calidad de vida, los servicios de salud, agua, etc., que se han expresado ya y de manera muy puntual en los 17 ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU, 2015); sin embargo, el proceso de desarrollo y cumplimiento de metas es lento, en ocasiones desesperanzador y frenado de manera importante por la pandemia Covid19 en 2020 y 2021.

Los organismos internacionales reconocen bien la polarización y dicotomías a las que nos referimos. De hecho, el Reporte 2023/2024 de Desarrollo Humano (UNDP, 2024) tiene como subtítulo Reimagining cooperation in a polarized world, a 30 años que se introdujo el término “seguridad humana” (1994) como aquello que le permite a la gente estructurar su vida digna libre del miedo y según sus deseos de progreso. En el informe hay cifras y esquemas alarmantes sobre los graves problemas de un mundo dividido, como en el caso de los procesos migratorios (migración forzada) por causa de guerras (y el aumento de muerte derivada de éstas), miedo, amenazas y búsqueda de mejores escenarios de vida, así como el aumento de decesos por causa del cambio climático, el aumento de traslado de recursos -a paraísos fiscales- y la desaceleración en la lucha contra la pobreza mundial. El panorama no es prometedor.

La pandemia Covid-19 nos enseñó, por fuerza, las bondades de la tecnología para el trabajo a distancia, pero también nos mostró las secuelas del encierro en donde “…people suffered further from increased mental health burdens due to loneliness and domestic abuse…” (Brandt et al, 2022), el incremento de los niveles de estrés y depresión están bien documentados y, con la enclaustración, nos dimos cuenta de la importancia de una anhelada interacción personal y el disfrute del espacio público; las distópicas visiones urbanas “muy al estilo plástico de Giorgio De Chirico” fueron esclarecedoras. El Banco Mundial muestra de manera paralela, que la deuda externa de los países ha aumentado de manera consistente y la lucha contra la pobreza se ha estancado a pesar de los esfuerzos internacionales y la caída del crecimiento económico. (BM, 2023)

Todos los países tienen sus áreas “rojas” de pobreza y desigualdad, pero definitivamente es en el sur global en donde más personas viven en situación de pobreza. Se escribe desde las Naciones Unidas:

Aproximadamente, cinco de cada seis personas en situación de pobreza viven en África Subsahariana (534 millones) y en Asia meridional (389 millones) … Si bien el progreso en la erradicación de la pobreza extrema ha sido gradual y generalizado, la persistencia de la pobreza, incluida la extrema, sigue siendo una preocupación importante tanto en África como en los países menos desarrollados, en los pequeños estados insulares en desarrollo, en algunos países de ingresos medios y en los países en situaciones de conflicto y posconflicto.

Los ODS (Objetivos para el Desarrollo Sostenible) fueron establecidos en el año 2015 como una iniciativa más (la fórmula anterior fueron los Objetivos del Desarrollo del Milenio en el año 2000 –Declaración del Milenio de la Organización de las Naciones Unidas-) para luchar de manera consensuada y participativa en contra de la pobreza en busca de una prosperidad mundial, así como la protección del planeta, en el corpus de una agenda. En proceso de revisión, sobre todo por el retroceso observado tras el COVID19, se desarrolló en septiembre de 2023 en Nueva York una Cumbre con resultado en una declaración política para acelerar el logro de la agenda. Por su parte, en nuestra región, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, CEPAL (2023) declara:

Aunque destacamos la reducción de la pobreza en 2022, no hay razones para celebrar. Más de 180 millones de personas en nuestra región no cuentan con ingresos suficientes para cubrir sus necesidades básicas y, entre ellas, 70 millones no tienen ingresos para adquirir una canasta básica de alimentos. En total, casi un tercio de la población de la región vive en situación de pobreza, porcentaje que se eleva a 42,5% en el caso de la población infantil y adolescente, una realidad que no podemos tolerar.

De este modo, las desigualdades en el mundo se manifiestan en esta comparativa de los diferentes niveles de calidad de vida, en donde es evidente e innegable la consecuencia de una relación histórico-colonial de sometimiento e influencia hacia las relaciones de trabajo, explotación de los recursos de los países colonizados, la industria, el comercio y todos los elementos que desde la economía, benefician a unos pocos y afectan negativamente a muchos otros, cuyo estudio inicia de forma contundente con la obra de Smith La riqueza de las naciones de 1764, documento fundador de la economía clásica y del liberalismo económico.

Las desigualdades de un mundo económicamente polarizado parten del colonialismo de los siglos XV y XVI así como del imperialismo del siglo XIX y los efectos de la revolución industrial. Hoy, las colonizaciones son más bien (aunque hay sus excepciones militares) comerciales y culturales -potenciadas por las tecnologías de la información y la comunicación-, el flujo del capital y la seducción de los bienes de consumo, con las inequidades que todo esto conlleva, que serán señaladas por pensadores como Jeremy Bentham y Joseph Schumpeter, o desde las teorías demográficas de Malthus o las predicciones pesimistas de Edmund Burke en Pensamientos y detalles sobre la escasez de 1825. Desde los planteamientos de Carlos Marx se alimentarán estudios y conceptos que durante el siglo veinte pugnarán por un cambio en las teorías del desarrollo a favor de un enfoque más humanista, social.

4. Transmodernidad, alteridad y espacio público.

Uno de estos enfoques es la llamada transmodernidad, neologismo impulsado por Enrique Dussel, que señala las “herencias nefastas” de los países colonizados que sufren de la occidentalización (europea y americana) de los estilos de vida y que sobrepasan la economía, en función de una “colonialidad del poder, del saber y del ser” (Lind, 2003 citado por Córdoba, M. E. & Vélez‒De La Calle, 2016).

La transmodernidad sopone el reconstruir identidades en y desde el contexto latinoamericano, implicando una disrupción decolonial que excluye el eurocentrismo y la influencia norteamericana, Para Dussel este proyecto no es el resultado o la consecuencia de la relación histórica modernidad–posmodernidad (como lo es para Rodríguez Magda, ya que para él ambos conceptos son, de hecho, eurocéntricos (Dussel, 2015). Este neologismo surge para comprender un nuevo paradigma histórico con fundamento en lo que el autor define como Filosofía de la Liberación en un proyecto alterno y paralelo a la modernidad y a la posmodernidad que exige un grado de utopía para muchos irrealizable.

Los conceptos que se manejan en forma paralela a la transmodernidad son los que más nos atraen desde la importancia y enfoque hacia el espacio público (y el arte); el de “alteridad” y el de “analéctica”. El primero, como la presentación, representación y aceptación del “otro”; una alteridad que “representa una voluntad de entendimiento que fomenta el diálogo y propicia las relaciones pacíficas” (Durango & Rodríguez, 2013). El encuentro con el “otro” es básico en el espacio público, es una unión relacional que permite el diálogo y la escucha en términos experienciales, comunitarios e identitarios, en donde el “otro” es quizás extraño, pero aquí lo extraño no produce miedo, no desde la xenofobia, no desde la aporophobia.

El otro puede ser diferente pero es a la vez uno mismo; en esto radica el pensamiento utópico ideal en términos sociales, en donde la tolerancia se transforma en aceptación, es decir, una “apreciación positiva de la diferencia, que acepta al otro como poseedor de una perspectiva que puede enriquecer al yo (González, 2009) en términos de relaciones éticas, afectividad y emoción (empatía) humanas, que incluye la disposición de entender al que sufre, al que suplica a una sociedad hoy por hoy más bien insensible. Este sentido de conciencia hacia el otro es estudiado por Tzvetan Todorov en su influyente texto “Nosotros y los otros, reflexión sobre la diversidad humana” de 1989.

El concepto de alteridad, para Dussel (1974) proviene de la “analéctica”:

La filosofía de la liberación, a través de la analéctica, pretende pensar al otro desde su irreductible distinción y, en ese sentido, la realidad que le interesa es la palabra del otro, aquella que parece incomprensible para el logos de la totalidad (Dussel, 1974).

De este modo, siguiendo a (González, 2014) la analéctica “es el método que se propuso para un renovado estudio de la ética, uno que reformula la relación del pensar con la cotidianidad, uno que permite traspasar ese límite, por ello, para Dussel, la analéctica es un método crítico–liberador”. Mediante la analéctica, es posible respetar la voz del otro, del «oprimido», es posible interpretar los hechos históricos donde también se muestre “la exterioridad de la voz del pobre, del otro que irrumpe en la totalidad «civilizada» (Dussel, 1974) De esta manera, la analéctica incorpora una nueva posibilidad en la construcción del conocimiento, a través de la percepción de aquellos que son diferentes. Es, según Dussel, ver y comprender al otro desde el género, la educación y la política.

La transmodernidad sería entonces un principio, un momento histórico de reivindicación, de emancipación, de ataque filosófico (liberación) del último momento de la modernidad (la posmodernidad) occidental, dominada como comentamos, por la revolución tecnológica, la victoria del capitalismo neoliberal en un contexto global como verdad y paradigma, una verdad occidental que “ha sido la causa de la barbarie, asesinato e injusticia que ha caracterizado el devenir histórico de estos pueblos periféricos (Erazo, 2012) desprecia dos, invisibilizados desde una condición humana sin libertad real, sin sentido o potencia política (Arendt, 1958).

No hay acción política sin humanismo. Es decir, toda acción política necesita un humanismo, una antropología, “una filosofía social que funde, que basicamente su construcción prudencial. Sin un cuerpo de pensadores todo movimiento político está llamado al fracaso, a caminar sin ruta, como si fuera un ciego” (Dussel, 1973).

5. Sistema mundo, lo central y lo periférico.

Dentro de las teorías que intentan explicar las dinámicas actuales a través de procesos históricos en función de correlaciones socioeconómicas, de poder, influencia y hegemonía, se encuentra la del “sistema-mundo” de Immanuel Wallerstein (1930-2019) con posible derivación analógica en “economía-mundo” (capitalista), definiéndose como:

[...] una gran zona geográfica dentro de la cual existe una división del trabajo y por lo tanto un intercambio significativo de bienes básicos o esenciales, así como un flujo de capital y trabajo. Una característica definitoria de una economía-mundo es que no está limitada por una estructura política unitaria. Por el contrario, hay muchas unidades políticas dentro de una economía-mundo, tenuemente vinculadas entre sí en nuestro sistema-mundo moderno dentro de un sistema interestatal (Wallerstein, 2005).

Y lo ubica históricamente argumentando que “a finales del siglo XV y principios del XVI, nació lo que podríamos llamar una economía-mundo europea. No era un imperio, pero no obstante compartía con él algunas características. Pero era algo diferente y nuevo. Era un sistema social que el mundo en realidad no había conocido anteriormente y que constituye el carácter distintivo del moderno sistema mundial (Wallerstein, 1974). El autor toma, desde el pensamiento de Raúl Prebisch y la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) después de la segunda guerra mundial, preceptos como el concepto dual central-periférico para la comprensión de un mercado de tipo mundial, en donde los países periféricos (colonizados) han estado siempre en desventaja ya que “no sólo no han recibido parte del fruto de la mayor productividad industrial, sino que no han podido retener para sí el provecho de su propio progreso técnico” (ONU, 1973).

Existe así una histórica diferenciación (de 500 años) que ha ido evolucionando desde la colonización iniciada con el descubrimiento del “nuevo mundo” en el siglo XV, un “descubrimiento” que ocasionó el ascenso de Europa (Blaut, 1993) y a través de las inacabables independencias y revoluciones que han sido parte de un lento proceso de emancipación (si acaso) de control político, pero no así económico y de mercado, magnificado después por las resultas de las revoluciones industriales y la nueva colonización (imperialismo) del siglo XIX, las guerras del siglo XX y sus recesiones, así como la consequente re-estructuración geopolítica (y económica por supuesto) a favor de los países vencedores y, en tiempos más contemporáneos, la impronta tecnológica y de comunicación que acelera a partir de los años 1970 estas relaciones económicas y de mercado. En todo este periodo histórico, Europa primero y después también Estados Unidos, marcaron los principios civilizatorios de dominación también cultural e ideológica.

Beens (2018) comenta que “Wallerstein estima el origen del capitalismo en suelo europeo en el siglo XVI, producto de la decadencia de la sociedad feudal, momento en que inicia un desequilibrio comercial que propiciaba la acumulación y el enriquecimiento de unas naciones, explotando los bienes naturales y la mano de obra de otros países, lo que dificulta el desarrollo de estos últimos y que da paso a un sistema-mundo integrado, basado en la lógica del mercado y el beneficio”; y continúa diciendo que “la teoría del sistema-mundo adopta las teorías de Karl Marx sobre la explotación capitalista al escenario mundial”. Según Marx, el capitalismo da lugar a una lucha por la plusvalía, concepto en el que un obrero genera diariamente un valor superior al salario que recibe, de modo que dicho valor se acaba traduciendo en un beneficio para el empresario. Por lo tanto, “en el sistema de explotación capitalista, la burguesía se apropia de la plusvalía creada por el trabajo de la clase obrera” (Marx, 2022).

Los países centrales son entonces los que detentan poder e influencia económica, pero también militar. Son países capitalistas (centrales al tiempo que explotadores desde la teoría marxista) que controlan el mercado (global), naciones ricas con altos índices de desarrollo humano e ingreso per cápita. Para efectos nominales y de manera enunciativa pero no limitativa, según coincidencias de los estudios de Chase-Dunn et al. (2000) y de Babones (2005) serían: Estados Unidos, Alemania, Austria, Bélgica, Canadá, Dinamarca, España, Finlandia, Francia, Irlanda, Italia, Japón, Noruega, Nueva Zelanda, Países Bajos, Reino Unido, Suiza y Suecia, todos ellos en el denominado “norte global” con excepción de Nueva Zelanda, aunque es incluido según la línea de Brandt (ideada a principios de los 80 del siglo XX que divide al mundo en el norte rico y el sur pobre), recordando en este punto que la noción “norte global” es más conceptual en cuanto a jerarquía (sobre todo a partir del siglo XX) que en cuanto a situación geográfica.

El dominio comercial de estos países se traduce en dominio financiero, con implicaciones políticas, militares, culturales. Para muchos estudiosos, China y Singapur tienen ya las características de un país central a partir de sus dinámicas comerciales y geopolíticas de inicios del siglo XXI. Para otros, continúa siendo la punta de los países semiperiféricos.

Por su parte, estos países semiperiféricos como México, Argentina, Brasil, India, Sudáfrica, entre otros, desean su acceso al centro. Son explotados, pero también explotadores (de los periféricos) y ejercen su propia influencia en ellos; estos últimos son los más débiles en términos de mercado y capital, han sido llamados países en vías de desarrollo y se asocian al llamado tercer y cuarto mundo en términos económicos y constituyen el porcentaje más elevado de países en el mundo.

El mexicano Carlos A. Aguirre Rojas, uno de los principales discípulos de Wallerstein, planteó que sus aportes teóricos se pueden esbozar en cuatro líneas principales (2005):

  1. La explicación histórico-crítica de la historia, el desarrollo y los mecanismos globales y funcionales del capitalismo desde el siglo XVI hasta nuestros días mediante la colectivamente aceptada teoría del sistema-mundo.
  2. El análisis crítico de los hechos y realidades del largo siglo XX y su influencia en los procesos históricos en los que estamos inmersos.
  3. El análisis histórico-crítico de los hechos coyunturales y el ejercicio de escenarios prospectivos del actual sistema-mundo, resaltando que este vive la fase B de un ciclo de Kondrátiev (también Kondratieff), iniciado después de 1945 y que experimenta una crisis estructural que iniciando su fase final hacia 2050.
  4. La reflexión epistemológica-crítica de la urgente necesidad de reconfigurar y replantear la estructura parcelada de las ciencias sociales actuales y encaminharlas hacia una perspectiva unidisciplinar.

Por último, estas consideraciones contextuales son imprescindible para reflexionar sobre el devenir histórico (regional, continental o mundial) que deriva en la construcción de paradigmas manifestados en las ciudades, este invento en donde el ser humano habita -en la actualidad, alrededor del 56% de la población mundial, 4.400 millones de habitantes vive en ciudades y aumentará a un 70% para el año 2050 si continúa la tendencia- (BM, 2023) y en donde pretende realizarse de forma holística. De este modo, historia, antropología, sociología, filosofía, economía y planeamiento urbano son ciencias que deben apuntalar los andamiajes teóricos, de corte multi e interdisciplinarios en la planificación urbana y el estudio de la ciudad y sus espacios públicos.

Los retos son tan complejos y multidimensionales como las ciudades mismas. Una grave responsabilidad ética recae en los gobiernos (y en los ciudadanos) e instituciones para detener las presiones de un sistema que está guiando en términos medioambientales, hacia la destrucción.

Es necesario construir ciudades que “funcionen” -que sean verdes, resilientes e inclusivas- requiere una intensa coordinación de políticas y decisiones sobre inversión. Los Gobiernos nacionales y locales desempeñan un papel importante: deben actuar ahora, configurar el desarrollo futuro de las ciudades y crear oportunidades para todas las personas (BN, 2023).

6. La ciudad en el contexto global.

Es común observar en la literatura que el siglo XXI es el siglo de lo urbano. Con la urbanización del sur global parece que el mundo completa lo que Lefebvre (1970, 2022) llamó “la revolución urbana” o en su caso Brenner & Schmid llamaron “urbanización planetaria” (2016). Según el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de Naciones Unidas, Las ciudades seguirán creciendo, sobre todo en los países en desarrollo -sur global- (UN-Habitat, 2023) con sus siguientes acotaciones:

La población urbana ha aumentado de manera exponencial en las últimas décadas –desde 751 millones en 1950 a 4.200 millones en 2018– y continuará con esta tendencia. Según el informe, el crecimiento previsto estará altamente concentrado: el 90% tendrá lugar en los países de África y Asia, y tan solo India, China y Nigeria representarán el 35% con 416 millones, 255 millones y 189 millones de habitantes respectivamente (UN-Habitat, 2023).

En este contexto, las ciudades se han convertido en un campo de experimentación (desde la hegemonía del neoliberalismo económico y la globalización) jerárquico (de arriba hacia abajo en términos de planeamiento) que invitan a reflexionar en sentido crítico las propuestas teóricas y de política urbana surgidas en países del norte global (Sheppard et al, 2013) en donde son “norma”, países desarrollados dominantes y acumuladores de capital. Lo anterior, como hemos manifestado, dentro de un imaginario teleológico dominado por el sistema neoliberal económico, que presiona hacia una eterna y voraz competitividad interurbana como clave para lograr el crecimiento económico a ultranza y hacia la “prosperidad”, situación que ha moldeado históricamente ciudades como Nueva York, Londres, Tokio.

Es prioritaria una reconceptualización de las teorías urbanas desde los lugares de mayor presión (sur global) dadas las tendencias observables de crecimiento urbano. Según el informe de UN-Habitat (2022) las megaciudades presentan núcleos de población de más de 10 millones de habitantes y actualmente hay 43 en el mundo. A la cabeza de ellas, se encuentra Tokio, la urbe más poblada con 37 millones de personas, y, detrás de ella, Nueva Delhi con 29 millones. No obstante, las megaciudades no dirigirán el crecimiento demográfico urbano, sino que serán las urbes con menos de un millón de habitantes, especialmente en Asia y África, las que liderarán la tendencia. Mientras que en las primeras reside una de cada ocho personas, las últimas acogen a cerca de la mitad de la población urbana mundial.

La urbanización es un proceso que tiene que ver con los tres pilares del desarrollo sostenible: el económico, el social y el ambiental. Por ello, los gobiernos deben emprender políticas que mejoren la calidad de vida tanto de los habitantes de las zonas urbanas como de las rurales, al mismo tiempo que fortalecen los vínculos entre ellas. Se trata de que los beneficios de la urbanización sean inclusivos, garantizando que todo el mundo, independientemente de su lugar de residencia, tenga acceso a trabajo decente, cuidados de salud, formación y un medio ambiente seguro.

Aunque la realidad es que (según el reporte) la mayoría de las ciudades –sobre todo las del sur global o de países semi periféricos y periféricos- no podrán alcanzar el triple objetivo de ser: económicamente productivas, socialmente inclusivas y medioambientalmente sostenibles. Por lo menos no desde el neoliberalismo.

7. El espacio público dentro de la dicotomía.

Es extensa la literatura correspondiente al estudio del espacio público; en esencia se trata de un espacio “perteneciente a la gente”, concepto derivado de su raíz etimológica y que se fundamenta también con base en su opuesto, “lo privado”. Así lo “público” nace de un sentido democrático, social, históricamente visibilizado desde el ágora griega. De la misma forma, su concepto establece una relación de uso, un espacio abierto, tridimensional –en este caso acotado desde lo urbano y no lo rural- como escenario espacial de las actividades de los habitantes de las ciudades.

Dentro de los espacios públicos, la plaza toma un rol crucial. La plaza, entendida como “un espacio público destinado a la recreación, el ocio, el disfrute de la población y la generación de cultura” (Ayala-García, 2022). No es tema de esta comunicación el discernir sobre la estructura formal de la plaza o sus componentes morfológicos ideales en términos de equipamiento, diseño, escala, tamaño etc., que coadyuven a la realización del acto social en ella (Gehl, 2014) sino el de esto último, el lugar antropológico y de memoria colectiva desde la experiencia cotidiana (Habermas, 1981), una memoria tanto individual como colectiva (De Certau, 2000), una construcción social, compartida, espaciotemporal, vital (Kuri, 2017). El espacio público fortalece la noción de ciudad. La gente recuerda las ciudades por sus calles, avenidas, plazas, y las experiencias vividas en sus ambientes, nociones que ayudan a construir el imaginario social de la población (Castoriadis, 1975).

En este sentido consideramos al peatón como el principal protagonista de la ciudad. El peatón que transita, ya con la prisa de llegar de un lugar a otro, ya con la pausa positivamente ociosa en el sentido de vivir la experiencia social con la posibilidad del encuentro con el otro, de la apertura a la alteridad desde la libertad y la democracia. El transeúnte que se desplaza como individuo o como familia, o como grupo; que se reúne para la escena política, artística e incluso comercial. El caminante como flaneur baudeleriano; un modelo romántico que es incompatible con la ciudad regida por la velocidad del automóvil, toda vez que es necesario para recorrer las enormes distancias de la ciudad dispersa.

Continuar incorporando desde el proceso de diseño (y a nivel de políticas públicas) características ideales para logras espacios de convivencia y desde premisas derivadas de las características propias de cada entorno, según sus condiciones geográficas, ambientales, culturales, identitarias, por encima de iniciativas que llegan de facto a instalarse provenientes de epistemologías monolíticas desde la experiencia europea y norteamericana, sin tono de desdén, pero priorizando lo local y de forma antagónica hacia las presiones del capitalismo neoliberal. Dadas las dinámicas negativas actuales de las ciudades en términos de inseguridad, pero también de tipo temporal como la prisa y la velocidad que dificultan habitar el espacio público y lo condicionan (por su uso efectivo) como espacio de tránsito únicamente.

El concepto presentado de alteridad dusseliano nos conmina al encuentro “cara a cara” en los espacios públicos como fin experiencial (filosófico), en tanto que Havard (1981) lo define en el tenor de “un agudo sentido del lugar y la historia, un énfasis en la familia y la comunidad local, y una preferencia por las “relaciones sociales cara a cara, más que por las abstractas o las contractuales”.

Esta situación de proximidad es también abordada como requisito para el planeamiento y edificación de los espacios públicos de calidad, aunque no necesariamente desde el enfoque sociológico, la Un-HABITAT propone que “el espacio público tiene que ser de escala humana para respetar y responder a los valores, sensibilidades y aspiraciones de la gente” (UN-Habitat Nueva Agenda Urbana, 2020). UN-Habitat define a la Nueva Agenda Urbana (NAU) como “la guía global más importante que orienta de forma clara cómo la urbanización bien planificada y gestionada puede ser una fuerza transformadora para acelerar el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) –sobre todo el ODS 11–, es una guía para el desarrollo de políticas y acciones urbanas sostenibles. Su uso permite transferir el conocimiento de manera accesible, fortaleciendo las capacidades en todos los niveles y entre todos los interesados en temas de ciudad, sin dejar a nadie ni ningún territorio atrás.”

Y en ella, los firmantes se comprometen a:

(…) promover la creación de espacios públicos seguros, inclusivos, accesibles, verdes y de calidad, incluidas calles, aceras y carriles para ciclistas, plazas, paseos marítimos, jardines y parques, que sean zonas multifuncionales para la interacción social y la inclusión, la salud y el bienestar humanos, el intercambio económico y la expresión cultural, y el diálogo entre una amplia diversidad de personas y culturas, y que estén diseñados y gestionados de manera tal que garanticen el desarrollo humano, construyan sociedades pacíficas, inclusivas y participativas, y promuevan la convivencia, la conectividad y la inclusión social.

El espacio público siempre debe ser del interés público. Por otra parte, la percepción de la inseguridad en el espacio público va en aumento.

El 60% de las personas que viven en ciudades de países en vías de desarrollo han sido víctimas de la delincuencia por lo menos una vez en los últimos cinco años. La urbanización ha sido acompañada por un aumento en los niveles de delincuencia, violencia y desorden, convirtiendo a Latinoamérica en la región más afectada por la criminalidad en el mundo (UN, 2018).

Según Naciones Unidas (2018) la creciente violencia y la sensación de inseguridad que enfrentan diariamente las personas que viven en ciudades es uno de los principales desafíos en el mundo. En nuestro contexto,

Si se analiza con relación al género, existe una tendencia clara: las víctimas de homicidios en América Latina son fundamentalmente masculinas, ya que el número de hombres asesinados es cerca de diez veces superior al de mujeres víctimas de homicidio. A su vez, para las mujeres, el riesgo de ser heridas se asocia a la violencia sexual. Respecto de los jóvenes, es el grupo donde se concentra el mayor número de víctimas de homicide, constituyéndose los jóvenes en los principales victimarios y a la vez víctimas de la violencia. La relación entre distribución socioeconómica y criminalidad violenta es fuerte y las ciudades latinoamericanas se encuentran entre las más desiguales, algunas de ellas encabezando la lista a nivel mundial… las inequidades urbanas se han incrementado y endurecido en la última década. Como consecuencia de esta situación, en ciudades altamente desiguales y con problemas de pobreza endémica, se crean conflictividades y fracturas urbanas, tensión política e inseguridad (UN, 2018).

Las encuestas de percepción sobre seguridad son básicas, al tiempo que se analizan datos cuantitativos sobre la violencia y la delincuencia. El miedo cancela la posibilidad de permanencia y encuentro, aunque también en menor medida, la incomodidad (insolación, ruido, mobiliario urbano). Solo la ciudad segura puede ser escenario de la libertad y la posibilidad de la interacción de la que hemos hablado.

Sobre todo, no pierdas tu deseo de caminar; yo mismo camino diariamente hasta alcanzar un estado de bienestar y al hacerlo me alejo de toda enfermedad. Caminando he tomado contacto con mis mejores ideas, y no conozco ningún pensamiento cuya naturaleza sea tan abrumadora como para que uno no pueda distanciarse de él andando (Søren Kierkegaard).

La expresión social, en términos de posibilidades de encuentro es quizás la variable más importante, en el sentido de que “los espacios públicos urbanos proveen mayores posibilidades que los centros privados y comerciales para que los miembros de una sociedad se expresen, además de permitir que se desarrolle una serie de actividades que no encuentran cabida en otro lado” (Gehl, 2014) y en términos territoriales “tanto la materialidad de las formas como la inmaterialidad del contenido que les otorga vida, se revela en indicadores. Estos poseen la doble función de mostrar la materialidad de los lugares, y de las dinámicas sociales que en ellos se producen (Tomadoni, 2013a).

Otro enfoque importante es el relacionado con el concepto lugar (y no lugar) de Marc Augé (1993). Según el autor, estos espacios pueden ser identificados y comprendidos a partir de tres características comunes: lo identificatorio, lo relacional y lo histórico Lefebvre por su parte considera el espacio público como un espacio social, conformado a su vez por: a) espacios percibidos, b) espacios concebidos y c) espacios vividos, y que Soja (2010) utilizará para elaborar la trialéctica de la espacialidad. De la misma forma, el estudio del lugar en términos topofílicos (Tuan, 1977) es decir, las “dinámicas y lazos afectivos que sienten las personas por su lugar y entorno”. Así, la vivencia del espacio puede interpretarse como “una declaración de existencia mediada por las prácticas cotidianas” (Yory, 2007).

El espacio público es pues el escenario de producción o, mejor dicho, de coproducción de una realidad, deseablemente democrática, de derechos de expresión, de libertad, una “ficción nominal concebida para inducir a pensar y a actuar de cierta manera y que urge verse instituida como realidad objetiva” (Delgado 2015) cuyo fin es el de “establecer relaciones entre personas pertenecientes a una comunidad diversa y plural que tratan de mantener cierto sentido de comunidad” (Díaz, 2013).

8. El arte dentro de la dicotomía.

Tenemos arte para no morir de la verdad. ¿Tan trágica es la vida que necesitamos el embellecimiento del arte? El arte pone un velo sobre la realidad; produce cierta artificiosidad y cierta impureza en el pensamiento; con la sombra que proyecta sobre el pensamiento, unas veces esconde y otras revela (Friedrich Nietzsche)

Según Jameson (2002) el posmodernismo “copia o reproduce la lógica del capitalismo consumista”, para el autor, la falta de antinomias de propuestas antagónicas y críticamente reflexivas “facilitaron el desarrollo de la “estética” posmodernista. Una estética naciente en la sexta y séptima décadas del siglo XX, que representaba precisamente cómo la sociedad vivía y sentía, y consumía.

Reflejaron una “sociedad de la abundancia”, de la comida instantánea (y de las relaciones instantáneas) y el consumo en todo su esplendor, con expresiones artísticas derivadas del arte pop, el expresionismo abstracto, el neo-conceptualismo como estilos nacidos ya no en Europa sino en Norteamérica; estilos que dieron línea y pauta a nivel mundial y que desde la influencia del nuevo coleccionismo, asistía a los intereses político-económicos; en palabras de Theodore Adorno “la problemática del arte ha sido y sigue siendo la de enfrentarse a una sociedad superficial, cuya heteronomía impone sus reglas” (Adorno, 2003).

De esta estetización posmoderna, se desprenderían los modelos de vida a seguir, qué arte consumir, qué libros leer, cómo comer, qué tipos de terapias seguir, cómo viajar y demás actividades de la nueva vida contemporánea. La estandarización (iniciada en el fordismo) conforma un mundo robotizado, porque las actividades humanas también se estandarizan como los productos, como lo muestra Chaplin en su película Tiempos Modernos de 1936. Desde entonces y hasta ahora, las poblaciones siguen patrones de comportamiento que deshumanizan y desensibilizan.

Desde los años ochenta, este sistema se ha actualizado radicalmente: ahora trata al arte contemporáneo como si ya fuera arte moderno. Allí reside, en resumidas cuentas, la eficacia del mercado: si los compradores vienen a la fiesta, aquello que compran no sólo se convierte en un hecho económico sino también en un hecho de la historia del arte (Smith, 2009).

Así observamos que el arte y sus manifestaciones no escapan a las tendencias dictadas desde las hegemonías artísticas también ubicadas en los países del norte global. La historia del arte es en nuestras latitudes la historia de un arte occidental, europeo principalmente y norteamericano desde el siglo XX.

El desarrollo del capitalismo se reprodujo dentro de la cultura norteamericana en un contexto adecuado para el mismo. Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa dejaba de ser el epicentro de la economía y la cultura, dando paso así a una nueva era, dictada sobre todo por los estilos y teorías norteamericanas sobre arte. Antes y después del Yom Kippur en 1973 los ánimos económicos mundiales hicieron que los inversores vieran el arte como tal, como inversión del capital, derivado de la inestabilidad petrolera a raíz del conflicto y en donde las divisas o los metales tampoco ofrecían gran garantía. Se sienten las bases del arte como empresa, que soportarán imperios como el de Charles Saatchi (empresario iraquí-británico) y sus protegidos Young British Artists, como Jeff Koons, Tracey Emin, Damien Hirst, Jake y Dinos Chapman, entre otros.

En materia de arte se podría dilucidar que la hegemonía en el gusto y variaciones del mismo han estado a cargo de la elite, la clase legitimadora del arte. Smith nos aclara:

¿Qué tiene de interesante el ciclo de vida de las moscas, la vieja cama de alguien, el retrato de un asesino de niños, unos maniquíes cargados de picaportes y alguien sentado en un inodoro sosteniendo una cisterna que hacen al arte británico tan distinto, tan atractivo? Su apresurada respuesta es menos feliz que esta enumeración, pero describe con propiedad la lógica curatorial de la Saatchi Gallery en el County Hall: ¨No comparten ningún vínculo claro, ninguna escuela, sólo una energía extremadamente directa, casi infantil, que confiere a la obra su fuerza plena y atrapante (Smith, 2012).

No es la intención en este breve periplo, la de acotar desde la crítica de arte este tipo de manifestaciones contemporáneas, pero, al considerarlos reflejo de una sociedad neoliberal decadente, votamos por un tipo de arte con contenido, de tipo agonista, con sentido e impacto social, en donde quizás las artes vivas (teatro, danza, música) tengan mayor relevancia en tanto el sentido humano, presencial, relacional de la escena, la narrativa y desde una vivencia estética multisensorial, cronotópica, espacio-temporal (como bien lo hace el cine).

El rescate de un arte que desde la poiesis y desde la técnica, suscite la reflexión filosófica, como lo puede hacer un poema, o un cuento con moraleja. Lo anterior, en el sentido de ir más allá de la “narrativa” estética, -cuasi estática-, de una pintura o una escultura en el espacio público urbano y en el sentido de trascender su cualidad objetual, en tanto a producto artístico que emana una doxa económica y simbólico cultural (además susceptible de hurto).

Votamos los autores por la manifestación pública de un arte comprometido con la ciudadanía, que aborde conflictos sociales, un arte del lugar y de su tiempo, fuera del museo y de la galería y del teatro, un arte que exponga las contradicciones y el sentido político, ético del ciudadano y su ciudad, que se dirige hacia el espacio público en que se manifiesta pero también hacia lo más importante; el público, al que interpela y con quien se identifica. Mitchell lo llama “arte público crítico” (Mitchell, 1992).

Este arte crítico es denominado por Chantal Mouffe como “agonista”, que pueda “ser útil para visibilizar los problemas sociales y concienciar a la población de estar en su derecho de ejercer una razón pública o democracia radical” (Mouffe, 2014) que contrarreste las patologías estéticas del orden simbólico hegemónico que impone el neoliberalismo y el mercado global del arte y que aborde los temas sensibles de desigualdad que imperan en la sociedad contemporánea.

Siguiendo a González (2019), hacer hitherto en la posibilidad de este tipo de arte es volver a la idea de “intelectualidad orgánica” desarrollada por Gramsci para aplicarla al territorio del arte y hacer ver, así, cómo este espacio de representación es uno de los pocos que aún posee capacidad para vincularse orgánicamente con la comunidad y transformar el hegemónico orden simbólico impuesto por el sistema neoliberal, en función de devolver al pueblo su autonomía y poder de decisión sobre las cuestiones sociales que lo conciernen. En defensa también, como Mitchell y Mouffe de la necesidad de un arte crítico, “pues es mediante ése por el que la conciencia de determinado momento histórico puede expresarse” (González, 2019).

Lo que hace falta, volviendo a Mouffe (2007), es “agrandar el ámbito de la intervención artística en una multiplicidad de espacios sociales para oponerse al programa de movilización social total del capitalismo” a través de una “política estética” en la que aquello que visibilizan las prácticas artísticas reconfigura lo sensible, o la militancia y compromiso del “arte crítico”, concepto estudiado también por Nelly Richard en su obra “fracturas de la memoria, arte y pensamiento crítico (2007).

La experiencia estética es entonces un medio que dispara una acción interna en la reflexión del ser humano como espectador, generando primero la aisthesis (percepción sensible) hacia la phantasía (imaginación) y después de manera deseable la catarsis (purificación) y todavía más aún, la anhelada metanoia griega desde el aprendizaje, la corrección, mediante una transformación de la mente, de las intenciones, desde el cuestionamiento reflexivo hacia la trascendencia virtuosa que genere condiciones para una mejor calidad de vida en términos personales, psicológicos y filosóficos.

Moulin (2012) por su parte, argumenta que “la constitución de los valores artísticos, tanto en el sentido estético como financiero del término, se efectúa por la articulación del mercado y el campo artístico” sobre todo desde la visión de los países dominantes.

Estos pueblos dominantes, dice Foucault (1992) “al obtener el control de los estados imponen su cultura conteniendo la de los dominados. Sin embargo las relaciones de poder no se eligen, ellas constituyen a los sujetos”, permitiendo ejercer el poder como un modo de acción sobre las acciones de los otros, “[…] sobre sujetos libres, individuales o colectivos que se enfrentan con un campo de posibilidades” (Foucault, 1999).

De manera independiente a intentar definir qué tipo de arte es el más apropiado para presentarse en un espacio público, UN-Habitat considera que “el espacio público se hace único y significativo a través de elementos culturales y contextuales que complementan y enriquecen su identidad. Los espacios deben estar basados en el lugar, adaptable y sensible a la geografía, el clima, la cultura y el patrimonio. El arte público y actuaciones en los espacios públicos pueden celebrar y validar un sentido de comunidad, identidad, pertenencia y bienestar. Cuanto más admiradas y amadas por el público sean la arquitectura de nuestras ciudades y el diseño urbano, estas serán más atendidas, adaptadas y sostenidas”. Un arte propuesto para el espacio público tendría que tener en algún sentido el propósito de contribuir a mejorar la calidad de vida ciudadana por su efecto emancipador, de corte quizás situacionista.

En cuanto a los efectos que produce la obra artística, concluiremos que contribuye a la realización del fin supremo del individuo: la felicidad, lográndose mediante la schole, es decir, el ocio o tiempo libre. El arte es capaz y digno de ocupar el ocio y ofrecer dicha. La función del arte no se limita a lo placentero, aunque ése es un elemento importante, pero no sólo en su sentido sensorial, también en el intelectual. Un placer intelectual que nos haga reflexionar sobre nuestra existencia y nuestro fin -como especie- que habita en ciudades.

9. Conclusiones.

Tenemos arte para no morir de la verdad. ¿Tan trágica es la vida que necesitamos el embellecimiento del arte? El arte pone un velo sobre la realidad; produce cierta artificiosidad y cierta impureza en el pensamiento; con la sombra que proyecta sobre el pensamiento, unas veces esconde y otras revela (Friedrich Nietzsche).

Más allá de las limitaciones impuestas a la acción estatal, este nuevo orden jurídico global está orientado a “cuestionar todas las estructuras colectivas capaces de constituirse en un obstáculo a la lógica del mercado puro (Pierre Bourdieu).

La urbanización es una paradoja. Las ciudades concentran la prosperidad, a los pobres y el riesgo. La proximidad causada por la aglomeración urbana es un motor para el desarrollo económico, la innovación y las ideas que generan prosperidad y, al mismo tiempo, la concentración espacial en las ciudades aumenta su vulnerabilidad ante los peligros naturales y los impactos del cambio climático, así como al impacto de las principales crisis económicas o sociales (UN-Habitat, Nueva Agenda Urbana).

Las formas espaciales [deben ser tratadas] no como objetos inanimados dentro de los cuales se despliegan los procesos sociales, sino como cosas que ‘contienen’ procesos sociales en la misma medida en que los procesos sociales son espaciales (David Harvey).

Hasta ahora, los filósofos -como bien sabe todo el mundo- sólo han interpretado el mundo de diversas maneras; la cuestión es cambiarlo. Y, para ello, debe reemplazarse la cultura (las conciencias individuales y la colectiva) de los objetivos de competencia, ganancia e individualismo que imperan (Jódar & Tébar).

¿No ha llegado el momento de admitir, sin sentimentalismos, la desaparición de la ciudad tradicional y de preguntarse sobre lo que la ha sustituido, esto es, sobre la naturaleza de la urbanización y sobre la no-ciudad que parece haberse convertido en el destino de las sociedades occidentales avanzadas? (Francoise Choay).

Sin llegar a denunciar la civilización como un mito, e intentar escapar de ella muy al estilo Gauguin, podemos observar desde nuestra realidad contemporánea que son muchos y muy complejos los problemas que aquejan al ser humano habitante de ciudades, sobre todo en aquellas de países en donde la pobreza, la injusticia y la violencia en todas sus manifestaciones no permiten acceder a un sentido de calidad de vida y de desarrollo humano, sino más bien y a lo sumo, de sobrevivencia.

Las presiones de un sistema económico mundial capitalista, neoliberal, sólo procuran la acumulación del capital, que pertenece a pocos países desarrollados y dentro de ellos, a muy pocas empresas y grandes familias que son protegidas por el Estado, que apuesta así a su subsistencia política y hace oídos sordos a los clamores de las clases sociales no privilegiadas. Ante este escenario global, medioambiental y socialmente enfermo por las condiciones de una vida dentro de una posmodernidad de corte cada vez más distópica, aparecen posturas de corte filosófico como la transmodernidad, que desde la utopía y el humanismo pretenden una emancipación de las ideologías y sistemas del norte global hegemónico. En este contexto, el espacio público de la ciudad como escenario y el arte como experiencia supone un equilibrio de pesos ideal para despertar, desde la reflexión en las conciencias, un impulso político en el sentido integral del concepto, hacia la libertad y la verdadera democracia, mediante la movilización de la ciudadanía, “abriendo las amplias alamedas” que mencionara Salvador Allende.

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